miércoles, 25 de febrero de 2009

Proyecto de Poesía

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“Un soneto me manda hacer Violante,

en mi vida me he visto en tal aprieto…”



Bueno, mi caso es bastante parecido por lo que comprendo perfectamente el tal aprieto.

Con expresión ilusionada, una persona en concreto (la única a la que se lo consentiría) me pide una poesía, algo a lo que no me dedico desde mi apasionada juventud; sin embargo acepto. Puede que sea un reto: una poesía de encargo.

Parece como si se encargara una casa a un arquitecto y no se le dijera nada más, pero en mi caso es peor, pues el arquitecto empezaría a preguntar al cliente detalles para hacerse una idea de sus preferencias y a mí no se me ha dado esa oportunidad. No tuve opción; nos miramos a los ojos y percibí la respuesta: “Tú verás”

Es decir, mi conocimiento sobre esa persona debiera ser lo suficientemente amplio como para no fallar y satisfacerla plenamente; pero no es así. La perturbación mental que me provoca es tremenda, pues aun siendo ambas personas abiertas, más bien entiendo que es la peticionaria quien cree conocerme a la perfección y por eso me hace este encargo. Temo no estar a la altura de la situación.

La poesía, si es romántica como creo que debe ser esta, utiliza ingeniosos símiles, crea símbolos, que agradan al creador, pero nunca se sabe si gustarán al destinatario; el creador trata de reflejar sensaciones que solo él tiene y pueden agradar o no a la persona a quien se dirige, lo que nos lleva al éxito o al fracaso estrepitoso. Eso lo veremos en su expresión cuando lo haya leído, o en sus reacciones hacia el creador. Puede que no vuelvan a mirarse a la cara en lo que les queda de vida....

Pero he aceptado el reto y pongo toda mi energía creadora a disposición de este proyecto.

Estructuremos el trabajo: busquemos soporte y montemos sobre él el cuerpo del delito para dirigir nuestra misiva hacia ese ente idealizado que corroe nuestras entrañas.

(He notado que hablo como si fuéramos mas de uno; en realidad somos dos: yo y mi otro yo, el que se cree dominarlo todo y el que me sorprende a menudo y me hace reconocer que no me conozco. Entre los dos pasamos buenos y malos ratos)

Algo muy utilizado para esto son la naturaleza y sus elementos, ya que todos los conocemos; pueden ser maravillosos, intrigantes, duros, suaves, violentos, tiernos…, así que mejor buscamos, para empezar, algo cotidiano.

Ejemplo: el mar.

Siempre es el mismo mar, pero a veces en paisajes amplios que parecen infinitos y otras veces son entradas en pequeñas y recogidas calas.

Puede verse verde, azul, gris o mezclado de colores reflejando el variable estado del cielo en cada momento, con el que se confunde en la lejana línea del horizonte.

Puede verse levemente agitado por suaves fuerzas interiores que parecen ajenas a él, o violentamente furioso mostrando una fortaleza que solo el mar domina azotando con soberana fuerza sus límites.

O en calma, tranquilo, pacífico.

A veces engulle y a veces expulsa, y cuando expulsa puede hacerlo mostrando desprecio o salvación.

Su movimiento, su sonido, su calma o su silencio deja al observador hechizado con la sensación de que aunque esté mirando al mar, es el mar quien lo está observando a él.

¡Ya está! Sus ojos, su mirada.

Elijo ojos verdemar, he visto el mar de ese color, como el de sus ojos, y concuerdan perfectamente con ellos muchas de sus combinaciones:

Ojos que miro y dejan ser penetrados porque son amplios como la panorámica del mar desde un faro salvador en un día brillante, tratando de reconocer cada pequeña ola en la siguiente como si ellas fueran las que trasladan los pensamientos y los arrastran a la orilla y los expulsan suavemente.

Y allí estoy yo para recogerlos, al final de su mirada.

A veces se entrecierran y hay que escudriñarlos, ir por recovecos rocosos, punzantes y dolorosos, y el agua se introduce entre ellos, como buscando en sus ranuras las penas, y vuelve a salir de ellas arrastrándolas hacia una pequeña playa que la marea la hace rebosar y resbala una lágrima por la curvada duna de su mejilla.

Y allí estoy yo para recogerla y dulcificarla.

A veces casi se cierran dejando ver por una delgada línea un mar abierto y bravío bajo un cielo gris premonitorio de tormenta, como preparándose para desatar su ira y maquinando la forma de realizarlo, pero no muestra el futuro inmediato.

De repente sobreviene el ruido y surgen las palabras, se abren los ojos y esa ventana del alma permite escapar la electricidad acumulada que se dirige a mí, y gustosamente la recibo y asumo para ayudarla a descargar.

Y tras la tormenta una calma gris, triste, esperando un rayo de luz que se abra paso de nuevo entre las nubes.


Ojos de mar verdemar
Brillo de mar que el día ilumina

Que seduce

Que hechiza

Mar que lágrimas derrama

Sal de sabor dulce

Mar que me electriza
Al coincidir nuestras miradas



Ejemplo: el aire.

Invisible, pero notamos su presencia y precisamos de el.

Forma parte fundamental de la vida y a la vez la acompaña, nos rodea.

En movimiento lo captamos con facilidad, con amplio abanico de matices desde la suave brisa al más violento vendaval.

Pero quieto o no, siempre transmite algo:

fragancias que advierten de la cercanía de lavanda, tomillo o romero, que anuncia tormenta
o nos traiciona al advertir de nuestra presencia,
o es usado como soporte para transportar sonidos,
sonidos que se producen al mover las hojas de los árboles,
al soplar sobre los filos de montes y rocas,
o los que anuncian vida al formar parte de un suspiro...

Lo tengo fácil: su aire.

Porque es suyo el aire que respira y convierte con delicioso arte en palabras que parecen suaves susurros.

En suspiros que desatan sorprendentes reacciones químicas en mi interior.

En suave brisa cuando su aliento roza una sola molécula de mi piel.

O en vendaval de emociones si son más de una.

En cautivadora música sus risas...

Y es suyo el aire que la rodea porque es distinto al resto.

Porque lo ha modificado de forma que se nota su proximidad, y su presencia condiciona el ambiente del lugar en que se encuentre.

Porque su solo movimiento transmite su alegría, sus penas, sus preocupaciones.

No se ve su interior, pero lo transmite al fondo de mi ser para que luego atravesando cada una de mis partículas lo expulse por todos y cada uno de los poros de mi cuerpo.


Aire que te rodea
Aire que respiras
Viento que se enreda
En tu ropa, en tu pelo
En tus brazos, en tu cuerpo

Aire transformado
En susurro, en suspiro
El aliento de palabras

Pron
unciadas
En mi oído




Ejemplo: Superficie de la tierra.

Podemos desplazarnos sobre ella con placer y viajar lejos.

Disfrutar de su visión y contacto.

Curvas perfectas en las móviles dunas que nos incitan a clavar en ellas nuestras manos.

Verdes praderas que nos invitan a sentir su contacto directo

Suaves laderas que forman hermosos valles que deben ser recorridos.

Cráteres naturales que incitan su exploración.

Pequeñas cuevas, unas húmedas y profundas, otras cortas y secas...

De nuevo lo tengo: el cuerpo, la piel.

Recostarme en una ladera, aplicar el oído, escuchar tu corazón, notar sus latidos en mi mejilla.

Viajar por montes y laderas, promontorios y valles hasta conservar en mi memoria la orografía de tu cuerpo.

Reconocerlo al tacto, con las manos, con cada uno de mis dedos, con la boca, registrando cada cráter, cada cueva y calmando mi sed en los ríos que recorren tus valles.


Cuerpo vivo
Terreno vivo
Con dunas vivas

Curvas suaves

Y suaves picos por escalar

Con mis manos

Con mis dedos

Saborear cráteres

Y el suave césped

Acariciar
Y sin pudor

Calmar mi sed

En los ríos
De tu sudor



Ejemplo: los árboles

Algunos acarician el cielo, otros acarician al paseante que cae en la tentación de tocar sus ramas, sus hojas, y robar la savia que los recorre, o saborear sus frutos.

Arrancar una flor de vida efímera y disfrutar de sus últimos latidos.

Trepar por las ramas y sentirse seguro rodeado por todo él.

Sentirse abrazado y protegido.

O por el contrario abrazar un pequeño arbusto de ramas recogidas y protegerlo de las inclemencias que lo perturban.

Recorrer la fibrosa rama desde el tronco al otro extremo enredando sus ramas secundarias entre mis dedos...

Solo puede ser una cosa: tus brazos, tus manos.

Un árbol me recibe agitando sus ramas y me sumerjo entre tus brazos.

Otros encogen las ramas y siento que debo abrazarte, que me pides protección.

A veces un mágico viento enreda una rama en mi brazo o roza mi rostro y noto la suavidad de tu piel.

Y cojo un puñado de ramitas y me las llevo a la boca y doy un sentido beso a tus dedos.





Árbol que me abrazas

Trepo por tus ramas

Y saboreo tu savia
Desde la curva de tu hombro

A las yemas de tus dedos
Ramas como brazos

Que me abrazan
O rechazan

Y en su extremo tus manos

Que me acarician la cara




Ahora que estás lejos y trato de observarte veo que he creado en ti todo un universo.

Y te veo en el mar, al contemplar un valle, al escuchar el viento, al agitarse un árbol.

Y siento la necesidad de abrazar ese mundo o introducirme en él y notar todos los latidos internos, provocar terremotos y erupciones de placer.

Me pregunto si la poesía es todo rima o si la rima es parte fundamental, o si no es necesario rima alguna, pues ¿no es todo esto poesía?

Si miro al mar y veo tus ojos, si miro a tus ojos y veo el mar,
si el viento me trae tu aura y tu voz o bien hablas y siento una ráfaga de frescor,
si en las suaves laderas imagino tu cuerpo o si miro tu cuerpo y veo montes, valles, praderas, cráteres en erupción,
si se mueve un árbol y te veo con los brazos abiertos o si se agita un pequeño arbusto y quiero abrazarte,
¿no es esto poesía?

Tantas páginas, tantas frases, y faltan las dos o tres palabras que lo resumirían todo, palabras que se me antojó prohibirlas pero no son necesarias: se percibe el mensaje.

Un mensaje es lo que la he mandado con la conclusión que saco de todo esto: “Toda tú eres un poema” y me ha respondido: “¡Gracias!”

¿Tendrá bastante con eso?

sábado, 21 de febrero de 2009

La Conspiración Cósmica


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El día D a las hh:mm los planetas no estaban alineados. Su posición, que se puede considerar aleatoria, no mostraba nada peculiar ni digno de atención, pero la suma o combinación de sus influencias construyeron el alma de aquellos que vieron la luz en ese momento.

Tal vez, sin embargo, su carácter y personalidad estén escritos en sus genes y el resultado sea el de una ecuación o formula de combinatoria: combinación de x genes tomados de y en y. Una de las miles de combinaciones, elegida de forma aleatoria, es la causante del físico y personalidad del sujeto.

¿Está escrito en el cielo que una persona va a ser un asesino?. ¿Se encuentra, tal vez, plasmado en sus genes?. En algunos casos elegimos formulas científicas porque nos es más fácil aceptarlas, ya que aspiramos a encontrar una fórmula que contrarreste los resultados negativos o incluso los evite. En el caso de los asesinos se supone que la ciencia podrá algún día llegar a erradicar esos genes, pero no se podrá nunca fijar los planetas en aquellas posiciones en las que las influencias sobre los acontecimientos sean siempre positivas.

La ciencia tiende a ser el arte de practicar ser Dios; no en el aspecto divino, iluminado, sino al de saberlo todo, saber qué está pasando y deducir sin errores el futuro; es decir, prevenirlo. Un burdo ejemplo es la predicción climatológica; se sabe con bastante certeza que mañana va a llover en una zona perfectamente localizada.

Algunas mentes privilegiadas, científicas o no, gracias a las cuales vivir no resulta aburrido, nos explican en hermosos libros lo positivo que resultaría conocer o prevenir el futuro. Es un deseo lógico, ya que sabiendo el devenir podremos evitar sus aspectos negativos, o al menos paliarlos.

“Soy un asesino”, o mejor, “voy a ser un asesino”. Esta convicción me puede llevar a cultivar mi persona en la dirección de saber controlar situaciones que me incitarían a matar a alguien. Si no sé que soy, o voy a ser, un asesino, no trataría de evitar nada, y llegará el día en que mate a alguien.

Un alto cargo de un pasado gobierno alemán dijo en una ocasión: “Sabemos quienes van a delinquir. Esperaremos a que cometan un delito para detenerles”. ¿No sería mejor informarles?, pero ¿cómo les daríamos a conocer su futura condición?. Es un gran dilema:

Método científico: si esa condición está en nuestros genes, la observamos en un estudio genético, pero al tratarse de una ciencia “oficial” no habría voluntariedad en oficializar nuestro futuro. No es que nos importe saber que seremos delincuentes; nos aterra el que se sepa oficialmente.

Método esotérico: ciencia difusa basada, según sus adeptos, en la observación, es decir: se ha observado que todos aquellos nacidos bajo el signo de Acuario con ascendente en Venus, poseen el mismo carácter en sus parámetros más generales, y son materialmente distintos a aquellos que nacieron bajo el signo de Cáncer con ascendente Urano. Las diferencias pueden ser más acentuadas según la fase lunar en el momento de la concepción, pero eso es un estudio más avanzado. Este método no está soportado por organismos oficiales, y debido al secretismo que lleva aparejado, se acude a él en masa.

Es fácil entender, claro, que si la luna, satélite terráqueo que tenemos aquí al lado, influye de tal manera que hace subir y bajar el nivel del mar de forma periódica creando un reloj cósmico por el que se guían diversas especies animales y vegetales, de la misma forma Urano, del mismo tamaño aunque un millón de veces más lejos que la luna, influye en el carácter del ser humano.
La colección más variada de dioses corresponde a las antiguas Grecia y Roma. En estas religiones multiteístas cada dios cumple su misión sobre el género humano, el amor, la guerra, el arte, la muerte... se combinaba y dirigían el destino de los hombres. Pusieron sus nombres a planetas y constelaciones, y éstos ocuparon su lugar. La vida de los dioses se substituyen por energías difusas positivas y negativas que gobiernan los acontecimientos terrenales.

Ironías aparte, hay que reconocer que esta ciencia infusa y difusa, es la única en ocuparse de estos temas y ayuda anímicamente a aquellas personas que buscan soluciones a sus problemáticas situaciones o dan esperanzas de una vida interior mejor de la que se posee.

La teoría más hermosa que existe sobre el control del futuro es aquella que asegura que sucede lo que tiene que suceder, que lo que el destino marca es inamovible; pero si bien no podemos variar qué va a suceder, si podemos, en cambio, controlar cómo va a suceder. Fácil, si llegamos a conocer el devenir.


Hay quien divide nuestro paso por la vida en ciclos que se repiten de forma periódica, y cada uno de ellos a su vez se divide en tramos con misiones específicas. Por ejemplo en el último tramo de un ciclo debemos deshacernos de todo aquello que nos sobra, que no necesitamos, para comenzar el nuevo ciclo limpios. Si no lo hacemos así, arrastraremos cosas inservibles, basura, de la que será difícil deshacerse en los tramos del nuevo ciclo, y estarán estorbándonos en las nuevas misiones. Estupendo si sabemos en qué tramo del ciclo nos encontramos y realizamos nuestros quehaceres en el momento en que hay que realizarlos.

Esta teoría casi se encuentra dentro del razonamiento científico, ya que utiliza una cierta lógica al advertir que para alcanzar un objetivo son necesarios unos pasos intermedios que hay que realizar con orden. Puesto que el objetivo es vivir, no es de extrañar que pasemos por fases de aprendizaje, de creatividad, de ejecución etc., y si sabemos en qué fase nos encontramos, podremos controlar lo que sucede, que en definitiva es lo que tiene que suceder. Al final del ciclo se acaban muchas cosas; controlemos dicho fin.

Resulta asombroso cuando descubres la fase en que te encuentras y analizas las fases pasadas. Sucedió lo que tenía que suceder, y de saberlo antes, habrías controlado cómo desarrollar los acontecimientos de forma ordenada y en momentos adecuados.

Cuando uno se da cuenta de esto, y si te has movido en entornos de influencia de la ciencia oficial, comienzan a surgir dudas respecto al qué sucede y al cómo y cuando sucede. La ciencia oficial, como en otros casos, dice que nada se sabe, pero ante la obviedad no lo niega. Ante este suceso obvio pero no medible, la ciencia ‘difusa’ desarrolla la imaginación tratando de explicar los sucesos ya que solo hay margen para teorías imaginativas.

La teoría más convincente utilizada para la explicación de los acontecimientos es la Teoría del Caos. Para que exista un suceso, deben haber existido unos cuantos sucesos anteriores. Si uno de ellos varía, el suceso final será distinto al esperado. En cualquier caso, cada pequeño suceso es fundamental para el resultado: “Una mariposa mueve sus alas en Pekín –dice la Teoría del Caos– y nieva en Nueva York”.

Beatriz y Alex lo llaman “Conspiración Cósmica”, entendiendo por Cosmos el conjunto de todo lo existente.

Beatriz y Alex se abrazaron para saludarse la quinta vez que se encontraron y se enamoraron profundamente. Era un sábado por la noche y se oficializó el emparejamiento al sábado siguiente; al séptimo día.

Para la ciencia, el amor es una emoción, y como tal esa sensación física se debe a una reacción química. Toda reacción química se produce cuando los elementos están en la proporción adecuada y se proporciona energía para el primer empujón. Hidrógeno y oxigeno no se combinan para producir agua por si solos sin el detonante de una pequeña chispa. ¿Por qué se enamoraron Beatriz y Alex en ese preciso momento? Porque ese era ‘el momento’ y porque ambos estaban con sus moléculas emocionales en proporciones adecuadas. El detonante: un abrazo.

Alex estaba recién salido de la crisis posterior a una separación afectiva y estaba convencido de no volver a encontrar otra relación de ese tipo. Beatriz llevaba tres días viviendo en casa ajena por su traumática tercera separación matrimonial.

Ambos acudieron al bautismo artístico de Julia, una hija de Alex; Beatriz fue arrastrada por Clara, su mejor amiga, que tenía la intención de hacerla pasar lo mejor posible esos traumáticos momentos, y Alex por razones obvias. ¿Era ese el momento? ¿Las condiciones pueden considerarse óptimas? Indudablemente sí. Pero además, Julia y su representante eligieron ese día para su bautismo artístico: otro día hubiera ocurrido otra cosa.

Pero ese momento ha sido tan especial, emocionante e intenso y ha desencadenado otros momentos tan maravillosos, que la explicación más creíble e imaginativa es la de Conspiración Cósmica. Pero, ¿sin ayuda?.

Queda por saber si la fecha fue importante, estelarmente hablando, o si hubo influencia de la luna llena de ese día, que fue un día 6 de un año que también vibra con el número 6 al igual que la fecha de nacimiento de Alex aunque fue un 6 de Marzo que vibra con un 9 al igual que la fecha de nacimiento de Beatriz...Del día en que se conocieron al día del abrazo, pasaron 6 meses y 6 días. ¿Va a vibrar todo acontecimiento con el número 6?

¿Alguien duda de la Conspiración Cósmica? Más vale aceptar que las cosas suceden porque han de suceder, y si conviene cambiar rutas o redirigir acontecimientos, que lo hagan los auténticos expertos, que como puede descubrirse fácilmente, nacen con ese don.

Alberto (La vida gris) también piensa que los sucesos que nos rodean determinan el futuro. Es, básicamente, la misma teoría que antes: el caos, la suma de sucesos provocan un suceso que te afecta, y hay que aceptarlos tal y como vengan, ya que nosotros habremos influido para que ocurran en la forma que ocurren. Para Alberto, se influye sin desearlo. Influir de forma consciente, lo cree nocivo para las mentes débiles como la suya. Está convencido de que su comportamiento influyó en un resultado no deseado, y desde entonces sufre el castigo de la ausencia no deseada. Entendámoslo.

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lunes, 16 de febrero de 2009

En el Teatro Calderón de Valladolid

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Tengo un abono para el Teatro Calderón de Valladolid. Aquí estos eventos están subvencionados y aunque el pago es por temporada (un palo) el resultado es que sale muy barato. Es una forma de obligarme una o dos veces al mes durante la temporada a ver otros tipos de espectáculos además de la televisión, el cine o los libros, y es muy variado: ópera, zarzuela, teatro clásico y moderno, flamenco….Cuando has ido tantas veces, siempre habrá alguna historia que contar; como cuando vivía en Madrid y tomaba todos los días el Metro: ¡Qué cantidad de historias!. Pero algunas son más interesantes que otras.

Fui a ver a Sara Baras y su espectáculo ‘Carmen’ con mi compañera. Tengo butaca de patio y centradita, fantástico, y como siempre, antes de sentarme y mientras me quito el abrigo, miro en mi derredor. Observo a la gente que se saluda como si solo se vieran en el teatro, siento el vértigo al ver personas de pié junto a la barandilla en las plateas, el gallinero lleno, la gente importante, aunque las desconozco, ocupando los palcos, y me fijo, sin saber porqué, que en uno de esos palcos privados hay un hombre, anciano ya, que permanece quieto, mirando impasible al escenario y la que supongo es su mujer le habla mientras se coloca en su asiento junto a él. Al empezar la música le susurra algo al oído y le acaricia la cara.

Cuando termina la función, el público aplaude a Sara exigiendo los bises; la mujer aplaude acaloradamente y se intuye lo que le dice al hombre: “¡Fantástico! ¿A que sí?”. Tras los bises de nuevo los aplausos, y me levanto para ponerme el abrigo mientras observo cómo la mujer, sonriente, le habla al hombre que permanece sentado sin moverse y que aún no ha quitado la vista del escenario.

Semanas más tarde la función era de danza clásica: Don Quixote de L. Minkus, interpretado por el Ballet du Capitole y dirigido por Nanette Glushak . Con curiosidad, miro al palco y veo al hombre ya situado en su sitio y a su mujer hablando con una guapa acomodadora, ambas sonrientes. Esta vez el hombre está más elegante; será por la calidad del espectáculo, supongo, pero su actitud es la misma: impasible y con la vista fija en el escenario. Acomodadora y acomodada se despiden y la mujer se acerca al hombre; le habla, le atusa con la mano el poco pelo que tiene y le sacude los hombros como si hubiera caído caspa. Se agacha y le dice algo al oído, le acaricia la mejilla, le da un beso… y se sienta. Se repite de nuevo la escena del palco al final del espectáculo: ella aplaude acaloradamente, le habla al hombre y le da un toquecito cariñoso en el hombro.

Al siguiente mes ya solo me interesaba el palco al llegar al teatro. La Compañía nacional de Teatro Clásico interpretaba ‘La Estrella de Sevilla’ de Lope de Vega (el actor principal es el pistolo de ‘Cámera Café’, increíblemente bueno). El hombre ya estaba allí, esta vez con pajarita y traje claro; más informal. Se me antojaba que la mujer se había acicalado mejor que otras veces; la veía más guapa y feliz y mucho más cariñosa con el hombre. La obra era bastante entretenida y a veces, entre risas, miraba a la mujer llorando de risa cuchicheando frases al hombre, que no variaba de actitud. Esta vez, me dio por pensar en el tipo de enfermedad que tendría el hombre y, dentro de lo que cabe, la suerte de tener junto a él una mujer que lo adoraba visiblemente y le cuidaba con tanta ternura.

Pero a la semana siguiente, al entrar en el patio de butacas me quedé paralizado: el palco estaba vacío. ¿Por qué me preocupaba por esa pareja desconocida?. Había formado parte de mi rutina habitual y su ausencia me descolocaba. ¿Qué les habría pasado?

Era la ópera “L’infideltá delusa” de Haydn, preciosa y muy bien interpretada por cantantes jóvenes. Cuando Filippo, uno de los personajes de la obra, canta “¡Sabes cómo son las muchachas: de humor tan particular como el de los gatos. Cuando maúllan, eso es amor!", se me fue la vista al palco vacío y sentí un poquitín de tristeza. Al salir del patio de butacas vi a la acomodadora que hablaba la semana pasada con la mujer en el palco y me acerqué a ella para preguntarla; “Por favor, por curiosidad, en el palco de la primera planta, a la izquierda… “, “Si ya sé…” me interrumpió encogiéndose de hombros, “… murió la marquesa y quitamos el muñeco”.

viernes, 13 de febrero de 2009

La vida gris



Gris. Alberto estaba harto del gris. El gris del sofá y los sillones, de la alfombra, del chal de su madre, anciana ya, de las medias de su madre, de las alpargatas de su madre, del pelo de su madre....Los visillos eran ocres, claros pero muy tupidos, haciendo aún más gris la salita, preparada solo para las visitas, sin radio, sin televisión, sin libros... solo adornos y un pequeño mueble bar. La cocina estaba prácticamente ocupada por una mesa en el centro, la mecedora en que casi constantemente se sentaba su madre a ver la televisión que había sobre la encimera y dos sillas, que a Alberto se le antojaba que una sobraba, pero no había manera de retirarla. Y muebles blancos que colgaban de paredes de alicatado blanco o descansaban sobre un suelo de losas de granito claro, repletos de platos de loza blancos, soperas de loza blancas, ensaladeras de loza blancas, tazas, tazones y tacitas de loza blancas... los vasos de vidrio transparente eran un lujo para Alberto. Y sobre ese fondo blanco resaltaba la gris matriarca de la pequeña familia, meciéndose en su mecedora con su gris chal, los brazos cruzados mientras mira la televisión o jugueteando con sus dedos enredando lana con el ganchillo.

Así que se refugiaba en su pequeña habitación llena de carteles, fotos, libros y ropa desperdigada que otorgaba un aire multicolor a su estancia en casa de su madre. Pero no gozaba de excesiva tranquilidad; cada corto espacio de tiempo se abría la puerta y aparecía ella ofreciendo mimos y labores no solicitadas: “¿Te traigo la merienda, hijo?”, “Hace frío, debieras abrigarte.”, “Deja de leer y ven a ver la tele conmigo”, “¿Te ordeno un poco la habitación? Al menos déjame que guarde tu ropa.”.... Era fácil entender las razones por las que se comportaba de esa manera, su pronta viudedad, su único hijo... pero Alberto se consideraba no culpable de esa situación y no cedía a las pretensiones de su madre. Siempre las mismas respuestas, con media sonrisa y, según él, con paciencia infinita: “No, mamá, nunca meriendo”, “No tengo frío, mamá, y la calefacción está encendida. Si me abrigo, sudo.”, “No veo televisión, mamá, sólo noticias y alguna película de esas que ponen a horas intempestivas, y no es esa la proposición, ¿verdad?”, “Deja mis cosas donde están, mamá, me gusta que estén así y así es como más fácil las encuentro cuando las necesito ¿vale?.”

Sus amigos más íntimos eran también compañeros de trabajo. Julián y Andrés iban alguna vez a su casa a cambiarse libros o a pasar tardes lluviosas intercambiando criterios sobre algún texto o escuchando música de gusto común. La madre de Alberto se deshacía en atenciones y sonreían ante la desesperación de Alberto, aceptando con sincera amabilidad el café y las magdalenas que les ofrecía. Una vez solos de nuevo, Alberto protestaba y se burlaba de ella disimulando su desesperación, provocando hilaridad a sus compañeros.

Por las mañanas se topaba con la sonrisa de su madre y se encontraba en la cocina el desayuno preparado. Invariablemente, cada mañana, tiraba por el desagüe del fregadero parte del café con leche, añadía más café, retiraba la tostada y sacaba de un armario una caja de galletas, y las tomaba mirando con indiferencia a su madre, que, como siempre, le observaba sentada meciéndose en la mecedora y sin perder la sonrisa.

Mientras caminaba hacia su oficina se desahogaba consigo mismo increpándose el no realizar nada para evitar esa monotonía en la parte doméstica de su vida. “¿Qué puedo hacer? Cada vez lo soporto peor, me agobia la casa, me agobia mamá, sólo tengo una libertad limitada al espacio de mi habitación. En el fondo me da pena, pero... No, no es pena. Me tiene atado, procuro no llegar tarde a casa para que no se preocupe, no puedo llevar amigas a casa, no nos deja en paz, y eso que no tengo intenciones con ninguna, pero me avergüenza, y cada vez tengo menos amigas. No hace caso a nada de lo que le digo y aguanta mis desplantes y mis rechazos a cambio de tenerme siempre en casa. ¿He disfrutado alguna vez de su ausencia? Ni me acuerdo. He de hacer algo, tiene que darse cuenta que sus deseos no pueden limitar mi libertad. Me está atontando, la vida no es tan larga, soy joven aún... ¡Qué puedo hacer!...”

La parte laboral del día la utilizaba para evitar pensar en su casa y en su madre; procuraba estar siempre ocupado, bromeaba con compañeras... pero siempre había una o dos llamadas telefónicas para saber si iba a casa a comer (que nunca lo hacía) y qué le parecía lo que iba a preparar para cenar. ”No, mamá. No voy a comer y no me prepares cena, por favor”. Así que sólo le quedaba almorzar con sus amigos y entretenerse con ellos sin demasiadas prisas a la salida de la oficina, en un bar o en un corto y placentero paseo.

De regreso a casa volvía la depresión. Ya sabía lo que le esperaba, “Vienes tarde, estaba preocupada”, “Te he preparado la cena y la cama...” y de nuevo siempre las mismas respuestas, “Siempre vengo a la misma hora más o menos, mamá”, “Tu comida y la mía son distintas, y he tomado algo con mis amigos, deja que yo me la prepare si la necesito, me pones demasiada cena..., mamá.”

Como cada día, casi toda su cena acaba en la basura, y se conforma con una manzana o un trozo de embutido mientras lee o escucha música en su habitación. Pero regresaba la angustia. Leía y algunas de las palabras le desconcentraban; “madre”, “vida”, “amor”, “aire libre”, “cárcel”, “hogar”, “muerte”...”Me voy. Pero... ¿qué clase de hijo soy?... Ya estamos, su tenaza, su cadena, me tiene retenido... ¿Por qué no me hace caso? ¿No podemos vivir juntos pero libres? ¿No la he hecho ver que no quiero su desayuno, su cena, su permanente compañía? ...”

Una mañana hubo sorpresa en su empresa. Una inesperable paga por los cuantiosos beneficios del año anterior y un aumento de sueldo con atrasos de varios meses hizo estallar un conjunto de conjeturas entre todos los trabajadores. Julián creía que sería para pedir algo a cambio y ya habían sido explotados suficientemente; Andrés, en cambio, pensaba que ese era el resultado precisamente de haber trabajo mucho y bien; se lo merecían. Respecto a qué hacer con el dinero se escuchó de todo; cambiar de televisor, de muebles, invertir, opíparas cenas, viajes... “¡Un viaje! Precisamente las horas extras del año pasado las cobré en días libres que aún no he disfrutado ¿para qué?. ¡Un viaje! No tiene que ser lejos, no deseo conocer otros lugares, lo que quiero es estar solo una temporada, en otro lugar, sin obligaciones, sólo ocuparme de mí, libre, libre, libre... Mamá tendrá que acostumbrarse a mi ausencia, verá que no pasa nada, que al fin y al cabo luego regreso, y que puedo estar sin ella; la obligaré a que deje mis comidas, mis desayunos y mi cama en paz, que yo sé ocuparme de ello; realizaré mis compras sin sus pesados consejos... Tiene que ver que soy capaz de ello; será duro la primera vez para ella, pero seguiré en casa hasta que se muera sólo si deja de ser tan pesada conmigo y me deja libre, libre...”

No dijo nada a sus compañeros; aún no sabía qué hacer ni a donde ir, así que a pesar de todo no lo celebró con ellos. “Ni un céntimo más en gastos, todo esto más lo poco que he ahorrado será para pagar mi libertad; desapareceré; nadie, ni mamá, sabrán donde estoy. No quiero saber nada de nadie, ni que nadie sepa nada de mí...”

El habitual tiempo que perdía a la salida del trabajo lo ocupó visitando agencias de viajes, sopesando precios, calculando gastos, y encontró un recóndito lugar, con montes, valles, y ambiente tranquilo, familiar y rural; poca gente, junto a un pequeñísimo pueblo y alejado de rutas turísticas... Ropa cómoda, un par de libros, y a no hacer nada.... El paraíso.

Esa tarde no miró a la cara a su madre; estaba abstraído en sus planes, y pese a ello realizó como un autómata todo el ritual de las cenas: un par de bocados, coger una manzana y encerrarse en la habitación. Y hacer cuentas y limar sus planes... “Calculo que puedo estar dos semanas sin gastos superfluos, pero... podría darme un pequeño lujo si estoy algo menos, pongamos diez días. Será suficiente, y si sobra, el resto de días libres los disfrutaré más tarde de la misma forma; incluso podría hacerlo un fin de semana al mes. No puedo creerlo, voy a ser el hombre más feliz del planeta...”

Tuvo hermosos sueños esa noche, carreras por el campo, viajes en fantásticos barcos, bellas mujeres... Tampoco vio la cara de su madre a la mañana siguiente y se despidió sin mirarla. El camino al trabajo fue más ilusionado que nunca, “¿Habrá chimenea?, ¿mujeres en el pueblo?, ¿animalillos salvajes?...” En esa tesitura visitó la oficina de recursos humanos y obtuvo sus libranzas a partir del día siguiente; “mejor, cuanto antes mejor, más corta la despedida, menos días de angustia, y antes llegará el día de mi libertad; ¡que nervios!”

Tal como lo tenía planeado, no lo informó a sus compañeros; “lo entenderán”. Pasó por la agencia de viajes y consiguió lo que quería, incluso podría salir en el tren esa misma tarde, tenía tiempo suficiente; le recogerían en la estación destino y le llevarían en coche al pequeño hotel, sin problemas.

Así que entró en casa eufórico dispuesto a hacer sus maletas lo más rápidamente posible y salir con celeridad hacia la estación; prefería esperar allí en vez de en casa. Las razones le resultaban evidentes. “Mamá, me voy unos días fuera a disfrutar de mi libertad de una vez por todas”, coge la maleta de encima del armario y la abre sobre la cama, “pero, hijo, ¿a dónde vas?”, “no te diré el sitio, ni cuando volveré”, ropa interior, camisetas de manga corta, “no puedes irte así, ¿y tu trabajo?”, camisetas de manga larga por si acaso, y sin mirar a su madre a la cara, “de esta no me echan, no hay de qué preocuparse”, “hijo, me asustas, ¿qué te pasa?” unos jerséis finitos y un par de gruesos por si acaso, ”me pasa que estoy harto de esta vida de mierda y tengo que desahogarme, respirar y limpiar mi cerebro”, aquí caben los útiles de baño, peine, cepillo de dientes, crema, maquinilla de afeitar, “hijo mío, ¿desahogarte de qué?”, colonia, busca una bolsa para guardar zapatos, “¿de qué?, ¡de tu presencia! Tu gris presencia, sólo gris como mi existencia, gris y amarga, ¡ya está bien!”, sigue sin mirarla a la cara pese a estar dirigiéndose a ella, elige libros, escucha sollozos, “hablaremos estos días al menos, ¿no?”, un par de toallas por si acaso, “no hay teléfono allí donde voy, y si lo hay no lo buscaré”, el dinero aquí en este habitáculo con cremallera, “por favor, hijo, llama de vez en cuando, y avisa cuando vengas para prepararte cena...”, los sollozos no le ablandan, al contrario, se ha enfurecido, cierra los puños y mira al techo de la habitación, “¡no sé cuando volveré!, ¡no quiero tus cenas, ni tus desayunos!, ¡¡los odio!!”, baja los brazos y lanza un profundo suspiro, “para cuando regrese se acabaron, mamá; yo compraré mi comida, yo me haré la cena y me prepararé el desayuno; y no toques nada de mi habitación, ya me haré la cama yo solito”, no ha mirado a su madre en todo el día, ahora tampoco, sólo la escucha llorar, pero no se conmueve y se concentra en repasar el contenido de su equipaje, cierra la maleta, se vuelve a poner la chaqueta, observa de nuevo el billete de tren, comprueba la hora, “tengo que irme”, levanta la maleta de la cama, la coloca en el suelo, baja la persiana de su habitación y se sorprende por ello, esboza una media sonrisa, coge la maleta y sale de la habitación, apenas rozando a su madre que llora y se tapa la cara apoyada en el marco de la puerta, “adiós”, y sale de casa con un golpe de puerta que parece medido, ni portazo ni cerrando suave, algo que muestre claramente su indiferencia a todo aquello que no sea útil a su inmediato fin.

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Ya han pasado los días y Alberto está de vuelta. Ha disfrutado; ha respirado aire puro, ha flirteado con la dueña del hotel, tuvo devaneos furtivos con otra turista solitaria y con una empleada de la limpieza, paseos por el campo, tranquilos momentos de lectura, siestas a la sombra de un olivo... y no ha pensado en la existencia de su madre. Sin su presión, se olvidó de ella inmediatamente, y solo pensó en sí mismo, en su libertad recuperada, incluso su actitud con las personas que le rodeaban, sobre todo con la turista solitaria y con la dueña solterona de buen ver, fueron para él una sorpresa; se sorprendía de sí mismo, “nunca pensé que fuera capaz de ...”.
Así que regresó con un aire nuevo, alegre, más estirado y más confiado de sí mismo. El viaje de vuelta lo realizó pensando en lo corto que le había resultado el tiempo de disfrute de la vida; “lo volveré a hacer; siento necesidad de ello”, y solo se acordó de su madre en el trayecto de la estación a su casa: “No, no tomaré taxi, iré andando. Si ha estado sola diez días, podrá estarlo un rato más; ¿habrá captado el mensaje? Espero que me deje tranquilo de una vez por todas; si no lo hace, me volveré a ir en cuanto pueda; solo dejaré espacios más prolongados si me encuentro bien en casa; en ese casó saldré menos pero durante más tiempo. ¡Qué bien me lo he pasado! Angélica me ha dado su dirección; está a más de cien kilómetros de aquí, pero dice que puedo estar unos días en su casa. Curioso, no quería entrar en mi habitación ni que yo entrara a la suya por que la daba vergüenza que lo supiera el personal del hotel, así que ¡ala! al campo, al pinar, y casi de noche; ha sido incómodo, pero la volveré a ver en mejor situación. Además, gracias a ello he podido tontear con la dueña que me ha invitado al café y al postre todos los días, y con Juanita... ¡buf! ha sido estupendo, quizá muy rápidos nuestros lujuriosos momentos, pero ¡que pasión y que cuerpo!, tiene un cuerpo maravilloso y ha merecido la pena aguantar con la habitación sin arreglar varios días; ese era el precio, estaba conmigo el tiempo equivalente al de arreglar la habitación para que no hubiera sospechas. Lloraba cuando me iba, y doña Luisa no entendía por qué. ¿No ha tenido Juanita devaneos con otros clientes?. Increíble.”

A dos manzanas de su casa había un pequeño parque. Alberto se paró y miró al portal con incertidumbre. Estaba recuperando su vida cotidiana; miraba las calles y sentía que los diez días anteriores iban a pasar al recuerdo. Al día siguiente tendría que ir a trabajar de nuevo, y otra vez a vivir con su madre. Se sentó en un banco para estudiar cual iba a ser su estrategia con su madre; como iba a ser su entrada en un estado nuevo de las cosas, porque todo tenía que cambiar; él era un hombre nuevo, y todo a su alrededor tenía que tomar nueva forma. En ese momento vio a Andrés que se acercaba al portal y pulsaba en el telefonillo para, suponía, saber si había llegado. Al rato se marchó con rostro de preocupación y Alberto sonrió; “tengo que cambiar de amigos, ahora me veo por encima de ellos, soy mejor que ellos, soy libre, hago lo que quiero y no me preocupa nada; tengo el mundo a mis pies.”

Cuando Andrés se perdió de vista se puso en pié, y con aire resuelto se dirigió a su casa. ”La saludaré y me iré a la habitación como si fuera esta mañana cuando la vi por última vez, espero que haya cambiado, que vea que regreso siempre y que puedo estar fuera el tiempo que me dé la gana, y deje de acosarme porque no va a conseguir así nada positivo de mí.”

Entró en casa con tranquilidad, y sin mirar a ningún sitio específico saludó a la casa entera; “¡Hola, ya estoy aquí!” y pasó directamente a su habitación; abrió la maleta y canturreando fue guardando cosas. Cuando terminó descubrió que tenía hambre; se dirigió a la cocina y allí estaba su madre, meciéndose en la mecedora como era su costumbre mientras hacía su labor de punto y mirándole con la sonrisa habitual. Y la televisión apagada, pero no quiso hacer ningún comentario al respecto. ”Todo bien, ¿verdad?” y sólo una sonrisa por respuesta. “Querrá castigarme, pero solo recibiré premios.”

“¡Así me gusta!” dijo entonces, y abrió la nevera y se dispuso a preparar su cena. “Veo que hay pocas cosas, mañana iré a comprar” dijo, y pensó: “Creo que ha entendido el mensaje, ¡por fin!”. Mientras cenaba, su madre no dejó de sonreír, y como no estaba acostumbrado al silencio encendió la televisión.

Más tarde, en su habitación, también echó de menos las constantes entradas de su madre, y pensó que parecía que le había entendido y que no le guardaba rencor, pero seguía teniendo la sensación de que su madre tenía la intención de castigarle. Se echó a reír sonoramente; ahora es cuando no puede castigarle de ningún modo, al contrario, si ella se porta bien, el no la hará sufrir.
Al ir al baño antes de acostarse se dio cuenta que la televisión seguía encendida y le extrañó que su madre no la apagara, ya que la programación que eligió mientras cenaba no era precisamente de su gusto. “Esto debe ser parte del ridículo castigo que me impone: yo enciendo la televisión, yo deberé apagarla. Bueno, es incluso justo y fácil.” Se dirigió a la cocina y allí estaba su madre, como siempre, y le saludó con una sonrisa. Apagó la televisión y seguía sonriendo. Andrés sonrió también y dijo: “Hasta mañana; debieras acostarte.” Y dio media vuelta y regresó a su habitación meneando la cabeza y haciendo gestos de divertida incomprensión.

A la mañana siguiente, su madre ya estaba en la cocina haciendo punto en su mecedora y recibiendo a su hijo con su tenue sonrisa. Alberto se preparó el desayuno y se sentó a la mesa ante su madre. De nuevo le vino la nausea por el permanente color gris de su madre, su pelo, su chal, su blusa, su falda, sus calcetines... y ahora se le antojaba que también su piel se estaba volviendo gris. Y el resto, blanco como la leche, para destacar este gris que revolvía el estómago. Dejó de desayunar y echó a la pila de fregar los útiles que había usado. Se despidió secamente y se fue a trabajar.

El camino al trabajo fue distinto a como era antes de su corto viaje. Le preocupaba algo la actitud de su madre, pero pensó que sería fácil de superar. Y sus nauseas por el color gris también se superarían, porque no conseguiría vestir a su madre de rojo, por ejemplo, pensó con una sonrisa. Y esos cacharros blancos por todos lados, puestos expresamente para destacar a su madre, los iría cambiando poco a poco. “O mejor aún, mi plato, mi vaso, mi taza y hasta mi servilleta y un salvamanteles que me pienso comprar, serán de cualquier color menos gris y blanco, para que destaquen más que ella.” Recuperó entonces la alegría y entró a trabajar totalmente rejuvenecido ante la estupefacción de sus compañeros.

“Rabiar, malditos; no sabéis lo que os perdéis aguantando en vuestra inmensa mentira. La libertad está ahí fuera, y tenéis que descubrirla vosotros, si realmente la merecéis. He cambiado sin vuestro permiso y sin avisaros, por eso me miráis así, extrañados de que alguien salga del rebaño. Soy otro, el anterior ha muerto o se ha reencarnado en una vida superior. Con mi nuevo ánimo os pisaré a todos; o pasaré sobre vuestras cabezas volando como una orgullosa águila real mirando desde lo alto el mundo que domina.”

Andrés le preguntó: “Alberto, ¿estás bien?” y Alberto le mira y le sonríe condescendientemente; “Nunca he estado mejor”. Observa con orgullo cómo todos le miran fijamente y hablan entre sí mirándole de reojo; “Hablan de mí, es indudable que se me nota el cambio, y ha sido tan radical que Andrés piensa que estoy enfermo. ¡Iluso!, lo que estoy es eufórico y feliz por el tremendo escalón que he subido. Andrés y Julián cuchichean. Saben que me han perdido, no soy de ellos. Espero que se den cuenta enseguida y me faciliten el trago de repudiarles como amigos.”

Julián quiso hablar con él y se excusó con la necesidad de ponerse al día, y le dijo que hablarían durante la comida; sin embargo a la hora de comer volvió a excusarse pues se iba a comer a casa, con su madre a quien no veía desde hace días.

Andrés y Julián se miraron muy serios y no se atrevieron a decir nada, viendo como el nuevo Alberto salía de la oficina.

Parece que tardarán en darse cuenta, voy a tener que ser directo con ellos, y es desagradable ya que trabajamos juntos. Con lo fácil que sería que cada uno de nosotros estuviera en su lugar, en su nivel, en su mundo, y no intentara entrar en un mundo que no les corresponde. Nos vemos, nos damos los buenos días y se acabó, esa debe ser nuestra relación.”

Compró comida rápida y fue a casa a comer. Ya había intuido que su madre no había comprado nada y quiso darle una sorpresa para que viera de lo que era capaz. Como su madre no le esperaba y esta vez no le llamó por teléfono, no había comida en casa, pero él preparó rápidamente su comida y comió ante su madre que estaba de forma perenne en su mecedora, con su sonrisa afable. Al recoger la mesa se dio cuenta que en la pila estaban aún los cacharros de su desayuno. “Bien, no me importa, lo único es que vas a aguantar esta cacharrería hasta la noche, porque yo ahora no tengo tiempo para fregar.”

Volvió a entrar contento a la oficina, realizó gran parte del trabajo atrasado y se despidió con una sonrisa amplia ante la nueva estupefacción de sus compañeros. “Si creen que voy a mezclarme con ellos de nuevo en bares y juergas, están equivocados. Espero que con esta despedida lo entiendan”

De vuelta a casa, lo primero que hizo fue fregar todos los cacharros. Lo hizo tarareando canciones para que no pareciera que lo hacía a disgusto y mirando de vez en cuando a su madre que sonreía con una sonrisa más amplia que en otras ocasiones. Y sonó el timbre del portal. Alberto miró a su madre como haciéndola ver que ella debería contestar pero su madre fue perdiendo la sonrisa y dejó de mecerse, pero no se levantó. “No pienso perder el tiempo enfadándome contigo”, pensó; se secó las manos y preguntó por el telefonillo; era Andrés. “¿Es que no va a dejar de intentarlo?”, pero le dejó subir. Andrés quería hablar con él, y pensó que sería buena idea hacerlo delante de su madre, para que ésta viera lo que había cambiado. Iba a ser muy claro con Andrés.
Le hizo pasar a la cocina y le sentó en la silla que siempre pensó que sobraba, lo que le produjo hilaridad y le hizo sonreír.

- Bueno, cuéntame.
- Quiero pensar que hay algo que no sabes, Alberto.

Alberto levantó las cejas con incredulidad, pero miró a su madre y la vio seria y un poco asustada, lo que le dejó intrigado. Volvió su rostro a Andrés que miraba alternativamente a la mecedora y a él y le pidió explicaciones.

- El primer día que faltaste al trabajo llamó tu madre. Quería saber dónde estabas.

Volvió a mirar a su madre; estaba aún más asustada y le miraba con tristeza. Sin dejar de mirarla pidió que continuara.

- Me dijo que se encontraba muy mal y que necesitaba encontrarte; dijo que te fuiste de viaje, pero no sabíamos dónde te habías ido.

Su madre estaba más gris que nunca, un gris clarito, como difuminándose...

- Julián y yo vinimos a verla inmediatamente – continuó – se encontraba muy mal, respiraba con mucha dificultad y estaba muy pálida. La llevamos al hospital y murió esa misma tarde. Lo siento, Alberto.

Alberto vio a su madre asustada y triste, desvaneciéndose lentamente, y antes de desaparecer definitivamente se llevó una mano a la boca y dirigió la otra hacia su hijo.


P.D. Todas las ilustraciones tienen el mismo título: Mujer sentada. Son de Picasso, Julio Gonzalez y Georges Seurat.
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miércoles, 11 de febrero de 2009

¡Qué bonito es Praga!



¡Qué bonito es Praga!

El señor P., alias Chico, pasea por sus calles más turísticas con la indumentaria más típica de los visitantes: todo ropa informal y cómoda, una botella de agua, cámara fotográfica colgando del cuello, sombrero para cubrirse del sol, plano de la ciudad en el bolsillo… y una pequeña mochila verde colgando de un hombro. Ha llegado por la mañana, muy temprano, y se irá antes de comer.

No es la primera vez que visita la ciudad, pero esta vez es por un trabajo especial, y sospecha que tardará en poder regresar a verla; así que de vez en cuando se para para hacer una foto, a una tienda, un edificio o una placita de las muchas que hay. Tiene tiempo y baja lentamente la cuesta desde el castillo al Puente de Karlos, lo recorre, presta atención a los artistas que muestran su arte sobre el puente y toca la figura que trae buena suerte.

Al final del puente pasa a la zona de tiendas de recuerdos para turistas y se recrea en los objetos que venden con una sonrisa burlona. Siempre le hacen gracia esas cosas, en cualquier parte del mundo. Sigue por callejones dirigiéndose a la Plaza Vieja, pasando ya por librerías y tiendas de música en las que suena, como siempre, música clásica por los altavoces que colocan en el exterior. Se recrea en sus escaparates y entra en una de las tiendas. Pregunta por discos de Steve Vai y tras unos segundos de incertidumbre le indican el final de la tienda. Allí, tras una pared con estanterías repletas de discos se entretiene unos segundos buscando entre ellos. En el suelo hay una pequeña mochila exactamente igual a la suya y sin quitar la vista de la estantería deja su mochila cerca. Por fin escoge un CD y, mientras lo lee recoge la otra mochila y se dirige de nuevo al mostrador; paga y sale de la tienda. Llega por fin a la plaza y se mezcla con los turistas que se agolpan frente al ayuntamiento para ver los movimientos del viejo reloj al dar las horas. Disfruta con ello, hace fotografías y cuando los turistas se dispersan mira alrededor en busca de un sitio donde sentarse.


Se dirige hacia una terraza y se sienta junto a la esquina de un callejón. Le habían dicho que se reunirá en ese lugar con una persona que le pediría el material, hará la entrega y se acabó el trabajo. Se pide una cerveza bien fría y espera. Pero no pasa mucho tiempo cuando ve acercarse, lejos, casi en la iglesia de San Pablo, a un hombre vestido totalmente de blanco, traje de chaqueta, sombrero, y solo destacando su corbata oscura. Le reconoce; era tal y como se lo habían descrito. Se incorpora un poco y se acerca la mochila.

Cuando estuvo suficientemente cerca se levanta y sonrie. El hombre se acerca, se estrechan la mano y se sientan. “¿Trajo lo que pedí?”, pregunta con acento del sur de América; “¡Claro!” contesta Chico, y cogiendo la mochila con la mano izquierda, introduce la derecha en ella mientras se pone en pié. Saca una pistola con silenciador, le apunta a la cabeza y dispara dos veces. Después con paso firme, pero sin correr, desaparece por el callejón.

Pasea de nuevo por los callejones y se detiene ante una jarra que hay en un escaparate. Se acuerda de la que dejó en el bar, llena de cerveza: “¡Qué pena!, estaba fresquita”. Entra en la tienda de discos y pide cambiar el recién comprado por otro; no solo cambia de CD sino que recupera su mochila por el método anterior, sale de la tienda despidiéndose y unos momentos después toma un taxi para ir al aeropuerto.

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lunes, 9 de febrero de 2009

Doblemente Verde ( Parte III y última )

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De Escher-Imposibles


El caso es que el siguiente encuentro de Raúl consigo mismo sucedió en una estación ferroviaria. La entrada al andén estaba en el extremo final de éste, y se dirigió hacia el principio por conveniencia de la salida en la estación destino, pero como escuchó al tren acercarse se detuvo con intención de observar donde caería la puerta del vagón. Y se quedó paralizado al observar a su supuesto contrario en el andén de enfrente, mirándole sudando y con los labios temblorosos. En ese momento pasó el tren ante él y se detuvo, pero no subió, sino que esperó su salida con la intención de hablarle y aclarar de una vez por todas sus dudas. No pudo ser; el tren salió y cuando pudo divisar de nuevo el otro andén ya no estaba. ¿Porqué se marchó?. Sin duda estaría asustado, pero era la oportunidad de aclarar el tema. No se movió del lugar ni apartó la mirada del andén de enfrente hasta que llegó otro tren. Se abrieron las puertas ante él y entró dubitativo al vagón. A su espalda se cerraron las puertas y se dio media vuelta; entonces vio a su doble tras el cristal de la puerta, desesperado, dando golpes y mirándole con rabia mientras el tren arrancaba.

Raúl pensó que su doble se había vuelto loco. Aparecía y desaparecía con distintos estados de ánimo y lo que era peor: le daba la sensación de que le estaba persiguiendo y comenzó a agobiarse. Tan mal se encontró que decidió acudir a profesionales, y éstos le recomendaron el grupo.

Los psicólogos, con ayuda de Alex, le convencieron para que volviera a los escenarios en que le ocurrían esas cosas. Estaban seguros de que no volverían a suceder en el mismo lugar y que Raúl se relajaría hasta su curación. Pero empeoraron las cosas.

Llegó a la estación tras un tortuoso recorrido en el que pasó por los estados de ánimo, preocupación, miedo y terror. En ese último estado se encontraba al llegar a la estación. Bajó tembloroso del vagón mirando hacia todas partes sin encontrarle y se dispuso a salir al exterior con visible excitación; pero al desaparecer el tren, lo vio en el andén de enfrente y, totalmente paralizado, comenzó a sudar. El otro personaje no le había visto aún y tenía la esperanza de que no lo hiciera, pero volvió el rostro y le descubrió. Fueron cinco segundos aguantándose la mirada, hasta que apareció el tren. Raúl, muy asustado corrió hacia el pasillo mas cercano, y se escondió en un pequeño recodo soportando su terror, su sudor, su trabajosa respiración, hasta que con alivio escuchó marcharse el tren. En ese momento le sobrevino la rabia, y comenzó a insultarse y a regañarse; ¿porqué huir?. Tenía que tropezar con él físicamente y acabar con esto de cualquier manera, así que al escuchar la llegada de otro tren, se le ocurrió que, quizás, en el estado de asombro en que le vio no subiría al tren y aún estaba en la estación. Con determinación y rabia corrió desesperadamente por el pasillo que le llevaría hasta el otro andén, y llegó a verle dentro del vagón con las puertas ya cerradas y se puso a golpearlas rabiosamente ante su atónita mirada.

No advirtió que era la misma escena anterior, pero vista desde el lado contrario, hasta que se lo comentó Alex; y decidió no viajar más en el suburbano.
Fernando dice que es fácil disfrazar la nada. Cierras los ojos y te imaginas el Mar Caribe, la fina arena de una playa, el chapoteo del agua al finalizar su viaje... y estás en el Mar Caribe. No hay nada; te convencen de lo que existe y tu lo ves; lo peor es que no sirve que abras los ojos, si los abres no verás nada, porque eso es lo que hay: nada.

Su intención al decir esto debió ser que cree que Raúl imagina a alguien como él para tenerle como percha de los golpes que da a su conciencia, como cuando se habla con la imagen del espejo y se le recriminan nuestros defectos (¡qué estúpido eres!) o nos alabamos (¡a que estoy guapo!). Buena teoría la suya para estar loco, pero Raúl cree que no fabrica ninguna realidad. Su realidad, si puede decirse así, existe porque es la realidad.

¿Cómo evitar la molesta realidad? No se sabe, pero por si acaso Raúl dejó de pasear por la gran avenida, y dejó de usar el trasporte público.

Raúl eligió el color verde porque la avenida de su primer suceso estaba ajardinada con gran cantidad de césped y el autobús era de la llamada Línea Verde por su recorrido a través de los parques de la localidad, pero él mismo reconoce su fijación por ese color; piensa que ese color le persigue e incluso se compra los objetos por ese color. Sin ir mas lejos su automóvil es verde; fundamental ahora que no utiliza transporte público.

No es un color muy habitual, y de hecho destaca entre el resto de los vehículos que circulan por la ciudad formando el denso tráfico local. Quizá por eso le llamó la atención, de forma fugaz, ver por el retrovisor otro vehículo verde cruzar por otra calle perpendicular a la avenida por la que circulaba. ¿Era el mismo modelo también? No tuvo tiempo de comprobarlo y no podía seguirlo en ese momento, así que se olvidó del caso temporalmente... hasta la mañana siguiente en que la curiosidad le hizo acercarse por la zona. Tomó la calle en que circulaba el otro coche el día anterior, a baja velocidad y mirando los aparcamientos. Cruzando la avenida por la que circulaba el día anterior lo vio; esta vez lo vio por detrás y distinguió perfectamente el modelo: era el mismo. No tenía capacidad de maniobra y no pudo seguirlo, pero en los últimos milisegundos distinguió el retrovisor derecho, ligeramente caído y sujeto con cinta aislante, como el suyo.

Llegó muy excitado a la reunión de la terapia y dijo que quería hablar con Alex exclusivamente, y así lo hizo. Le contó lo ocurrido, que a esas alturas no dejaba de ser otro encuentro como los anteriores, un poco mas leve tal vez, pero ahora se le había ocurrido una idea genial. Había descubierto que el suceso se repetía justo a la siguiente vez en que acudía al mismo escenario; es decir: las pautas temporal y local de la segunda parte de los sucesos la podía controlar. Cuando él quisiera, podría volver al lugar del suceso y provocar el encuentro. Lo intentaría varias veces si era necesario, procurando que el tiempo transcurrido entre sucesos fuera mínimo hasta lograr sincronizar los tiempos de ambos Raúles. Si lograba hacerlo, todo se solucionaría; no sabía cómo, pero en un mismo tiempo no podían coincidir los dos Raúl.

Alex siempre pensó que la pequeña locura de Raúl era superable y entendió que esa podía ser una solución. Ocurriera lo que ocurriera, estaba seguro de que el doble de Raúl desaparecería de su mente si se intentaba un contacto. Le sugirió que lo hiciera cuando apareciera la primera vez, pero, muy razonablemente, le explicó que en todas las ocasiones la primera vez era cuando mas le sorprendía, por lo que prefería la segunda; además, sabría exactamente donde se encontraba.

Estuvo varios días paseando y buscando un lugar idóneo para el contacto, pero no le convenía ninguno. Así que recorrió toda la ciudad en permanente vigilancia, mirando en todas las direcciones, pero el encuentro sucedió en el lugar mas inesperado y en el momento de mas cansancio, cuando más relajado estaba en la atención pretendida.

De Escher-Imposibles


Había en la ciudad una pequeña plaza peatonal porticada de forma redonda en la que confluían tres calles. Los edificios eran exactamente iguales, y se jugaba con los visitantes a visitarla y dar una vuelta en su derredor, cruzarla un par de veces y observarles, ya que quedaban totalmente desorientados. En ese lugar, paseando bajo los pórticos totalmente desolado, ocurrió lo más inesperado.

De repente volvió el rostro hacia el lado contrario de la plaza, y allí se encontraba. Ambos se sorprendieron al mismo tiempo nada mas verse, y ambos a la vez se escondieron rápidamente tras una columna. Raúl se apoyó contra la columna y respiró fuertemente varias veces como si se estuviera descargando de una carga interior, contó mentalmente hasta tres y corrió a la siguiente columna, observando que el otro hacía lo mismo. Lo realizó tres veces, hasta que al fin se decidió y de forma inesperada corrió hacia el lado contrario de la plaza con la intención de atravesarla; el otro hizo lo mismo, y gritándose alocadamente tropezaron en el mismo centro.

Raúl apareció inconsciente en la plaza y la policía lo trasladó a un centro hospitalario. Al parecer tuvo una lesión cerebral y dejó de mover una pierna, le fallan los dedos de una mano, necesita unas gafas de alta graduación y razona y habla muy mal. Al ver a Alex dijo torpemente: “Alex; ha desaparecido.”

Al recibir la noticia en el seno del grupo hubo un largo silencio que fue interrumpido por Andrés, que con suma tranquilidad se interesó por saber qué Raúl desapareció, y por Fernando que matizó que lo correcto era saber qué parte de Raúl ha desaparecido. Después la reunión se limitó a una acalorada discusión sobre el caso.

Lo que sucedió en el encuentro lo dedujo Alex. No se encontraron testigos que vieran lo que sucedió en el centro de la plaza; todos los entrevistados paseaban por los soportales y vieron extrañados, pero sin darle ninguna importancia, el peculiar comportamiento de Raúl. Entre los testigos no hubo acuerdo sobre el punto de la plaza en que se encontraba Raúl antes de correr hacia el centro.

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domingo, 8 de febrero de 2009

Doblemente Verde ( Parte II )

De Escher-Imposibles

La primera vez pensó que era producto del cansancio; tantos días de turnos alternos y guardias seguidos produce un agotamiento mental que tarda mas de un día en desaparecer. Estaba paseando por la soleada avenida que atraviesa su barrio y se sentó en un solitario banco a descansar frente a un paso de peatones regulado por un semáforo. Estaba saboreando al fin un ansiado estado de relajación cuando un ruidoso autobús le hizo regresar de su aislamiento; frenó para dar paso a una anciana acompañada de un intranquilo supuesto nieto que la arrastraba hacia el parque de este lado de la avenida. Se fijó en el viejo y destartalado autobús, y observó atónito que uno de los pasajeros tenía un asombroso parecido con él, su perfil, su barba, la bufanda al cuello...; lentamente, como si no se atreviera, el pasajero giró su cabeza y miró a Raúl con cara de terror durante un segundo escaso; volvió su mirada violentamente hacia delante mostrando su ansiedad porque el autobús arrancara lo antes posible. Tardó en levantarse del banco; lo hizo cuando el autobús había desaparecido al final de la larga avenida y después de un largo rato en que su mente se quedó en blanco. Llegó a la conclusión de que todo ello era consecuencia del cansancio y que debía disfrutar de un período largo de libranza laboral. Pero lejos de olvidar el extraño suceso, recordaba perfectamente la expresión de aquel individuo al verlo: Raúl estaba asombrado, pero el viajero estaba aterrorizado.

Unos días mas tarde del suceso de la avenida y el autobús se fue a la feria permanente del libro en busca de libros de segunda mano. Esta actividad le resulta gratificante y le evade de otros problemas, por lo que va a menudo aunque le ocupe toda una mañana de paseos y trasbordos en los transportes públicos de la ciudad, ya que es una temeridad acudir en vehículo propio al centro. El regreso no solía ser tan tedioso ya que lo hacía hojeando sus nuevas adquisiciones literarias, pero aquel día fue la segunda sorpresa y el regreso a casa dejó de ser como lo era habitualmente. Un frenazo del autobús para evitar atropellar a una anciana le apartó de la lectura de forma momentánea pero reconoció el cruce peatonal de la avenida. Tenía la ventanilla a su izquierda, y le asaltó una horrible sospecha; giró tímidamente la cabeza hacia el banco que sabía se encontraba en ese lado, y allí estaba sentado ese alguien tan parecido a él, mirándole asombrado, y Raúl, aterrorizado, comprobó que su barba era como la suya, que su bufanda estaba al cuello a la manera que él la llevaba... Retornó rápidamente la mirada al frente ansioso por que arrancara el autobús de una vez, y con suficiente terror como para no volver la vista atrás.

¿Ocurrió esto realmente? Cuando se relajó en casa, tras una ducha fría que le hiciera reaccionar y un buen trago de cerveza, pensó que podría tener un doble en el barrio, se parece mucho a el y casualmente lleva barba y utiliza una bufanda tan parecida a la suya que le confunde. Tal vez le ha sucedido lo que a él y pasó por el banco y se sentó a esperar si Raúl pasaba por allí. No podía ser de otra manera, ¡pobre hombre! ¡cómo se asustó al verle! Claro, que Raúl también se asustó. Pero la razón se desequilibra si uno se descuida al tratar de entender lo que pasa a su alrededor; por eso trató de olvidar estos sucesos tras decidir que la explicación era bastante razonable. Pero no cogió mas esa línea de autobús, ni paseó por la larga y soleada avenida.

Fernando, otro miembro del grupo, nunca trató de explicarse lo que le sucedía, solo quería saber el porqué. Piensa que todo lo que le ha sucedido es una fatal casualidad que puede traer fatales consecuencias a terceros si llega a oídos de miembros de su pequeña familia, por lo que Alex advierte a los psicólogos de lo grave que sería, al menos para su honor, que se divulgue su historia; aunque ha cambiado nombres en la narración se pueden reconocer en ella otros personajes como su hermana o su antigua novia y divulgar esto con el resto de personajes. Sería doloroso para él y vergonzoso para Alex.

Pese a su soledad su color no es el amarillo, como Anselmo, sino el negro; el color de la nada, dice Fernando. ¿Por qué la nada? No hay algo que merezca la pena existir, dice; un metódico estudio de cualquier objeto nos revelará que no es nada en sí mismo, sino el resultado de procesos anteriores; procesos llevados a cabo con otros objetos que fueron a su vez resultado de otros anteriores... y en principio, la nada. De ahí venimos nosotros y todos los objetos que nos rodean. Somos nada, venidos de la nada y rodeados de la nada nos dirigimos hacia la nada. Pesimista, ¿no?.

Resulta curioso que todos los miembros del grupo calificados como gente con problemas mentales, incluido Alex, se dediquen a pensar en su autoreclusión y lleguen a definiciones variopintas de su existencia. Nunca mejor dicho lo de variopintas, pero mientras para Anselmo cada uno tiene un color representativo en su personalidad, para Fernando todos tenemos el mismo color en nuestro destino: el negro, el color de la nada.

Fernando se ve convertido en nada, y Raúl se ve duplicado; en la diversidad se encuentra el gen de la unidad, diría Platón. Con la unión de muchas cosas distintas, con distintas características y distintas funciones, se podrá fabricar un objeto único con características y funciones únicas que no se podría realizar sin la participación de las cosas iniciales. ¿Que sociedad podrían fundar Fernando y Raúl? Bajo el punto de vista de Raúl, ninguna, ya que Fernando, al contrario que su persona, está loco.

Al igual que los demás no acepta la realidad que descubrió, aunque eso supusiera el derrumbamiento de sus principios, su orden de la vida o su concepto de humanidad y familia. Solo tenía que cambiar sus principios y conceptos, y así entendería lo que le ocurre, pero sin base fundamental, no va a ningún sitio. O sí; se dirige hacia la nada, hundido en una espesa oscuridad de color negro.

Pero a Raúl, sin embargo, le interesaría conocer como suceden las cosas que le suceden; dominarlas y usarlas en su conveniencia, pero lo tiene lejos; tan lejos que solo hay dudas de que lo logre. Pero no niega su existencia o retira sus principios avergonzado de estar equivocado. Al contrario, se aprende bastante de los errores, incluso basándose en errores se avanza hacia la verdad. ¿Alcanzaríamos la Teoría de la Relatividad sin haber utilizado antes los conceptos erróneos de teorías anteriores? Si llega el caso, Raúl cambia de teoría si ve que se acerca mas a la realidad de los acontecimientos; pero cada vez que le sucede hay un bache insalvable, o le asalta el miedo y huye. Es una pesadilla sin solución aparente o con incierto final. Puede que el otro personaje sea lo que le falta a él y se complementarían bien; o por el contrario sus virtudes fueran opuestas y se pelearían enconadamente; o si es su imagen especular se repelerían como polos imantados del mismo signo.
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P.D.: Las imágenes son obra de M.C.Escher. Las pongo por lo de 'imágenes especulares'.

viernes, 6 de febrero de 2009

Doblemente Verde ( Parte I )






Emulando a Arwen Anne, he decidido editar post sobre la vida de Alex por capítulos. Pero no lo hago por mantener en vilo a quien los lea (en esto Arwen Anne es una artista), sino porque no quiero hacerlos demasiado largos, y no me sal
en mas cortos. Eso sí, no puedo hacerlo diario.
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Observamos un paisaje; lo hacemos detenidamente, recorriendo el contorno del horizonte y de los diversos objetos que tenemos al alcance de la vista: rocas, montículos, árboles y arbustos...; nos fijamos en sus formas y colores, incluso en los leves movimientos, y todos estos datos los procesamos y ordenamos en nuestra mente de manera que posteriormente podamos recordar lo que hemos visto y detallarlo con un pequeño margen de error.

Igual sucede con los sonidos, ya que somos capaces de deducir como se producen recurriendo a los recuerdos; o con el olfato o el sabor, o incluso con el tacto adivinamos objetos con los ojos cerrados. Con ello aprendemos y hacemos uso de lo aprendido, pero lo sabemos por práctica, por observación; incluso lo hacemos con tal naturalidad que no parece que nos preocupe como suceden estas cosas físicamente. Poco a poco aceptamos que en sectores determinados de nuestro cerebro se almacenan imágenes, sonidos... incluso se sabe en que sector se almacenan, pero ¿como funciona el cerebro?.

Nadie lo sabe en su totalidad. Nadie va a contestarnos con certezas, a no ser con un "parece ser que...", "mediante observaciones experimentales...", y demás métodos de no asegurar nada.

La mente está definida desde hace siglos como algo intangible, etéreo, sin medida posible y haciendo muy difícil las definiciones de reacciones que afectan a la personalidad como el pensamiento, la inteligencia o variados sentimientos como el amor, el odio, el miedo...; y esta idea está tan arraigada en nuestra cultura que es posible que los científicos tengan miedo de plantear que esa definición es errónea y que la mente es un compendio de sabiduría fascinante, aún incomprendido pero no misterioso y con un soporte físico que lo maneja mediante reacciones físicas que llegarán a ser comprensibles en un incierto futuro.

Si esto fuera cierto, una imagen se reduciría a los datos que la definen, y estos datos en un montoncito de neuronas asociadas de una manera única para cada imagen. Igual sucedería con una sensación, un sonido, etc., y esto explicaría el hecho de reconocer un objeto sin haberlo visto nunca, sabiendo tan solo los datos que lo definen.

Al margen del funcionamiento mecánico que pueda existir en la organización de un pensamiento o una idea, no cabe duda que se comienza con conocimientos básicos o pequeñas estructuras fundamentales que, unidas, formarán una estructura mayor que pueda ser utilizada a su vez en la formación de otra estructura superior. Sirva como ejemplo las materias que hay que saber para la construcción de una casa, y a su vez las partes en que puede dividirse cada una de ellas, y así sucesivamente llegando a la necesidad fundamental de entender el concepto de suma, y aún así será necesario tener claro lo que es un número o una cifra.

Y aquí comenzaría el estudio clínico de la mente humana, y por extensión inmediata la del comportamiento humano, ya que, valiéndonos del ejemplo de la construcción de una casa, cabe preguntarse que pasaría si el concepto de suma es erróneo: la casa se tuerce, se cae, se termina con parches que la dan un aspecto deplorable, o simplemente no se concluye nunca. Y lo curioso del caso puesto como ejemplo, es que no sabremos porqué suceden estas cosas, ya que por lo que sabemos, todos los cálculos son correctos.




Se llega a una terrible conclusión, ya que un error en una subestructura básica dentro de la complicada estructura que deben tener una gran idea o un pensamiento limpio y razonable, puede llevar a la desesperación o a la locura a la persona portadora de esa estructura: sus conceptos se derrumban y se reducen a escombros difíciles de recomponer.

En el supuesto del error en el concepto de la suma. ¿Se llegará a terminar la casa?. La terminará aquel que tuvo el concepto correcto, ya que los conceptos posteriores, que dependen de éste, también irán correctos, y es que es muy difícil que algo que se ha tomado razonablemente por cierto, se cambie a falso. Este efecto dominó puede ser catastrófico en una estructura mental complicada.

Este criterio tenía Alex tras las primeras reuniones de terapia de grupo, según el cual no creía estar loco razonando de esta manera, pero tomó buena nota de las historias que contaban los miembros del grupo y en la que todas ellas tenían algo en común que saltaba a la vista de forma inmediata: la fijación por un color determinado.

A los miembros del grupo se les realizó un test oral y cuando se les pidió que eligieran un color, respondieron rápidamente y con nerviosismo un color concreto por el que al parecer se puede encontrar una de las razones de su locura, pero se niegan a explicar el porqué de su elección. Alex, sin embargo, dijo su color y contó su historia sin problemas.

El objetivo era estudiar y encontrar una razón común por la cual se relaciona un problemilla mental con la fijación a un color, y si curando dicha fijación se cura a su vez la mente hasta el punto de recobrar la realidad y poder regresar a la vida cotidiana.

El resto de miembros del grupo no hablaba de esto por razones oscuras que los propios psicólogos ignoran y dificultan su labor, por ello aceptaron que Alex realizara un informe en el que recreara las historias que le contaban fuera de las reuniones o reconstruyera como un puzzle unos hechos que le contaban a trazos desordenados.

Se las contaban en un bar o paseando por calles y parques según iban tomando confianza y se las repetían cada vez con más detalle, por lo que estaba cada vez mas seguro que los psicólogos están equivocados, y que son violentos encuentros con la realidad los que tratan de eliminar de golpe todo lo almacenado en nuestra mente.

El mundo que tenían por real se desploma al encontrar un error en su concepto, un tropiezo en su camino o la certificación de una sospecha, pero Raúl seguía creyendo en la misma realidad de antes, aunque había algo más que no estaba preparado para afrontar y llevar de forma cotidiana, y el mero hecho de contarlo es lo que le llevó a ese lugar.

No obstante a Raúl le fascinaba la terapia ya que, cuerdo como se consideraba, tenía todo el tiempo del mundo para aprender de los demás. ¿Tiempo?, tenía el doble del tiempo que pueda tener una criatura normal, pero no sabía como dominarlo, y eso no le ayudaba a sobrellevar su propia pesadilla, extraña en su concepto y cuya solución solo la veía en borrar esta realidad y tener la esperanza de que no regresara; pero si es real y le ha sobrevenido, ¿porqué no va a volver a aparecer?.

Y es que parece fácil comprender un desdoblamiento de personalidad; o la ciencia-ficción nos hace ver como posible que alguien pueda ocupar dos espacios distintos en el mismo tiempo, pero no parece explicar como pueden convivir a la vez dos tiempos distintos, ¿o no es eso acaso lo que le sucede a Raúl?. Dos tiempos al mismo tiempo; o dos tiempos que se combinan en un tercer tiempo; y si sucede algo de esto, ¿qué ocurre con los sucesos acaecidos en cada tiempo?, ¿Cómo se combinan?. Parece una locura, pero Alex cree que es tan solo una realidad que ha añadido a lo aprendido hasta ahora, y Raúl no está preparado para soportarlo, aunque puede que algún día simplemente esté acostumbrado a ese tipo de acontecimientos, o encuentre el modo de evitarlos. Pero hasta ahora todas las veces que ha ocurrido le ha sorprendido, y le ha puesto en un estado de excitación por el que sí ha necesitado atención médica.

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domingo, 1 de febrero de 2009

El mundo sin Rosa


Y llegó Rosa; con su marido, con sus maletas, con sus tres pequeñas hijas. Tan hermosa, tan dulce, tan desgraciada.

Andrés los vio llegar desde la ventana del descansillo de la escalera, fumándose el cigarrillo de rigor mientras su madre limpiaba la casa. Siempre lo hacía; “por no estorbar”, decía su madre, ya que no le dejaba participar en las tareas domésticas. Trabajaba y traía un jornal a casa suficiente como para premiarle en ese aspecto. "Bastante tienes con tu trabajo", y Andrés se dejaba llevar por una placentera vida que se resumía en jornada laboral, comer y divertirse. Pero la rutina quedó rota cuando llegó Rosa con su familia.

Se veía un coche muy usado, aunque no destartalado, algo sucio en lo que parecía mas bien resultado de un viaje por zona polvorienta; lo conducía una mujer, que se apresuró a salir del coche, abrir el maletero y ocuparse de los viajeros del asiento de atrás mientras por la otra puerta salía desperezándose y estirando los brazos un hombre despeinado y de barba cerrada.

Andrés terminó su cigarrillo despreocupado de la escena en el momento en que su madre le avisaba de que su amigo Julián estaba al teléfono. Con Julián solía quedar siempre para las actividades lúdicas: ir al cine, al teatro, conciertos e incluso alguna que otra exposición pictórica. Ese día irían al cine con otros dos amigos, y así quedó concertada la cita.

Al colgar el teléfono se encontró con la figura de su madre, con las manos apoyadas en la cadera y con gesto que denotaba algo de impaciencia.

- Aún no he terminado.

Otro cigarro, pensó Andrés. Y con media sonrisa se dirigió de nuevo al descansillo.

Subieron dos niñas primero, corriendo por las escaleras, que se quedaron paradas, una junto a la otra mirando fijamente a Andrés mientras encendía su cigarrillo. Pese a la diferencia de estatura se notaba que eran hermanas: misma mirada seria e inteligente, mismo color castaño y rizado de pelo y mismo peinado, que parecía imposible de existir otro con ese tipo de cabellera. Después subió su padre con la mas pequeña sobre los hombros, agarrada a sus largas y descuidadas barbas. También era hermana de las anteriores, pero se deducía solo por el peinado, ya que la mirada era alegre y su sonrisa se antojaba permanente. Su alegría parecía contagiada de su padre, que subía las escaleras silbando y dando pequeños saltitos que provocaban la hilaridad de la pequeña. Calzaba unas viejas deportivas, y vestía un viejo pantalón de pana, una vieja camisa de franela de cuadros y una rebeca gris de no menos antigüedad que el resto de la vestimenta.

La idea de tener nuevos vecinos no le apasionaba precisamente a Andrés; este hecho podría romper la tranquila monotonía que llevaba disfrutando estos años, y ese temor le hacía exagerar los resultados de esa primera impresión al ver a su nuevo vecino.

- Aquí es - dijo el barbudo padre parándose en la puerta de enfrente, al otro lado del descansillo y sin reparar en la presencia de Andrés, al contrario que sus hijas. Sacó una llave del bolsillo y abrió ruidosamente la puerta. - Podéis pasar niñas. ¡ Vamos Rosita, te espera tu nuevo hogar ! - gritó.

- ¡ Ya voy, tenía que cerrar el coche ! – La voz de Rosa fue percibida por primera vez por Andrés, y le hizo girar la cabeza para saber quien poseía tan dulce voz. Rosa subía con una aparentemente pesada maleta y una gran bolsa llena de ropa que arrastraba por las escaleras. Andrés tiró lo que quedaba de cigarrillo y se apresuró a ayudar a Rosa.

- Deje que la ayude con la bolsa, parece incómoda de llevar.

- Se lo agradezco muchísimo, es usted muy amable.

Era la madre de las niñas, no cabía duda, el mismo pelo, la mirada de las dos mayores y, aunque forzada, la misma sonrisa que la pequeña. Su juventud chocaba con la madurez de su marido, y esa voz... dulce y resignada a la vez, como incapaz de mostrar rencor, perfecta en tono y volumen... Música, al fin y al cabo.

- Llámeme Andrés, vamos a ser vecinos.

- Yo soy Rafa - dijo su marido desde la puerta de su nueva casa - y ella es Rosa. Gracias por ayudarnos, tengo problemas con los riñones y no puedo cargar peso.

Era increíble, o no creíble para ser mas exacto; su voz y su sonrisa socarrona parecían indicar una mentira creada para justificar un comportamiento injustificable; idea corroborada por la expresión de la cara de Rosa en ese instante. Y en ese momento, precisamente, comenzaron a aflorar en el interior de Andrés sentimientos encontrados hacia Rosa y Rafael.

La casa la alquilaron amueblada, y ese primer día no tenían comida. La idea de Rafa de ir a tomar unos bocadillos a cualquier parte incomodó a Andrés lo suficiente como para traer de su casa huevos, leche, aceite, pan... para aguantar hasta el día siguiente en que realizarían las primeras compras de rigor.

Quería escuchar de nuevo esa voz, deleitarse en ella y mantenerla grabada en... Se dio cuenta del cambio en su interior. No había tenido problemas con las mujeres nunca, conocía a muchas en el trabajo y entre sus amistades, y con ninguna de ellas había sentido lo que sentía ahora. Una mujer casada. La primera vez que le sucedía, pero no pudo evitarlo, su corazón le pedía hacer lo posible por conseguir al menos una cerrada amistad con Rosa.

Para lograr un acercamiento a Rosa, simuló un acercamiento a Rafa invitándolo a una cerveza mientras Rosa colocaba sus enseres en la casa; y así supo que ella tenía un título universitario, pero que Rafa no iba a consentir que su mujer trabajase, mucho menos teniendo tres hijas que cuidar; que Rafa estaba cobrando subsidio de desempleo, y que sería así por mucho tiempo ya que su enfermedad no le permitía hacer determinados esfuerzos físicos necesarios para la realización de los trabajos que sabría desempeñar; y que era un borracho. Andrés hacía distinciones entre alcohólico y borracho; y Rafa era, en tono despectivo, un auténtico borracho.
Le gustaba beber, y pudo comprobarlo con la primera cerveza; bastaba observar su caída de ojos y escuchar como resbalaban las palabras por su boca después del primer trago; y después del segundo resbalaban las ideas, y tras el tercero tropezarían los pies uno con el otro como grotescas payasadas de humor barato.

Y así fue como lo llevó a casa, con la vergüenza de enfrentarse a Rosa el primer día que la conoció por llevarle a su marido en ese estado. Su decepción le corroía interiormente; en vez de acercamiento tendría que enfrentarse a Rosa; pero no hubo enfrentamiento.

Rosa abrió la puerta y miró a Rafa con acostumbrada indiferencia, ni siquiera sus hijas mostraron desconcierto por el estado de su padre.

- Hola Rosita - dijo con su ebria voz - tenemos un vecino estupendo, no como los antipáticos de la otra casa - y cruzó el pasillo hasta el baño tropezando con las paredes de uno y otro lado sin mediar mas palabras.

- No ha bebido tanto - dijo Andrés con afligida voz - lo siento; no sabía que...

- No te apures, si no es contigo será con otro, o él solo, pero lo verás así a menudo, hasta que tú o el vecino de arriba nos obliguéis a irnos. Como siempre. Gracias de todos modos por ayudarle a llegar a casa; en este barrio y el primer día se habría perdido.- sonrió levemente y se despidió - Hasta mañana.

- Hasta mañana.

Se quedó en el descansillo; se encendió un cigarrillo y mirando por la ventana se puso a pensar. Su voz. De nuevo la ha escuchado y pese a lo tratado, no había ni un ápice de despecho por lo ocurrido. Se repetía sobre todo en su mente ese “Hasta mañana” que le daba esperanzas renovadas.


Todos saben que estas familias existen; pero solo en los telediarios y en las noticias tremendistas de la prensa. Debido a su profesión, Andrés conocía estos casos de cabeza de familia alcohólico, en paro, haciendo desgraciada a cualquier persona de su entorno que sin embargo dependen económica y sentimentalmente de él. Se preguntaba que sucedía en esa casa después de cerrarse la puerta a espaldas de Rafa; cómo era el ambiente familiar durante las comidas o un domingo por la tarde; cómo era la relación de pareja... Realmente no sabía nada, pero le preocupaba; y le preocupaba por Rosa.

Nunca había sentido nada igual; se dio cuenta que faltó a una cita esa tarde con sus amigos y que no estuvo en casa desde que pidió a su madre comida para los nuevos vecinos. Entró apresuradamente pidiendo perdón a su madre por no tenerla informada de sus últimos movimientos, como hacía siempre, y llamó por teléfono a alguien de quien ya no tuvo respuesta, quizá cansado de esperar a un Andrés que nunca hasta entonces había faltado a una cita. Recordó entonces que así ocurrió con algún viejo amigo al que mas tarde cambió su asidua compañía por la de una mujer que ahora es madre de sus hijos. Pero Rosa era una mujer casada y con tres preciosas hijas; aunque todo tenga solución en esta vida, la solución puede ser traumática para Rosa, para sus hijas o para su propia madre. Mejor tratar de regresar a la antigua vida cotidiana.
Pese a sus esfuerzos no cenó esa noche; incluso su madre mostró preocupación por su estado, sin hambre y con la mirada fija en el infinito, como si su realidad no coincidiese con lo que lo rodeaba, como soñando con los ojos abiertos. Tampoco pudo dormir, no se le cerraban los ojos ni se le apartaba de la mente esa última sonrisa y esa esperanzada despedida: "Hasta mañana", como diciendo: "Mañana nos vemos otra vez."

Andrés trabajaba en la oficina de empleo del distrito como administrativo, lo que le favorecía ya que no atendía al público, pero sí estaba al tanto del movimiento de mano de obra y siempre procuró ayudar a familiares y allegados que lo necesitasen; pero aunque quisiera no podía hacerlo con Rosa por el camino de encontrar un trabajo para Rafa.

Rafa apareció por su oficina al día siguiente de su primer contacto con el disfraz de persona a compadecer y con un ensayado gesto de tristeza en su cara. No vio a Andrés; pero Andrés si le vio a él, de lejos, a pesar de las ojeras por la mala noche; y la compasión hacia Rosa le hizo acercarse y decirle a su compañero que lo atendería él, al fin y al cabo era un conocido.
A Rafa se le quitó rápidamente el gesto triste y se saludaron efusivamente. Pasó al otro lado del mostrador, y Andrés le ofreció asiento ante su mesa.

- Bien. ¿ En qué puedo servirte ? - dijo lo más amable que pudo en ese momento.

- Esto es para creer en Dios. El mejor vecino que he tenido nunca me va a ayudar en el trasiego y entresijo de los papeleos. ¡ Es formidable !

- Haré lo que se pueda - sonrió - ¿ Les ha gustado la nueva casa a tu mujer y a tus hijas ?

- Están un poco apretadas, pero lo han estado más. Todavía creo que pueden arreglarse mis cosas. Mira, tengo que cambiar el domicilio en mi ficha, pasarla a esta oficina y si no te importa me dirigiré a ti todos los meses en la renovación médica.

- No hay problema, te agilizaré los trámites y procuraré avisarte cuando haya algún trabajo.

- Ya sabes que tengo un problema de salud. Es una lacra.

- Debieras recapacitar sobre tu mujer. En este distrito hay guarderías públicas para tu pequeña y colegios para las dos mayores. Rosa podría tener un buen empleo.

- No sería ni medio hombre si permitiera eso.

La cara de Rafa no era muy amistosa al llegar a este punto, y Andrés tuvo que buscar una salida airosa.

- Tu mandas en tu familia, pero es una solución cada vez más usada por muchas familias - Andrés sabía que lo inusual era la postura de Rafa respecto al trabajo de las mujeres, pero temía perder el contacto iniciado con Rosa.

- La madre que busca trabajo es una puta; no tienes mas que ver como acuden a exhibirse a los hombres. Tenía que estar prohibido por el bien de sus hijos.

- En ese caso pondré mas empeño en ayudarte. Pronto te diré algo.- Se levantaron y se dieron de nuevo la mano. Andrés le acompañó hasta la salida y antes de despedirse Rafa le dejó clara su postura al respecto:

- No hables nunca con Rosa de esto; que no se la pase por la cabeza la puñetera idea de trabajar y de ganar más dinero que yo.

Lo tranquilizó como pudo convenciéndolo de que la discreción le era imprescindible para mantener buenas relaciones con vecinos y amigos, y que nadie sabrá nunca el contenido de sus conversaciones en el campo de su profesión. Por un momento pensó que todo estaba perdido, pero cuando Rafa sonrió y dijo que era un "tío estupendo" se renovaron sus esperanzas y atisbó en su imaginación una sonrisa de felicidad en el dulce rostro de Rosa.

Andrés comenzó a tener reacciones infantiles, y su madre lo percibía aunque no supiera el porqué. Leía en su habitación con la ventana abierta alegando que así se iba el humo de sus cigarrillos, pero en realidad vigilaba los ruidos y conversaciones que se oían por el patio interior; y si su intuición le informaba que Rosa iba a salir de casa, salía apresuradamente al descansillo con la excusa de fumar un cigarro en la ventana que daba a la calle.

Pero sus conversaciones no pasaban del saludo y la información de las inclemencias del tiempo: "Hace frío hoy...", "la que está cayendo...", y aún así se apreciaba cierto rubor en Andrés y la rabia posterior por no haber dado un paso adelante.
A veces procuraba encontrarse con Rosa cuando volvía de la compra o de recoger a las niñas del colegio y la ayudaba a subir bolsas de comida, pero no pasaba de la puerta de su casa, y cuando ésta se cerraba se apoyaba en el umbral de la ventana y pensaba la forma de acabar con ese sufrimiento de forma incruenta, pero no daba con la solución. Rosa le sonreía pero tampoco avanzaba hacia él, y sus hijas le saludaban, le hablaban tiernamente y correspondía con juegos cariñosos que ellas le agradecían como si fuera eso lo único cariñoso que encontraban a lo largo del día; y todo esto le desesperaba aún más.

Rafa llegaba ebrio todas las noches, se le oía subir torpemente las escaleras y, al llegar al descansillo, soltaba una apagada carcajada antes de abrir la puerta de su casa. Y en casa ninguna discusión; se imaginaba a Rosa ayudándole a acostarse sin rechistar para no molestar al vecindario que en otros barrios les obligó al traslado. Andrés procuraba no coincidir con él, pero una noche en que regresaba de una fiesta se agazapó de cuclillas en un rincón y le esperó; no sabía porqué, pero tenía necesidad de estudiar los movimientos del enemigo, tal vez para criticarlo con mayor contundencia al saber más de él, o quizá para justificar esa secreta pasión hacia la mujer mas desgraciada del planeta. Pasó un buen rato hasta que llegó Rafa, y procuró contener la respiración para no ser descubierto, y observar con libertad. Subió las escaleras hasta que solo quedaban cuatro escalones para llegar al final, estiró el brazo derecho y se agarró al pomo de madera en el que terminaba la barandilla, y con el brazo rígido siguió subiendo escaleras dejando el cuerpo atrás hasta apoyar los pies en el borde del último escalón quedando su cuerpo estirado perpendicular a la barandilla, y con la apagada carcajada saliendo de entre sus labios encogió el brazo hasta llegar a la posición vertical. Entre carcajadas escuchó como Rafa se vanagloriaba a sí mismo: "Soy un artista".


No volvió a coincidir con él en la escalera, pero le seguía oyendo llegar por las noches con su invariable carcajada al final de su ritual payasada, incluso bajaba el volumen de su televisor para escucharlo mejor, y solo se tranquilizaba al oír cerrar la puerta de su casa.

De regreso a casa, una tarde, se encontró con Rosa en el descansillo; estaba observando por la ventana y al volverse y ver a Andrés subir por la escalera sonrió, haciéndole dar un torpe traspié debido a su desconcierto. Se quedó paralizado unos segundos y apenas acertó a decir palabra alguna.


- Buenas tardes.

- Buenas tardes - contestó Rosa mirando a los ojos a Andrés y ya sin sonrisa - Estaba esperándole; quiero hablar con usted.

Andrés pensó que sería un buen principio para acercarse el abrirse en confianza a Rosa.

- No me llames de usted, Rosa; somos vecinos de descansillo.

De nuevo la sonrisa de Rosa estremeció a Andrés, y cuando se volvió hacia la ventana sus ojos recorrieron ese cuerpo que imaginaba hermoso y castigado.

- Viene Rafa, se le ve desde aquí; pero me da tiempo a pedirte un favor.

Sonrió contento de haber conseguido la confianza de su vecina, de haber dado ese paso de gigante.

- ¿En qué puedo ayudarte?

- Rafa dice que estás en la oficina de empleo; si encuentro un trabajo le abandono. De lo que sea, me da igual.

- No lo aceptará fácilmente.

- Desapareceré con mis hijas de su vida. No estamos casados y mis hijas no son suyas. Si gano un sueldo me voy. No era así cuando le conocí, pero ya no aguanto.

La seriedad de Rosa en ese momento la hizo mas hermosa que nunca, y su contemplación no le permitió articular palabra.

- Voy a casa, él está cerca. - Abrió la puerta de su casa apresuradamente mientras volvió a pedir ayuda a Andrés con la mirada.

- Haré lo que pueda...

Y se cerró la puerta. Iba a decirle "te lo prometo", pero no fue lo suficiente rápido; o no se atrevió.

Cambió totalmente la rutina de forma visible. La madre de Andrés notó de nuevo algo en su hijo, y no solo fue su nueva actitud - comenzó a llegar tarde casi a diario - sino además fue su mirada, sus largos ratos petrificado, pensando ante la ventana o ante la cuchara llena de sopa esperando ser llevada a la boca; su silencio y las numerosas llamadas de sus amigos preguntando por él se sumaron a su incertidumbre. Pese a ser su madre, no pensó en el amor, sino en el trabajo; un posible traslado o un ascenso de categoría ya le habían trastornado antes, pero esta vez era algo más importante porque no hablaba de ello, y su ensimismamiento era demasiado prolongado; no obstante, decidió dejarlo tranquilo durante una temporada antes de pedirle explicaciones.

Una noche al abrir Andrés la puerta de su casa se precipitaron abrazándose a sus piernas las dos pequeñas de Rosa y Rafa mientras la mayor lo miraba triste desde la puerta de la cocina.

- ¿Que hacéis aquí?

- Pasa y cierra la puerta - dijo su madre desde la cocina.

Estaba preparando comida en abundancia, y mientras movía el contenido de una olla pidió a la mayor que llevara a sus hermanas a ver la televisión. La finalidad era clara, estar a solas con su hijo y dar las novedades.

- Rafael se ha caído por las escaleras; se supone que se agarró al pomo de la barandilla y se quedó con él en la mano ya que apareció arrancado en el piso de abajo.

Volvió a abrir la puerta y observó la barandilla sin pomo; ni siquiera reparó en ello al subir, cuando hasta hace poco le era inevitable mirarla siempre que pasaba ante ella.

- Una desgracia tremenda, hijo. - continuó su madre mientras cerraba la puerta de nuevo - Se lo han llevado al hospital y Rosa fue con él; me pidió que cuidara de sus hijitas. Si no te importa quedarte con ellas, voy a acompañarla un rato, creo que no tiene familia cerca.

- No te apures, puedes irte ya; - dijo tomando el mando de la situación - yo termino con esto y las acuesto; en mi cama las dos pequeñas y pondré el viejo colchón al lado para la mayor; yo en el sofá. No tengas prisa en volver pero llámame por teléfono en cuanto puedas y me cuentas como está Rafa.

Fueron unos momentos entrañables para Andrés haciendo de padre con esas niñas, contando cuentos a las pequeñas para que se durmieran y hablando tiernamente con la mayor, que debía ser fuerte y ayudar a su madre en momentos como éste, cuidarla y apoyarla hasta que pasen estos malos ratos.



Con las niñas tiernamente dormidas, fumando nerviosamente , mirando el teléfono que no sonaba y paseando por la pequeña sala, fueron infinitos pensamientos los que pasaban por su mente, infinitos proyectos dependientes de los infinitos desarrollos que podían tomar los acontecimientos, hablando sólo en voz queda, golpeándose la cabeza para echar de ella esas ideas que consideraba nulas para sus proyectos.



Al fin suena el teléfono y la voz de su madre, lentamente, le fue dando la última noticia: Rafa murió en quirófano al no poder hacer nada con esa tremenda lesión craneal que se hizo al caer. Rosa está muy bien, ha sido fuerte al encajarlo, y quiere ser ella quien dé la noticia a sus hijas.
¡Qué tranquilidad!, ¡qué silencio!; dejó de pensar de golpe y le estremeció el silencio que le rodeaba; sonrió levemente y se asustó de esa reacción, pero no podía evitarlo: algo de alegría ocupaba su interior y estando sólo podía manifestarlo; pensando un poco más opinaba que llegar a ese punto beneficiaba a mas gente de la que perjudicaba, y no era demasiado cínico si decía que era lo mejor que podía haber ocurrido.

Procuró no hablar con Rosa hasta después del entierro de Rafa para no agobiarla, y al llegar el día estuvo pensando en como abordarla, hacerla ver que necesitaba ayuda no solo económica sino sentimental, y que él adoraba a sus hijas y no le importaría cuidar de ellas. Pero sonó el timbre de la puerta, y al abrirla vio a Rosa en el descansillo mandando a las niñas que esperaran en el coche, que bajaba enseguida; su vestimenta, una maleta y una bolsa de ropa indicaban un viaje inminente. Andrés no acertó siquiera a pensar qué era lo que estaba ocurriendo y lo único que hizo fue avanzar un paso hacia Rosa que le sonrió y besándole en una mejilla se despidió de él.

- Muchas gracias, Andrés. Seguro que ha sido gracias a ti, y no lo olvidaré nunca. Me han llamado para un buen trabajo en Barcelona, la oportunidad de mi vida y solo yo he de decidir si lo acepto o no. Claro que lo he aceptado; ya no tengo que depender de ningún hombre, y no creo que vuelva a pisar mi hogar otro varón que me diga lo que tengo que hacer. Gracias de nuevo, - continuó mientras cogía la maleta y la bolsa - eres estupendo, un gran amigo y muy buen vecino. Despídeme de tu madre. Adiós.

Y bajó las escaleras; y Andrés se asomó a la ventana y vio a Rosa cargar sus pocos enseres en el destartalado auto y colocar a sus hijas en los asientos traseros y se preguntó si mereció la pena apartar amistades para dejar espacio sentimental para Rosa; y acercarse a las niñas en inocentes juegos para merecer su favor; y frenar los trámites de Rafa con intención de prolongar su estado de permanente parado para que Rosa no cambie de opinión; y acelerar a escondidas por ser ilegales los trámites referentes al estado laboral de Rosa, falseando antigüedad en el régimen de paro para facilitar su elección; y aflojar a diario imperceptiblemente con extrema paciencia el tornillo que en la parte inferior de la barandilla unía ésta al pomo que usaba Rafa para su número circense; y provocar encuentros aparentemente casuales con Rafa en el bar para invitarlo a dos copas que serían añadidas a las que habitualmente bebía; y esos largos paseos con la única intención de llegar a casa después de Rafa para facilitarle sus reacciones cuando el hecho ocurriera; y evitar todo contacto con Rosa para eludir sospechas sobre ambos...

El coche arrancó ruidosamente, se alejó lentamente calle arriba y desapareció. Apoyado en el lateral de la ventana y con una mano en su besada mejilla observó la primera imagen de un mundo sin Rosa; imagen que quedó permanentemente impresa en su retina. El cerebro de Andrés quedó bloqueado sin mas función que mantener esa imagen activa, muda, inmóvil, sin ver otra cosa ni oír nada. Tres largos años permaneció en el hospital totalmente inmóvil, en la posición en que los sanitarios le colocaran, con asistencia permanente para sus necesidades biológicas y con la inútil visita diaria de su madre lamentando no haber hablado antes con su hijo.




P.D.: Las ilustraciones son pinturas de Mary Stevenson Cassatt

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