domingo, 8 de agosto de 2010

Feria de Bondades


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Era un día de feria en San Martín. En las afueras del pueblo un palenque cerraba las distintas estacadas en que se encontraba el ganado. Los compradores rondaban la valla buscando la mejor res que pudieran pagar, y si la encontraban, se dirigían a las mesas que rodeaban un pequeño mostrador a modo de bar donde los vendedores cerraban sus negocios.

Mario no tenía demasiadas vacas, pero se ocupaba de la venta de reses de varios vecinos, por lo que era el vendedor más activo. Alrededor de dos vasos de vino llegaba a acuerdos rápidos y muy valiosos para el dueño del animal, por lo que cada año su trabajo aumentaba cuantitativamente de forma notable. Estando en la negociación de un lote de diez reses, en el momento de mayor concentración mental, usando al máximo sus dotes de buen vendedor, Aurelio, a su espalda, le da unos toques al hombro. Mario alza la mano indicando que debe esperar a terminar con el cliente que está frente a él, pero como no alzara la mirada para ver quién era, Aurelio insistió.

Aurelio era el tonto que hay en todos los pueblos; su corta inteligencia no le alcanzó a realizar estudios y los quehaceres del campo no le iban demasiado bien. Su familia tenía un pequeño huerto, unas gallinas y una vaca que de vez en cuando paseaba orgulloso por el pueblo. Todos los años visitaba la feria y decía a los feriantes que quería vender la vaca. Como ya le conocían, le seguían la corriente hasta que le ofrecían la mano para cerrar el trato; entonces Aurelio sonreía y diciendo que era una broma se iba definitivamente a casa. Pero ese año, por oscuras razones, su vaca dejó de dar leche y decidió, sin consultar a la familia, vender la vaca en la feria, y para ello se dirigió al que todo el mundo sabía que era el mejor en este mundillo. Esta vez, era verdad que quería vender la vaca.

Aurelio no entendía que Mario no dejase de hablar con aquel desconocido para atenderle, por lo que insistió con unos toques en el hombro más fuertes que los anteriores. Mario levantó la vista visiblemente molesto, y al ver a Aurelio pidió perdón al comprador y se puso en pie. No quería levantar la voz ni mostrarse violento ante los compradores, por lo que en voz muy baja le pidió que se marchara. Aurelio sonrió y dijo que quería vender la vaca, y lo dijo con su gesto de siempre, con su sonrisa y su mirada ausente. Mario no podía hacer el juego de todos los años; estaba muy ocupado, rozando la saturación, y frotándose los ojos con los dedos de una mano le dijo suavemente que no vendería su vaca, y que le dejase tranquilo. Aurelio no cambió la expresión de su cara al responder a Mario con una amenaza: “Necesito vender mi vaca, y si no lo haces regresaré para castigarte duramente.” Mario puso una mano sobre el hombro de Aurelio e hizo un gesto de aprobación, volvió a sentarse y continuó la venta.

Sin prisas, con tranquilidad, Aurelio se fue a casa. Fue directamente a visitar a la vaca, comprobó que seguía sin dar leche y rebuscó entre los útiles que colgaban desordenados por las paredes del establo. Apoyada en una esquina se encontraba una puntiaguda estaca de unos dos metros de larga y unos diez centímetros de diámetro de espesor; la tomó, la sopesó sobre sus manos y viéndola apropiada se la puso al hombro y regresó a la feria.

Aurelio ya no llamaba la atención de nadie, y nadie le preguntó por la utilidad de la estaca en la feria. Se acercó a la zona del mostrador y allí estaba Mario, a unos veinte metros, apoyado sobre el mostrador mientras paladeaba un vaso de vino. Se colocó la gruesa vara en la axila a modo de picador de toros, y cual caballero en torneo de la edad media, arrancó en veloz carrera apuntando a la espalda de Mario.

La madre y las dos hermanas de Mario se encontraban en casa, cuando el cabo del puesto del pueblo les hizo la visita llevando la trágica noticia. El cuerpo de Mario se encontraba en la clínica, nada se pudo hacer, y Aurelio, el loco, estaba encerrado en una celda del cuartel. Hubo lágrimas y gemidos pero tan solo articuló las palabras la madre para agradecer al cabo su amabilidad, y pedirle que le dejaran visitar a su hijo. Cabizbajo, el cabo abandona la casa, y desde su vehículo observa a través de una ventana cómo la madre habla con sus hijas, con el dedo índice de una mano señalando el cielo a modo de advertencia mientras las hijas continúan gimiendo con movimientos levemente espasmódicos.

Las tres mujeres no solo visitaron el cuerpo de Mario, también visitaron a la familia de Aurelio para mostrarles su comprensión; sólo un ataque de locura podría ser la causa de que el bueno de Aurelio hiciese tal cosa y ambas familias estaban hermanadas en la misma tragedia. A ojos de estas tres mujeres, no había culpables entre ellos.

El entierro fue multitudinario; los habitantes del pueblo y de otros pueblos cercanos se sintieron emocionados ante semejante bondad y quisieron mostrarse solidarios con la familia del finado, pero ese no es el final de la historia. Esa desbordada bondad de la madre y hermanas de Mario también quedó patente durante el juicio, donde lejos de mostrar perdón hacia Aurelio, mostraban convencimiento de que no era culpable de nada, que si acaso fue una mala pasada de su enfermedad, de la cual él no era responsable.

Hasta el juez, fiscal y defensor quedaron conmovidos ante las manifestaciones de estas mujeres, pero la ley hay que aplicarla, aunque sea en su menor grado, y Aurelio fue confinado en un penal psiquiátrico durante un mínimo de un año, al término del cual se examinaría si continuaba o si podría quedar en libertad.

Y así fue. Un año más tarde de dictarse la sentencia, se dictaminó que Aurelio estaba capacitado para vivir en sociedad sin uso de violencia alguna y se le puso en libertad. Su familia lo llevó discretamente al pueblo y procuraron que no apareciera en ningún acto social; ya no había vaca, no había que pasearla ni que ir a la feria; todo lo más cuidar el huerto y las gallinas. Pero, como es obvio, todo el pueblo se enteró de su regreso, y la noticia llegó a oídos de la madre de Mario, quien incluso mostró un asomo de alegría por la recuperación de la libertad de Aurelio y se dirigió de inmediato a dar la buena nueva a sus hijas.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, se presentaron las tres ante el cabo del puesto. Iban a entregarse voluntariamente ante la justicia; acababan de quitar la vida a Aurelio.


NOTAS: Fabulado a partir de un hecho real.


sábado, 24 de julio de 2010

Atardecer

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Querida Lola, desde que te has ido las noches son demasiado largas. No hay beso en la mejilla ni calor junto al cuerpo que me tranquilice y me suma en plácido sueño. La oscuridad acompaña mis sombríos pensamientos y hacen aparecer recuerdos nítidos en los que tu siempre estás presente, pero las primeras luces ya no iluminan el relajado rostro que a la vez iluminaba mi espíritu con la primera sonrisa del día al acariciar tu pelo. Ahora acaricio la que fue tu almohada y se me encoje el corazón, me visto sin ganas y desayuno sin apetito, sintiendo el vacío que ocupa toda la casa.

Me miro al espejo y noto mi cambio; más ojeroso, más triste, cabizbajo… me cuesta trabajo peinarme y me he dado cuenta que en tu ausencia no he sonreído una sola vez, y no siento la necesidad siquiera de esforzar un pequeño rictus que compense la amabilidad de las personas que tratan de animarme. Y de nuevo se humedecen mis ojos al ver tu cepillo de dientes, tus peines, tus cremas, horquillas, pinzas… pequeñas cosas que sólo afirman que nunca los volverás a utilizar.

Tu abrigo y tu gorro siguen en el perchero junto a la puerta; los miro con tristeza mientras me abrigo e intento colocarme, sin éxito, la bufanda a la manera en que tus manos lo lograban. Sigo paseando por las mañanas ofreciendo un saludo frío a vecinos y tenderos, cuando hace poco tiempo eran alegres y cariñosos; ya no tienen sentido esas sonrisas y esas preguntas por la familia, la salud o las inclemencias del tiempo. Pido el pan, pago y marcho de regreso en silencio sumido en mi soledad interior.

Lola, querida, sin ti las calles se han vaciado y los días han cambiado de color; no brillan, tienen tonos apagados y tristes como muestra de la falta de un elemento fundamental para la vida: tú. Me creo capaz de sobrevivir a la falta de aire, de luz, de alimentos…, pero no veo la forma de superar tu ausencia.

Alguna tarde me siento en el banco del mirador al que hemos ido tantos días y, como siempre, busco tu mano; y ya no está. No sé si los atardeceres siguen siendo tan hermosos como los de antes; ni siquiera puedo intuirlos tras la cortina de lágrimas.

Entro en la habitación para acostarme y al encender la luz me sobresalto. Debo esperar unos minutos para recuperar la consciencia y asimilar mi nueva situación; me desnudo, me acuesto en la solitaria cama y, todavía, te deseo buenas noches entre sonoros sollozos.

Si hay vida tras esta vida, Lola, el mundo en que te encuentres habrá ganado en hermosura. Llévame contigo pronto; esta vida ya no tiene sentido. Déjame disfrutarte cuanto antes y gocemos de nuevo nuestra eternidad.

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Nota: Fotografía tomada prestada del hermosísimo blog "Aguas abajo".

miércoles, 31 de marzo de 2010

Asunto concluido.

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Mario está pensativo. Es un día muy tranquilo, apenas salen camiones de la obra y tiene demasiado tiempo para pensar.

En un primer momento se preguntaba por qué aceptó ese trabajo. Tenía que vigilar que no pasaran vehículos por la carretera cuando saliera un camión y, en su caso, parar la circulación ayudado de una señal de stop. Le llamaban algunos días para hacer este trabajo y procuraba no decir nunca que no a ello aunque tuviera que liar a compañeros cambiando turnos en alguno de sus otros dos trabajos… “¡Tres sueldos!”, pensaba; sueldos muy bajos pero al menos uno era fijo.

Debía tratar de alimentar a su mujer y a sus gemelos de un año, ya que decidieron que ella no trabajara para poder atenderlos en condiciones. Ella, Juani, la mujer más buena del mundo, la mejor madre y mejor esposa, la que hacía que invadiera su cuerpo una sensación de ternura con tan solo pensar en ella… Desde que nacieron sus hijos hacían el amor casi todas las noches; no podía negarse a su iniciativa, sus suaves caricias, sus susurros… Hacían el amor con suavidad, lentamente, dirigido el acto por ella para llegar juntos con suavidad a la eclosión final y dormir tranquilos fundidos en un abrazo.
Juani le adoraba. Solo hacía falta comprobar cómo le miraba, cómo le recibía en casa o como jaleba a los niños con alegría a la llegada de su papá; y Mario no podía fallarle. Mario no concebía la vida sin ella ni sin sus hijos y correspondía a Juani en la medida en que el tiempo y el cansancio se lo permitían, y procuraba no perturbar ese tiempo de felicidad con los problemas laborales o económicos que arrastraba desde unos meses atrás.

Juani no sabía en qué consistía el trabajo de Mario, pero recibía dinero a diario y nunca faltaba nada en casa, aunque no hubiera lujos o caprichos y sabía que era un trabajo duro y que le ocupaba mucho tiempo; en definitiva, hacía lo que podía para llevar la familia adelante sin penuria alguna. Sí, creía que era un solo trabajo el que le ocupaba la jornada porque así se lo hizo creer Mario, pero en realidad necesitaba más.

No llueve, pasó el invierno, la temperatura es buena y no es tan desagradable estar a la intemperie a orilla de la carretera, pero es un día demasiado tranquilo, será largo, y le obliga a pensar…

Piensa en ella y se enternece, la quiere y haría cualquier cosa por ella, mataría si es preciso, a pesar de que la mantiene feliz utilizando un engaño. Sabe lo que sucederá cuando llegue esta noche; la recibirá con alegría y con un fuerte abrazo, le llevará de la mano a la habitación de los niños para que vean a su padre antes de dormir, le preparará la cena, hablarán de varias cosas y harán el amor. No le molesta esta rutina doméstica, le parece perfecta, pero conoció a Susana.

Susana distribuye el trabajo en la empresa en que trabaja por la mañana; no recuerda cómo empezó con ella, pero de vez en cuando hacen el amor de la forma más apasionada que existe, sobre la mesa del despacho, en un banco en los vestuarios, en el servicio, en la escalera de emergencia… y en su casa. Procuran librar el mismo día de la semana, y mientras Juani cree que está trabajando, está en realidad disfrutando de la fogosidad del cuerpo de Susana. Tampoco puede evitarlo; Susana le mira y le hace una seña, él espera a que queden solos y en la soledad de la planta eligen un sitio nuevo o repiten para ver si se mejora, acaban a gritos y entre risas, y Susana pregunta si al día siguiente podrán repetirlo. Esto le hace pensar que Susana solo lo hace con él y se lo agradece con regalos, le paga la compra el día que va a su casa o la invita al cine en un lejano barrio.

Mario tampoco sabe cómo sería de nuevo su vida sin Susana, pero para mantener ese tren económico tuvo que buscar este trabajo, tan cruel en invierno, tan aburrido en primavera y tan duro en pleno verano. ¿Merecía la pena?. Piensa en dejar a Susana, ya que se ve como una relación caprichosa en que sólo funciona si se hace el amor desaforadamente, y esto puede acabar en cualquier momento, cuando el capricho se fije en otra persona. Por otra parte, y por la misma razón, Susana encuentra otro hombre y asunto concluido, pero… ¿Juani?. Y están sus hijos, a quienes cada vez deberá dedicar más tiempo y mostrarse ante ellos como modelo a seguir, que vean en su padre a una persona merecedora de su respeto.

Así, pensativo, se encuentra en el borde de la carretera, con los brazos cruzados, mirando impávido el asfalto junto a sus pies, y toma una decisión: “Abandono este trabajo de mierda que solo me ocupa un tiempo que debiera gastar con mis hijos y con Juani, a quien adoro, y mañana mismo le digo a Susana que nunca más estaré con ella en una relación que no sea laboral. Explicaré porqué y lo entenderá, y si no es así que haga lo que quiera, no la repudio, sólo elijo el camino correcto. A partir de ahora la sinceridad será fundamental entre Juani y yo, y nuestra familia será la más feliz del mundo.” Y Mario cruzó la carretera para informar al capataz que se iba a casa.

20 de Marzo de 2010, Titular de ‘El Norte de Castilla’: Un trabajador de las obras de la nueva ronda exterior muere arrollado por un turismo en la carretera de Villabañez. El trabajador controlaba la salida de camiones de la obra y fue atropellado cuando no existía tal actividad. Deja mujer y dos hijos gemelos de un año.


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