Libros Tito Carlos

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miércoles, 19 de agosto de 2009

La mujer del libro




Me pareció un lugar casi vacío. Al entrar y ver su silueta de espaldas sobre la banqueta alta ya no vi más que su lacio y negro cabello caer suavemente sobre su espalda. Su figura se adivinaba bajo un ceñido vestido largo, color violeta, que dejaba desnudos sus brazos sobre la barra del bar.

Estaba tan absorto que no advertí que obstruía la entrada hasta que un hombre me dio un toque en la espalda. Me acerqué a la barra y me situé en un tramo de ésta perpendicular a la de la mujer y muy cerca de ella, donde podía observarla mejor.

Leía un libro con suma atención mientras sorbía un humeante café que dejó en su plato para extraer un cigarrillo de una cajetilla que tenía sobre el mostrador y que sin apartar la mirada del libro se llevó lentamente a los labios. Tomó su pequeño bolso y lo colocó sobre las piernas para hurgar en su interior y extendí mi brazo con un mechero encendido en mis manos.

Me miró con sus hermosos ojos verdes y el resto del mundo quedó congelado. Acercó el cigarrillo a la llama, ciñó los labios para absorber mejor, lo aparto de su boca, me dio las gracias con una sonrisa que casi paralizó mi corazón y regresó a su lectura.

Aquella escena aún la tengo clavada en mi mente como si se tratara de una película. El café y el cigarrillo mezclaban sus humeantes aromas en derredor suyo mientras que aquellos inquietos ojos corrían con entusiasmo por la página del libro. De vez en cuando se pellizcaba con dos dedos los apenas pintados labios en un gesto de concentración que reafirmaba su belleza natural, o se llevaba una mano a la espalda, para arrascarse o mitigar un pequeño dolor, y en esa postura sus redondos senos crecían hasta el tamaño ideal, según mi entender, perfilándose bajo el vestido sus pequeños pezones.

El camarero trajo mi bebida y puso un vaso de agua junto a su café. Apenas tomó unos sorbos; los suficientes para que sus sensuales labios brillaran unos instantes y la puntita de su lengua se dejase ver sobre su comisura para evitar la caída de una pequeña gota con ayuda del dedo corazón de su mano. En ese maravilloso momento, en que el libro quedaba abierto sobre el mostrador sin presión alguna, se elevó por una de sus pastas dejando ver el título del libro. ¡Oh, mi admirado Gabo!

Cuando se llevó a los labios otro cigarrillo también me ofrecí a encenderlo y aproveché para iniciar conversación a costa del libro que estaba leyendo. Me miraba con interés mientras le contaba anécdotas de Gabo y de su libro, y debía esforzarme para aguantar su mirada y su sonrisa sin abalanzarme sobre ella, hasta que tras la más bella carcajada que jamás haya oido y tras un corto silencio en que nuestras miradas quedaron clavadas, llegó el beso que me dejó derretido y esclavo de su voluntad.

Después de aquello…. ¡qué os voy a contar! Ya en privado tardamos veinte minutos en desnudarnos; lo hicimos despacio, mientras nuestras manos inspeccionaban nuestros cuerpos y nuestras bocas hurgaban una dentro de la otra, entrelazando lenguas, o besuqueando cuello, mordiendo lóbulos de las orejas… y una vez desnudos nos dejamos caer sobre la cama. Yo quería que toda mi piel cubriera su cuerpo y a la vez que todo mi ser estuviera dentro de ella, y aquella batalla terminó en dos explosiones simultáneas sobre un amasijo de cuerpos y sábanas.

No regresé a aquél lugar. No se qué haría si ella no estuviera o, no se si peor, estuviera hablando con otra persona. Prefiero guardar el recuerdo de aquella ocasión tal y como la sentí; acercamiento, preámbulo y final. ¡Si señor! ¡Como una gran profesional!



miércoles, 12 de agosto de 2009

La invasión




- ¡Maldita sea la madre del que diseñó esta invasión!

Nadie pudo oírle. El compañero más cercano a Raúl se encontraba a unos cinco metros y el ruido de las explosiones dificultaba la comunicación hablada. Casi constantemente estaba agazapado, encogido, tapándose los oídos, y esta vez le cayó muy cerca.

Tenían que subir una escarpada cuesta para dinamitar un puesto de ametralladoras muy bien parapetado. Tras el puesto, el enemigo lanzaba granadas sin parar hacia su ángulo muerto impidiendo siquiera pensar cómo avanzar. El valle era muy estrecho, y al otro lado del puesto había una pared natural con altura suficiente como para que no se pudiese recibir ayuda aérea; en definitiva, el puesto tenía una posición inmejorable y controlaba la entrada al valle a la perfección. Al final del valle comenzaba una extensa llanura en la que se estaban desarrollando las primeras batallas entre bombardeos aéreos y armamento pesado. El ejército accedió por el norte con sus tanques y demás material, y previendo un ataque defensivo masivo, alguien decidió que el grueso de infantería, con todo el material de abastecimiento (gasolina, munición, alimentos…) accediera ‘fácilmente’ por los valles del este, ya que parecía imposible un puesto de este tipo en tan escarpada entrada.

La avanzadilla consistía en siete hombres, de los que tan solo uno de ellos portaba lanzagranadas, y fue el primero en caer, rodar cuesta abajo unos metros y quedar en el punto más visible del puesto. El hombre estaba muerto, y no se podía recuperar su arma. Inmediatamente después, sin tiempo para pensar, una granada destroza la radio y la pierna de su portador, que yacía desmayado y sin posibilidad de recibir ayuda. El convoy se encontraba tres kilómetros atrás, parado, esperando una señal para avanzar.

Raúl se preguntaba qué hacia él allí. Desde pequeño huía de las peleas de la forma más cobarde y rastrera posible, lo que a veces daba como resultado una paliza mayor y la vergüenza de mostrar sus lágrimas en público. A los doce años decidió retirar la huida de su estrategia, lo que le daba algo de dignidad, pero su actitud pacífica le señaló como blanco de chanzas y burlas que no pararon hasta su entrada en el ejército; pero se acabaron las palizas.

Se acabaron las palizas entre otras cosas porque Raúl miraba fijamente a los ojos de su futuro agresor y hacía ver que de ese punto no se podía pasar; que a partir de ahí podría responder de forma, quizá, descontrolada. Ahora no se arrepentía de su actitud. La taquilla del cuartel estaba abollada por los golpes que ‘sin querer’ le daba el portador del lanzagranadas. No se perdonaría en estos momentos el haberse enfrentado a él violentamente.

El soldado que llevaba la radio nunca le había gastado una broma, pero recordaba sus sonoras risotadas cuando encontraba su cuchilla de afeitar embadurnada de crema de dientes bajo la cama. Ahora distinguía su respiración y le gustaría ayudarle si pudiera acercarse, pero probablemente moriría.

Dirigió la mirada a Pedro, el peor de todos, el cabecilla de los bromistas de peor gusto, su inspirador. Pedro le hizo un gesto preguntando ‘¿qué hacemos?’ y respondió encogiéndose de hombros y señalando al puesto como diciendo: ‘Habrá que subir’. Los otros tres soldados hicieron un movimiento para reunirse; craso error. Una nueva granada cayó entre los tres haciendo una carnicería y empujando a Pedro a la posición de Raúl que tuvo que esforzarse para no caer con él monte abajo.

Raúl le sujetó fuertemente mientras corrieron por su cabeza las imágenes de sus empujones, zancadillas, bromas en el comedor que le costaron el alimento del día… pero no le guardaba ningún rencor. Le acomodó a su lado y le dijo al oído: ‘Estamos solos’

Entonces Pedro le dio su arma, se hizo un ovillo tras una pequeña roca y comenzó a llorar gritando: ‘¡Vamos a morir y no quiero!, ¡No quiero!’. Raúl quiso entonces callarle la boca para que no mostrase su posición al enemigo, darle un culatazo en la nuca o matarle allí mismo. Empezaba a calentársele la sangre y cuando se levantó para golpear a Pedro les llovió una ráfaga de ametralladora. Sintió el dolor en un brazo pero la rabia subió de golpe y dejó de pensar. Se puso de pie y comenzó a avanzar cuesta arriba mientras disparaba desaforadamente con las dos armas y vio caer un hombre por un lado mientras veía rebotar sus balas en la ventana del puesto. Se deshizo de una de las armas y, sin dejar de avanzar ni de disparar, cogió una granada de su chaleco, arranco la anilla y la lanzó por encima del puesto con la intención de que cayera en la entrada, y antes de que estallara ya había lanzado la segunda por el ventanuco en que asomaba la ametralladora.

Toda la munición acumulada estalló ruidosamente haciéndole tambalear, pero logró alcanzar la entrada del puesto y descargó lo que quedaba de su arma hacia el interior. El viento dispersó rápidamente el humo, y Raúl pudo ver la masacre; no sabía cuántas personas podía haber allí debido a la desmembración de los cuerpos mezclados con sangre y fuego. Sintió nauseas y apartó la mirada, dirigiéndose colina abajo.

Pedro seguía acurrucado, temblando y sollozando, pero no paró ante él; bajó al camino e hizo señas para que le viera el vigía del convoy. Cuando escuchó el ruido de camiones y vio la polvareda, se sentó sobre una roca a esperar. Tenía heridas en los dos brazos, en una pierna y una brecha le tenía ensangrentada media cara. Un soldado se acercó corriendo a tiempo para recogerle desmayado en sus brazos.

Dos semanas más tarde, en el campamento de campaña y con tres mil hombres formados ante él, Raúl se dirigía ayudado de muletas hacia un mando que le iba a condecorar. Mientras éste colgaba la medalla en su pecho, le dijo:

- Soldado, tienes derecho a pedir cualquier cosa que te podamos dar.
- Llévenme a casa – respondió.


miércoles, 29 de julio de 2009

Julia, o el odio intenso.

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Tanto los miembros de mi familia como mis amistades parecen sorprendidos cada vez que me ven mostrar mi aspecto de la persona más feliz del mundo. Es cierto que tras una temporada de bajón emocional (que me costó enfermedades varias, tras terminar mi relación con Julia), cayó sobre mí un estado de euforia exagerada que llamó la atención, pero todo tiene una explicación que ahora, y solo ahora que la euforia ha desaparecido, puedo dar.

Decidí abandonar todo contacto con Julia por puro aburrimiento; sus creencias sobre todo lo paranormal, sus conclusiones sobre hechos inexplicables, sus reuniones con personajillos afines a esas ideas… todo se me hizo insoportable, y a pesar de que yo estaba encantado admirando sus hermosos ojos y disfrutando de su fantástico cuerpo, al no aportarme nada más decidí despedirme de ella definitivamente una noche a la puerta de su casa, y no entrar en ella como era costumbre.

No la eché nada en cara, tan solo traté de explicarle cómo eran mis sentimientos hacia ella, en los que no había suficiente amor, y la poca afinidad que existía entre sus prioridades y las mías. Era mejor dejarlo. Sus hermosos ojos se llenaron de ira y sus manos apretaron fuertemente el cuello de mi camisa, acercando su cara a la mía. Sus temblorosos labios parecían que iban a abrirse para dejar escapar los más horribles exabruptos contra mi persona, pero sólo dejaban escapar unos hilillos de espumosa saliva por sus comisuras. Tuve que esforzarme para aguantar su mirada mientras lograba zafarme de sus garras; la aparte de mí y me despedí de ella. No hubo lágrimas ni gritos, pero nunca olvidaré esa manifestación de odio repentino.

Aquella mirada y aquellos labios hicieron que olvidara todo sentimiento positivo hacia Julia. A pesar de mi aturdimiento por aquella escena no tuve reparo en buscar un amigo y beber hasta altas horas de la noche para ayudar a retirar definitivamente a Julia de mi cabeza; pero no fue fácil.

Llegué a casa canturreando y casi feliz, pero al mirarme en el espejo descubrí mi camisa desgarrada; tal era la fuerza con que Julia se aferró a ella y tal fue la que tuve que ejercer para que me soltara. Reviví de nuevo la escena y sacudí fuertemente mi cabeza como si así se lograse que determinados pensamientos se desvanezcan. Me quité rápidamente la camisa y me dejé caer en la cama, esperando que la embriaguez me llevara rápidamente a un profundo sueño.

Al día siguiente, acompañado de un fuerte dolor de cabeza, visité a mi madre y la di la noticia. A mi madre le caía bien Julia, por su simpatía y su dulzura, y no servía que la dijese que no era así fuera de sus visitas, que Julia cuidaba mucho las formas ante jefes y clientes, y que en la intimidad la transformación era importante. Al resto de mi familia le era indiferente, y yo lo agradecía, pero mis amigos no entendían como podía haber dejado de esa manera a semejante bombón. Evidentemente nadie conocía a Julia como yo.

Bajó la intensidad del dolor de cabeza, pero dos días después no había desaparecido y este hecho me mantenía cabizbajo, aturdido y sin poder concentrarme en el trabajo. Los amigos y compañeros me daban palmadas en la espalda dándome a entender que el motivo era Julia y que ya se me pasaría, pero tenía muy claro cuál era mi sentimiento hacia Julia, ni amor, ni odio. No quería pensar en ella, pero el entorno me obligaba.

Las pastillas más fuertes no me hacían nada, y para complicar más mi estado, comencé a tener una sensación desagradable en mi estómago, como si una presión externa hiciera contraer sus paredes. Y no quería ir al médico; achacaba este síntoma a la cantidad de fármacos que había consumido esos días, y decidí esperar a que sus efectos desaparecieran. Mi familia también achacaba mi estado a una depresión por la ruptura con Julia, cosa que me desesperaba. No paraba de repetir que no la quería, que no la nombraran, pero eso hacía que se afianzara más esa creencia.

Cabizbajo por el dolor de cabeza y encogido por la desagradable sensación en el estómago, hacía enormes esfuerzos por mantenerme en posición digna, pero mi estado se agravó cuando un tirón muscular repentino en la espalda, bajo el hombro derecho, como si hubiera recibido un disparo, me dejó caído en el sofá en una postura imposible de explicar. Se me saltaban las lágrimas y apenas tuve fuerza mental para colocarme en una postura más racional.

Pensé que era el resultado de andar en posturas forzadas y analicé el camino a seguir: me tumbé en el suelo de espaldas, aunque esta posición no aliviaba mi dolor, pero deduje que ese nuevo dolor se quitaría solo y que aún había que esperar a que desapareciera el mal del estómago; el dolor de cabeza era lo único que consideraba extraño, pero si lograba aislarlo, me resultaría más fácil razonar y buscar solución. Comencé a sudar, no parecía fiebre, pero un calor extremo comenzó a agobiarme. Tenía cerca el teléfono, así que llamé a la oficina; no pensaba aparecer por allí hasta que estuviera totalmente aliviado. Todos mis compañeros y amigos se ofrecieron a ayudar y les rechazaba, y más de uno me recomendaba que llamara a Julia, como si supieran a ciencia cierta el origen y solución de mis males. Cuando mi madre me llamó y me dijo que Julia tenía que estar conmigo, cuidándome, y que no entendía mi empeño en apartarla de mi vida, la colgué bruscamente y me puse a llorar.

Con gran esfuerzo logré llegar al baño para hacer mis necesidades, y observé el puño de la camisa que me rompió Julia con su inexplicable furia y que asomaba entre otras ropas en el cesto de la ropa por lavar. Julia seguía merodeando en mi vida pese a mis esfuerzos, y añadí su nombre a mi lista de males pendientes de solución, pero en ese momento una lucecita en el fondo de mi cabeza iluminó mi inteligencia, y era tal el estado en que me encontraba que decidí hacer lo que fuera con tal de sentir una pizca de alivio entre tanto dolor. No sin dificultad logré vestirme, adoptar una posición casi erguida y salir de casa. El aire fresco apenas me aliviaba, así que no me detuve; me dirigí a casa de Julia.

El camino fue penoso; aunque eran los primeros momentos de la noche, mi estado era tan indigno que no quería correr el riesgo de ser reconocido, y tampoco tenía ánimo para dar explicaciones que ni siquiera yo me iba a creer. Así que recorrí un largo camino por callejones alejados y solares y jardines con poco público que me ayudaban a ampararme en la oscuridad. Hasta que llegué frente al portal de Julia y me acomodé tras un seto desde el que podía espiar un buen rato.

La luz de la habitación de Julia estaba encendida. Desconocía la actividad de Julia a esas horas desde que la dejé, pero suponía que saldría ella sola a dar esos grandes paseos que dábamos juntos hasta unas semanas atrás. A veces caían gotas de sudor sobre mis ojos y me los secaba con la manga de la camisa, pero no quité la vista de su ventana hasta que se apagó aquella luz, momento en que me fijé atentamente en el portal. Efectivamente, Julia salía a pasear; un largo paseo a juzgar por su indumentaria y la botella de agua que colgaba de su brazo en una bolsa de malla. A pesar de todo esperé cinco minutos y salí de mi escondite.

Tanteé el bolsillo de mi pantalón; ahí estaba la colección de llaves entre las que se encontraban las de su casa. Julia podría haber cambiado la cerradura de su casa, pero seguramente no cambió de costumbre y no cerraría la puerta con cerrojo, por lo que también llevaba una vieja tarjeta de crédito con la que podría forzarla. Pero hubo suerte y no hizo falta tanto esfuerzo; la llave abrió sin problemas.

Me sobresalté cuando distinguí una débil luz proveniente del comedor, pero su temblor me hizo pensar en una pequeña llama y no le di más importancia; al contrario, esa pequeña luz me ayudaría una vez que mis ojos se acoplaran a la tenue iluminación. Me asomé al comedor y enseguida encontré lo que temía encontrar. Sobre un pequeño aparador un circulo de diez velas rodeaban un pequeño muñeco de trapo, hecho manualmente, que tenía cosido el trozo de camisa que Julia me arrancó en su extraño ataque de ira, sobre la cabeza se apoyaba un grueso libro y sobre el estómago un pesado cenicero de mesa; por un costado sobresalía la punta de un largo alfiler clavado por la espalda.

Me acerqué agachado para no hacer sombras que se vieran por la ventana, aparté muy despacio algunas velas, tomé el libro y el cenicero, dejándolos suavemente en el suelo y saqué la figura de aquel círculo infernal alejándome hacia el casi oscuro pasillo. Noté como los calores febriles desaparecían y sonreí aliviado observando el grotesco muñeco; extraje la larga aguja que tenía clavada y me sorprendí respirando sin dificultad; los dolores comenzaron a remitir y el estómago ya estaba ausente de malas sensaciones.

La lucidez comenzó a invadir de nuevo mi cerebro; debía marcharme, pero quería vengarme. En la habitación vi sobre la cama una de las camisetas que Julia utilizaba para moverse cómodamente vestida por la casa; era una camiseta vieja, que los años y los múltiples lavados la dejaron sin color pero con la suavidad y textura que la hacían cómoda. Llevaba tanto tiempo poniéndosela, que no podría encontrar otra prenda que fuera más suya; así que con las tijeras de la cocina recorté un trozo tan grande como el muñeco y dejé el resto junto a las velas del comedor. Tomé una hoja de papel en blanco y escribí una nota que dejé en el círculo de velas:

“Julia, me llevo tu vudú-juguete y un trozo de tu ropa habitual. Ha funcionado conmigo, así que funcionará contigo si me lo propongo. No quiero hacerte daño, a pesar de todo, por lo que solo lo utilizaré si sospecho que alguna de mis infelicidades es por tu causa. Te emplazo a procurar que logre ser un hombre feliz.”

A partir de ese momento el bienestar invadió mi cuerpo. Regresé rápidamente a casa y guardé el muñeco envuelto en trapos viejos en el fondo de una caja de herramientas que siempre llevaba en el coche, y comencé a olvidarme de él, de Julia y de todos los males de esas semanas. Recuperé la alegría, la salud, y la euforia era tal, que llamó la atención de mi familia y amigos; hasta el día del accidente en la carretera camino a casa de mi madre.

Lo de menos es la causa del accidente, solo contaré que tras varias vueltas de campana el coche quedó destrozado y volcado a unos treinta metros de la calzada, pero logré salir por mi propio pie, aunque demasiado aturdido, y caí desmayado en el arcén justo antes de incendiarse el automóvil.

Me desperté viendo la lánguida cara de mi madre que me apretaba una mano entre las suyas. Aunque mi mente aún no estaba totalmente despejada pude entender el torbellino de noticias en boca de familia y amigos presentes en ese momento: Solo tenía una rotura leve en una mano, el coche quedó carbonizado y no se pudo salvar nada de él, y Julia cayó desde la ventana de su apartamento justo antes de incendiarse.

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miércoles, 22 de julio de 2009

Barcelona 1492



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El 7 de Diciembre de 1492 el Rey Fernando se encuentra, como cada viernes, en la sala de su Palacio Mayor de Barcelona escuchando las súplicas y lamentaciones de los pobres miserables a los que deja entrar en Palacio. Se deja ver piadoso con ellos, pues lleva años escuchando rumores sobre su forma de reinar junto a su esposa Isabel, en que su mano dura apenas es suavizada por la reina.

Lleva a rajatabla el ayuno matutino de los viernes, por lo que en ese día de la semana paraliza toda actividad física e intelectual si no está en campaña, y decide dedicarlo a esta actividad, a la vista piadosa y descansada, ya que lo hace sentado en el trono de la sala. Muestra su piedad con suma paciencia con la intención de ganarse al pueblo y acallar a los críticos que le acusan de traidor por no cumplir sus promesas en las rendiciones de ciudades sitiadas, gracias a las cuales consigue la unidad peninsular.

Lleva cerca de veinte años discutiendo con la familia de la esposa, con aquellos que creen que la reina debió haber sido Juana, la Beltraneja, y que les hubiera agradado más la unión de Castilla con Portugal a través de su casamiento con Alfonso V, el Africano. Aquella pretensión fue la causa de la guerra civil, pero allí aprendió a dominar la política y la guerra, ganándola en Toro y consiguiendo la corregencia en Castilla. Desde entonces, su disimulada afinidad con el pueblo es el arma más potente contra aquellos que no le quieren. Ahora, tras la conquista de Granada en Enero, rumorean que no cumplirá la promesa hecha por Isabel de garantizar el derecho a la libertad religiosa tras la capitulación del reino de Granada, ya que expulsó a los judíos en Julio de ese año. Efectivamente, no piensa cumplirlo, y solo espera el apoyo popular suficiente para decretar la uniformidad religiosa y llevar a los moriscos a la conversión forzosa.

Ese día repartió justicia pacientemente hasta el mediodía, momento en que decidió retirarse para comer y, como siempre, se despide con promesas a sus súbditos. El pueblo le recibe a la salida del palacio, y bajando las escaleras de la Real Capilla de Santa Águeda que da a la Plaza del Rey se acerca al monarca un hombre a grandes pasos, y al estar a su altura saca de bajo su capa una espada corta y ancha, sumamente afilada, y da un espadazo al Rey en el cuello. Quizá por los nervios del asesino el golpe no fue certero y al intentar asestar un segundo golpe varios de los miembros del pueblo que allí se encontraban lo redujeron, y lo habrían matado si no fuera por el “No le matéis” que logró gritar el Rey.


Le llevaron a los aposentos donde paraba el Rey Don Juan, su padre, y acudieron todos los físicos y cirujanos de la ciudad, llegando cuando el Rey sufrió un desmayo, temiéndose lo peor, pero analizada la herida y viendo que no era mortal, al no tocar la vena vital, decidieron coser la herida con siete puntos y recomendaron a su majestad descanso por bastantes días.

Durante esas horas, el pueblo se agolpaba en las puertas de palacio gritando “¡Viva el Rey!” y deseosos de noticias sobre la salud de su amado regente. Allí pudo verse la llegada de Isabel, su Reina, pálida y llorosa por lo triste del acontecimiento y aún sin saber el resultado final. Dicen las crónicas que ni en Roma, a la muerte del Papa, hubo tanto lloro, tumulto ni tristeza.

El atentado fue realizado por un tal Joan Canyamars, que al parecer viajó a Barcelona para realizar el crimen y en la posada en que dormía dicen que hablaba con buen entendimiento y que no parecía loco. No obstante, en sus interrogatorios, declaraba que Dios y el Espíritu Santo se lo mandaron hacer para luego autoproclamarse Rey, y lo repetía incluso mientras le atormentaban. Mas tarde se supo que ya había hecho locuras en su región de origen, ante lo cual el Rey dijo al saberlo que “por amor de Nuestro Señor Dios y de Su Gloriosa Madre Santa María, abogada de los pecadores, le perdonaba” y mandó que lo vistieran.

Pero en el consejo Real se acordó, sin que se enterara el Rey, que aunque fuera un loco, debía morir cruelmente para que “sirviera de ejemplo y constituyese memoria eterna”, según sentenció, en nombre del Rey, el señor Alonso de Caballería, Vicecanciller del Rey.

Colocaron a Joan Canyamars atado desnudo a un palo, a modo de crucifixión, sobre un carro de madera, lo pasearon por la Plaza del Rey, donde le cortaron un puño y medio brazo, después lo llevaron por las calles por donde corre la procesión del Corpus y en una de ellas le sacaron un ojo, en otra calle el otro ojo y el otro puño, en otra el otro brazo y así sucesivamente sin que el criminal rechistara; ni una palabra, ni un grito, ni un lamente, y con gran barullo de niños y jóvenes caminaban alrededor del carro.

Después lo sacaron de la ciudad, apedrearon al cadáver y lo prendieron fuego.
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NOTA: Narración basada en una carta que Pere Miquel Carbonell, archivero real de Barcelona, envió a su compadre Bartomeu de Veri en que narra el atentado que sufrió Fernando el Católico en Barcelona el 7 de Diciembre de 1492. La epístola termina así:

“Y puede decirse que en estos días han ocurrido tres milagros seguidos: El uno, que no se nos muriese el Rey; el otro, que no muriera el loco en ese momento, pues de morir ambos enseguida, la gran desventura nuestra hubiese sido no saber nunca la verdad de este caso; y el otro milagro,cómo la ciudad estaba toda conmovida y en armas a punto de alborotarse. Gracias sean dadas a Dios y a su Madre que nos han ayudado, que de nada tenemos culpa; Dios nos ha restaurado a nuestro Rey, cuya bondad y santidad no creo tenga par en este mundo, y plazca a la Santa Trinidad que le quiera perdonar. Amén.

De Barcelona a 8 de Diciembre de 1492”


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jueves, 16 de julio de 2009

Una esposa como Dios manda

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Sentada en su cómodo sillón la abuela Laura no para de hacer ganchillo. Sus pequeñas gafas se apoyan en el borde de su nariz y de vez en cuando alza la vista sobre ellas para ver trajinar por la casa a su hija Elisa, la menor de sus ya crecidos siete retoños, que recoge la mesa en que acaban de comer un pollo asado que ha traído ya cocinado.

Elisa trabaja en turno partido durante todo este mes, así que llega a casa y come con su madre, dejando la mesa preparada para Andrés, que llega apenas quince minutos antes de que ella regrese al trabajo. Nada más llegar del trabajo, Elisa se cambia de ropa y deambula cómodamente con un vestido corto de algodón y unas alpargatas que muestran el pié desnudo. Laura la mira y detiene sus dedos un momento mientras recuerda el lejano tiempo en que tenía la edad de Elisa.

Laura cocinaba muy bien, se levantaba temprano para poder realizar las tareas de la casa y tener tiempo para preparar una suculenta comida dedicada, principalmente, a su marido que llegaría cansado de trabajar y bien se lo merecía. Calculaba unos minutos antes para retocar su maquillaje, el peinado y que la ropa no tuviera alguna mancha que la desluciera. Un comportamiento que no fue copiado por ninguna de sus hijas, al parecer, a la vista del aspecto que tenía su hija.

Al fin llega el marido de Elisa, saludando alegremente nada más abrir la puerta; Elisa sale a recibirle y se dan un beso en la boca, le indica la mesa y lo que hay para comer, que lo tiene preparado en el microondas y debe calentarlo en unos minutos. Tras la aprobación, por parte de él, se dirige a su suegra y le saluda efusivamente antes de cambiarse su trajeada ropa por una camiseta y un pantalón corto mientras la pareja intercambia sus novedades en el trabajo.

Laura recuerda que recibía a su marido con voz queda, procurando ser relajante, y con un corto beso en la mejilla le dirigía a un sillón y se ofrecía a quitarle los zapatos. Ella no hablaba, solo escuchaba, pues no debía interrumpir la conversación con temas que no eran, indudablemente, mas importantes que los de su marido. Procuraba el bienestar de él, pues sabía que eso repercutiría en el bienestar de ella.

Andrés termina de comer y llena el lavavajillas con la cacharrería utilizada, y lo hace silbando y tarareando canciones. Laura recuerda cómo evitaba los ruidos de la cocina a partir del momento en que su marido entraba en casa y hasta que se levantaba de la siesta; ahora le parecía estar viviendo en el extranjero.

De vez en cuando oía a su hija discutir con Andrés y se horrorizaba, ya no había respeto por quien lleva los pantalones, incluso se reunían en la mesa del salón y hacían cuentas juntos; “esto para la hipoteca, esto para recibos, esto para el colegio…” Elisa intervenía como si todo el dinero fuera suyo, algo que ella nunca se le pasó por la imaginación hacer con su marido. No discutió nunca con él, le animaba en sus aficiones pero no hablaba de las de ella pues sus intereses eran triviales comparados con los de los hombres. Tenía muy claro quién era el amo de la casa.

Ahora Andrés se viste de nuevo y sale a recoger al niño a la salida del colegio; hará la compra y la colocará en la nevera. Al parecer muchos hombres hacen eso ahora por haber permitido a la mujer acceder al trabajo remunerado; lo curioso es que no les importa.

Anoche no pudo dormir. Generalmente tarda unos cinco minutos, pero anoche no lo conseguía, por lo que pudo oír a la pareja en sus juegos sexuales. Al parecer Andrés estaba cansado y se disponía a dormir cuando Elisa comenzó a hacerle cosquillas. Laura se lo recriminó mentalmente; eso no está bien. En esas obligaciones matrimoniales, la iniciativa debe ser de él, y ella acceder siempre gustosamente; pero hacerlo al revés, es de… mala mujer. Encima escucha a Elisa decir “así no, así no”, cuando debe acceder obedientemente, sin quejas, a cualquier práctica sexual aunque sea inusual. ¡Y ese final! Las pocas veces que Laura alcanzó el momento culminante con su marido, un pequeño gemido indicaba el goce logrado, sin embargo Elisa lo alcanza tantas veces como lo hagan y de forma escandalosa, con el peligro de que el niño les oiga.

No solo eso. Cuando Elisa tiene turno partido se levanta más tarde que Andrés, y éste se tiene que preparar el desayuno. Jamás se le ocurriría a ella fallarle a su marido de esa manera; cuando se levantaba, su desayuno estaba preparado.

De todas formas Laura mira siempre a su hija con ternura, y aunque no lo entienda, el verla feliz lo justifica todo.

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miércoles, 8 de julio de 2009

Historia Celestial

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En la página rdeditores.com se convocó el Premio de Relatos Hiperbreves al que se me antojó participar con el primer relato hiperbreve que mi magín ha inventado en un momento de plena lucidez, pues esta es otra de esas cosas que no me han vuelto a ocurrir. Obviamente, no ha sido ni siquiera mencionado. Muy alta calidad la presentada.

El brevísimo relato, incluido título, es el que sigue:
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Cese de ángel

Al recibir la orden ni siquiera le miró a los ojos.

- Anuncié la salvación y se perdieron. – Dijo - No volveré a hacerlo.

Y entregó sus alas.

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Cuando una inspiración como ésta se produce en la mente de Pedro Almodovar, la recrea como escena principal de una película y comienza a escribir lo que debe suceder antes y después de dicha escena. Pues bien, yo he hecho lo mismo, y el resultado es éste:

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Cuenta la mitología católica que en un principio, Dios creó el mundo, las estrellas, los planetas y una parcelita llamada Tierra que llenó de animales variados. Como notó que faltaba algo creó a la primera pareja humana, animales con inteligencia y alma, a la que dijo: ‘Creced y multiplicaos’, y en su reino celestial creó las almas que ocuparían esos cuerpos procedentes de esa multiplicación que se esparcirían por su parcela terrenal.

Las almas, en un mundo ingrávido, tienen el equivalente de las alas en los seres grávidos creados por su Señor, y con ellas se desplazan a placer por el volumen celestial dedicando un tiempo inexistente en juegos y persecuciones que no aportan nada a su infinita inmaterialidad.

Parte de estas almas, tuvieron el privilegio de poseer grandes alas que les conferían una gran velocidad en sus desplazamientos, y los llamó ‘ángeles’. Era su ejército particular, con el que mantenía el orden entre aquellas grandes masas de almas creadas para otro fin. Pero, al parecer, no contó con que debía de controlar a los controladores, y entre ellos surgieron las primeras rencillas de lucha por el poder que se convirtieron en germen de uno de los genes heredados en la raza humana. Logró poner orden, pero tuvo que crear el espacio destinado a los castigos y envió allí a los ángeles insurgentes y a las almas que cometieron el error de seguir sus consignas. Los ángeles buenos recuperaron el control, y las almas buenas regresaron a sus inocentes juegos.

Todas estas almas, tienden a ordenarse en una fila disciplinada hacia la gran puerta de lo que podemos llamar ‘El despacho de Dios’, al que entran de uno en uno, de forma aleatoria, y tras la comprobación personal de la pulcra limpieza del alma, Dios le despoja de sus pequeñas alas y se precipita a un inexistente vacio.

Las almas van cayendo de una en una, y regresan, tiempo terrenal después, de brazos de un Ángel, y es observado detenidamente por su creador, quien estudia lo realizado por dicha alma en ese tiempo, y le otorga el premio celestial o el castigo infernal. Pero el resultado final no era del todo satisfactorio, así que modificó el proyecto inicial. Decidió ir en persona.

Llamó a un ángel con categoría y le pidió que anunciara su llegada con suficiente antelación; Él, salvaría al mundo. Cuando lo creyó necesario, se despojó de sus poderes celestiales y cayó al vacío. Cuando le correspondió, regresó algo confuso, pero creyendo haber realizado una buena labor.

Un corto tiempo después de su viaje, fueron llegando las almas de aquellos que ayudaron en su modificado proyecto terrenal, por lo que les dio responsabilidades en el orden celeste. Uno de ellos, por ejemplo, se ocupó de la recepción de almas, y era el único que poseía las llaves del paraíso, lo que le daba gran trabajo, ya que la parcela terrenal estaba totalmente invadida de seres con alma de la que siempre alguien se ocupa de despojar.

Con tanto tiempo libre, Dios se sentó en sitio estratégico y cómodo desde donde podía observar lo que sucedía en su territorio. Y cada vez estaba más descontento de lo que veía. Dios daba almas a sus criaturas y ellos se entremezclaban; interpretaban sus enseñanzas a conveniencia de cada zona, surgían líderes que no lo eran, y encima estaban estropeando su finca con guerras, fuegos, humos y matanzas del resto de criaturas. Cuando no pudo más, decidió bajar para realizar un segundo reajuste y llamó al mismo ángel anunciador de la vez anterior.

Al recibir la orden ni siquiera le miró a los ojos.

- Anuncié la salvación y se perdieron. – Dijo - No volveré a hacerlo.

Y entregó sus alas.

En ese momento, se convirtió en un alma grávida, con alas recién cortadas, y se precipitó al vacío. Como ángel experto sabía lo que podía ocurrir; no era tan ignorante como el resto de las almas en esa situación y sabía que debía tomar las riendas de una criatura por un tiempo imprevisible, pero había una salvedad. Las almas se presentaban ante Dios y según sus características se le encomendaba una misión a cada una de ellas. ¿Cuál era su misión? En ese momento era un alma descontrolada cayendo al vacío con dirección incierta, pero no sentía miedo; sentía autentico placer por esa incertidumbre. No tenía misión concreta, por lo que se le antojaba poder hacer lo que quisiera, sin remordimientos por desobediencia, sin reprimirse… procuraría gozar de su poder ante el resto de almas comprimidas en cuerpos de categoría ínfima.

La velocidad fue menguando y ajustándose la dirección de caída hasta que notó un frenazo seco, indoloro, y comenzó a tener sensaciones, algo que no se tenía en la parcela celestial. Inseguridad, miedo, dolor, oscuridad y de repente la luz, el sonido. Notó pertenecer a un cuerpo diminuto y encogido, la luz le cegaba y sentía frío, fue cubierto con un material cálido e intentó abrir los ojos.

Una figura sudorosa y risueña le miraba fijamente, y con voz temblorosa dijo:

-¡Qué lindo! ¡Le llamaremos Adolf!

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martes, 30 de junio de 2009

Graffiti y Premio


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Autores Reunidos es un blog literario en el que colaboro con algunas narraciones. Sus creadores plantean un género y un tema y los colaboradores debemos ceñirnos a ello con una narración que se publica y se vota entre todos.

En este caso el género fue Fantasía y el tema "Yo, el protagonista" y se trataba de contar una narración en la que el personaje se introduce en otra historia de fantasía, como en 'La historia interminable' o 'La rosa púrpura de El Cairo'. Mi narración no está contada en primera persona, pero fue admitida y premiada junto a otras dos narraciones.

El hecho de premiar una narración por votación de otros narradores da cierto prestigio al premio y me enorgullece enormemente. Os invito a leerlas y a participar a todos aquellos que les guste este reto.

Esta es la historia, llamada "Graffiti":

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Carlo y Poli se sentaron en el bordillo de la acera. Contemplaban el grafiti del muro que los separaba del ferrocarril y del resto del mundo; nunca habían salido del barrio. Esa larga calle junto a otras dos paralelas y unos cuantos callejones que las unían era todo cuanto conocían; allí se habían desarrollado las aventuras que la imaginación de sus diez años eran capaces de crear.

Jugaban a la vida que creían que llevaban sus padres y hermanos, quienes a menudo desaparecían por una temporada en sus destartalados coches y aparecían a veces con dinero y un pequeño regalo para las madres. No había suficiente, y las madres desaparecían a diario subiéndose a un autobús que aparecía y desaparecía al final de la calle. Algunas de las chicas jóvenes desaparecían por la noche en los mejores coches, con las mejores ropas, repeinadas y con falda corta, y aparecían a media mañana despeinadas, con la pintura de la cara distribuida en manchurrones y con aspecto general cansado. Aparecer y desaparecer; esa era la cadencia y variación que marcaba los ritmos de sus vidas.

A veces el hermano de Carlo traía comics de aventuras y los devoraban con avidez en ese mismo lugar. Esa era la única noticia que asimilaban de que otros mundos existían, totalmente distintos a este, con grandes edificios en vez de chabolas, coches flamantes y ruido; mucho ruido. A los pocos días se llevaban esas historias con las promesas de traer otras; ‘las tengo que cambiar’, decía el hermano de Carlo, y regresaban a la rutina de la soledad, esperando su regreso; pero esta vez no regresó.

- Mi hermano no ha vuelto esta vez – dijo Carlo – y mi madre está llorando. Primero muere mi tío, y ahora esto. Algo ha pasado, pero no me lo quieren decir.

Seguían mirando el grafiti, tristes, con impotencia por no tener edad de participar en las rutinas de los mayores, con sus imprevistos y sus peligros.

- He oído en casa que lo han detenido, - comentó Poli - pero que no era para tanto; que peor ha sido lo de mi hermana.
- ¿Qué le paso?
- La violaron ayer.

Se quedaron callados de nuevo. Ninguno de los dos sabía qué podían hacer, cómo consolar a los padres y hermanos que lloraban con dolor a escondidas de los más pequeños; ellos.

- Mi madre dice que en este mundo no hay más que problemas, – afirmó Carlo – y que nadie hace nada por resolverlos.
- Carlo, - preguntó Poli - ¿Existirá un mundo sin problemas?
- No lo creo – respondió con decisión – pero sí debe existir uno en el que alguien intenta resolverlos.
- ¿Dónde crees que está ese mundo?

Carlo se puso en pie y recogió una piedra del suelo; tras unos segundos de silencio la lanzó con fuerza al grafiti.

- Detrás de ese dibujo. – respondió. - ¿Vienes?
- ¡Vamos!

Siguiendo la calle y la carretera del autobús, sería fácil ser encontrados. Había que arriesgarse. Sabían que los mayores escondían cosas en uno de los callejones levantando unas tapas del suelo, y que por ahí iba el agua de la lluvia y la que tiraban por el retrete; ese agua iría a algún sitio, como vieron en los comics, y por allí tendrían que ir. Calcularon la distancia y el camino a seguir para atravesar el grafiti por el subsuelo, luego buscarían una salida hacia arriba; la primera que encontraran. No les importó tener que andar con el agua fecal por las rodillas; lo preferían a las ratas que paseaban por el lateral del túnel. La luz del día que entraba por rejillas superiores los guiaba, pero intuían que sería imposible subir hasta ellas para salir. No importaba, buscarían otra más accesible. Por fin llegaron a una salida vertical que tenía una escala metálica y comenzaron a subir, pero llegaron a una gran sala con unos escalones estrechos en una pared que daban a una puerta. Había que seguir subiendo, y tras la puerta, más extraño todavía, una escalera de caracol les invitaba a continuar subiendo. Tardaron unos veinte minutos en llegar a una habitación sin más adornos que el agujero por el que llegaban, un ventanuco alto por el que entraba luz y mucho ruido y una puerta metálica. Se preguntaban si llegarían a algún sitio en algún momento. Abrieron la puerta y salieron a la terraza de un edificio muy alto.

Habían cambiado los colores; en esta parte del mundo los colores eran diferentes, no brillaban y el ruido que subía de las calles era ensordecedor, debía de haber miles de flamantes coches y autobuses ahí abajo. Carlo y Poli no se atrevían a decir palabra, estaban maravillados, contemplando por las ventanas de otro edificio a personas moviéndose en su interior. Y de pronto, oyeron voces provenientes de otra puerta parecida a la que atravesaron para llegar allí. Tenían que continuar.

Carlo abrió tímidamente la puerta y se quedaron paralizados por lo que tenían ante sus ojos. Allí estaban hablando amigablemente Supermán, Batman, y Spiderman. Batman advirtió su presencia y cogió unas ropas de encima de un banco de madera.

- ¡Vaya, habéis llegado! – dijo -¡Poneos esto y a trabajar!




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martes, 16 de junio de 2009

Emery de Villars-le-Duc, Caballero Templario


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Detuvieron a Emery cuando trataba de huir por las caballerizas del palacio templario; unos metros más y lo habría conseguido. Se había deshecho del manto y del hábito del Temple, se rasuró la barba y trataba de salvar la vida acuciado por su cobardía, pero no lo logró. La guardia del rey Felipe IV de Francia lo descubrió y acertaron en suponer que se trataba de un monje-soldado en huida.

Emery había sido caballero de la orden del Temple durante casi veinte años tras los ocho de rigor como hermano sirviente, pero ahora se encuentra en una celda real, atemorizado tras las torturas recibidas por parte de los caballeros del rey Guillermo de Marcillac y Hugo de Celles que le hicieron confesar que los actos imputados a la orden eran ciertos. Sus rodillas sangran tras recorrer la celda en posición de oración durante horas suplicando a Dios perdón por haber cedido ante el terror a la muerte.

Al oír gritos se empina para ver por el enrejado ventanuco de la celda como llevan en carretas a cincuenta y cuatro hermanos camino de la hoguera. Altivos van algunos soportando los insultos de la soldadesca, otros oran tranquilos con la cabeza agachada, y todos sabiendo que en breve se encontrarían con el Señor. Emery comprende que ninguno de ellos ha confesado pese a las torturas y comienzan a correr torrentes de lágrimas por sus mejillas. No quiere volver a negar a Dios, pero no quiere morir de forma tan dolorosa.

En ese momento entran dos soldados que le elevan y le arrastran fuera de la celda y tras varios pasillos le dejan caer ante un altar, y junto a él dos comisarios le explican en qué va a consistir el interrogatorio en presencia de varios notarios. Emery apenas escucha, saben que le preguntarán sobre la gran mentira que ha confesado y buscarán en sus respuestas la forma de culpar a otros hermanos; se encuentra débil tras tres días de ayuno y comienza a marearse. Alza la vista a los comisarios mientras llora y después se golpea fuertemente el pecho con los puños, mira el altar y alza los brazos gritando que todos los cargos imputados a la orden son falsos y que se abra la tierra y caiga al infierno si lo que dice es falso. Que él no tiene la paciencia ni la dignidad de sus hermanos, y a cambio de seguir vivo confesará cualquier error imputado a la orden y si hacía falta diría que él mató a Nuestro Señor, pero que no revelaran lo dicho a los hombres del rey, temiendo llegar a tener el mismo suplicio que sus hermanos templarios.

Los comisarios se conmovieron y sobreseyeron el caso, por el momento, ante el peligro de que otros testigos escucharan lo que Emery contaba bajo la presión de semejante terror.


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NOTA: Bajo el reinado de Felipe IV se suspendió la orden del Temple tras un proceso que se cerró el 3 de Abril de 1312. Apenas un mes antes llevan a declarar al caballero Emery de Villars-le-Duc y lo acaecido en la declaración queda escrito por los notarios, y yo aquí lo recreo. No se sabe cual fue el destino final de Emery.

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miércoles, 10 de junio de 2009

Volar


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Alfonsito lo que quería era volar.

Provenía de una familia no muy pudiente y su imaginación le llevaba a jugar con aviones de papel o con dos palos atados con hilo de coser que le cogía a su madre. Las batallas aéreas eran espantosas y tan ruidosas que su hermana le regañaba porque no se podía concentrar en sus estudios; entonces su avioneta recorría en silencio toda la casa, sobrevolando por todo el salón y aterrizando sobre la mesa. A veces realizaba cabriolas peligrosas pasando bajo las sillas o rozando la librería hasta que el piloto, exhausto, tenía que acudir a la llamada de la cena.

En su habitación, a solas y antes de acostarse, abría las manos y cerraba los ojos, realizando el último viaje del día, en el que como Supermán, volaba sobre ciudades y campos, persiguiendo locomotoras que arrastraban largas filas de vagones o de costado por estrechos desfiladeros, o remozándose de suaves nubes.

La economía casera parece que mejoró de golpe y un día su padre trajo regalos para todos. A él le regaló un avión comercial de pasajeros de plomo tan grande como la palma de su mano, y su alegría fue tal que todos descubrieron cual era su autentica afición desbordada.

Acabó coleccionando miniaturas de aviones de todo tipo y, cuando fue mayor, los libros sobre aviación fueron llenando su librería. Veía repetidas veces películas sobre el tema, tantas veces que no logró nunca tener compañía en esas actividades. Realizaba continuas visitas a museos, bibliotecas y aeropuertos con la cámara de fotos en la mano: esa era su vida. Pero cuando tuvo edad para ello no eligió estudios relativos a su gran afición.

Años antes de tener esa edad ya lo había decidido, cuando no pudo salir al balcón de casa de un amigo que vivía en un octavo piso. Sólo pensarlo le temblaban las piernas de forma muy notable y el ver a su amigo en la barandilla del balcón empinándose para mirar hacia abajo le producían copiosos sudores y temblor en la voz. Supo que no podría volar nunca fuera de su fantasía infantil.

Logró un buen trabajo que le permitía aumentar su colección y viajar, siempre en tren, autocar o automóvil, a algunas partes del mundo donde se exhibían vuelos acrobáticos, o famosos museos que no conseguían saciar su curiosidad sobre el vuelo. Eso era lo único que le mantenía vivo, pues a pesar de los intentos por entrar en alguna academia de vuelo, aunque fuera deportivo, de paracaidismo, ala delta, etc., nunca logró atravesar la puerta.

Así pasaron los años, en la soledad de su gran apartamento y manteniendo la costumbre de, todas las noches, levantar los brazos y cerrar los ojos. Ya había sobrevolado muchas ciudades, muchos montes, había dirigido bandadas de ánades, se había posado sobre escarpadas cumbres, conocía los aviones por la forma que recortaba en el cielo por muy altos que fueran, sus motores, sus planes de vuelo. Conocía el primer vuelo de cada uno de uno de los aviones, los problemas en su fabricación, el día de su finiquito y quiénes asisten a las fiestas de botadura y despedida… Hasta que un día decidió experimentar por sí mismo.

Tenía sesenta y tres años el día que Alfonsito apareció incrustado boca abajo sobre un coche aparcado a los pies de Torre de Madrid.

No lo consiguió.

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viernes, 5 de junio de 2009

Tengo miedo

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Debo tranquilizarme.

Estoy encogido bajo el lavabo, inmóvil y respirando muy suavemente, tratando de ser un cuerpo imperceptible, con la luz apagada a raíz de un ruido que proviene del salón. Como no reconozco el ruido, voy a repasar mentalmente mis movimientos durante las dos últimas horas.

Cuando entré, la casa estaba a oscuras y el cerrojo estaba echado, pues di varias vueltas a la llave para abrir la puerta, volví a echarlo al cerrar, y las ventanas estaban cerradas con la persiana bajada, como siempre. Lo que sea que esté en el salón estaba dentro de casa cuando llegué, pero lo que me aterra es que entonces estaba ya dentro cuando salí esta tarde, y lo encerré. Pero hace un rato no noté nada fuera de lo normal; recogí la prensa esparcida en el sofá tal y como la dejé y la puse en el cesto de reciclar papel. El vaso de agua lo llevé a la cocina, lo enjuagué y lo puse a escurrir; yo creo que bien colocado, no se puede haber volcado y además el ruido fue en el salón.

¡Un momento! Algo se ha arrastrado y sí, parece la cocina…

Es mejor pensar que ha habido un pequeño movimiento y algo ha caído, aunque no sonaba a golpe… bueno quizá si era algo blando y mal colocado pudiera hacer ese ruido, pero no lo reconozco. No sonaba al típico libro que cae en una librería; más bien parecía un tropiezo… ¿De quién? No debo tener miedo; seguro que es una tontería, pero me resulta difícil pensar.

He dejado preparado encima de la mesa de la cocina las cosas de mi desayuno, como todos los días, y he limpiado antes la mesa. Sobre ella no hay otra cosa, estoy seguro. Alguna vez dejo el paño de cocina sobre el respaldo de una silla. ¿Dónde lo dejé esta vez? Maldita sea, no recuerdo. Si cae del respaldo el sonido es muy tenue; puede que sea el segundo ruido que lo amplifico con este silencio y mi terror.

Ahora no oigo nada. Fue un error poner una alfombra tan grande en el salón y la de paso en el pasillo; no oiré sus movimientos cuando pase sobre ellas. Porque es alguien ¿no?

¡Otra vez! Como tres golpecitos en el suelo, al principio del pasillo…

¿Qué hay en esa zona, pequeño, que haya podido caer, rebotar, con tan tenue sonido? Sea lo que sea se está acercando y mi respiración empieza a poder delatarme. La luz de la luna entra por la ventana del cuarto de baño muy atenuada por el visillo; si no me muevo no me verá. Yo, sin embargo, veo la puerta entreabierta; ni siquiera me atreví a cerrarla. Estoy demasiado asustado.

Me he puesto el pijama y he colocado la ropa en el armario; no he dejado nada encima de la cama. Sobre la mesilla está el despertador, la lámpara y un libro. Entré en el cuarto de baño, me lavé los dientes, oriné y apagué la luz. Al llegar a la puerta de mi habitación oí el ruido, dejé la habitación a oscuras y, descalzo para no meter ruido, regresé y me escondí aquí. Me asusté demasiado, y ni siquiera me salió un grito.

¡Noto algo! ¡Se acerca! Parece que está detrás de la puerta; si nota algo va a entrar y si lo veo con esta poquita de luz que hay me voy a desmayar de miedo. Se abre…la puerta…¡Jó!... va a entrar… se me salen los ojos de las órbitas, contengo la respiración…entra… ¡Lupo! Maldito cachorro… Me olvidé de ti. ¿Cómo saliste de la caja?
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NOTA: La foto se tomó de Educared Argentina
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