jueves, 16 de julio de 2009

Una esposa como Dios manda

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Sentada en su cómodo sillón la abuela Laura no para de hacer ganchillo. Sus pequeñas gafas se apoyan en el borde de su nariz y de vez en cuando alza la vista sobre ellas para ver trajinar por la casa a su hija Elisa, la menor de sus ya crecidos siete retoños, que recoge la mesa en que acaban de comer un pollo asado que ha traído ya cocinado.

Elisa trabaja en turno partido durante todo este mes, así que llega a casa y come con su madre, dejando la mesa preparada para Andrés, que llega apenas quince minutos antes de que ella regrese al trabajo. Nada más llegar del trabajo, Elisa se cambia de ropa y deambula cómodamente con un vestido corto de algodón y unas alpargatas que muestran el pié desnudo. Laura la mira y detiene sus dedos un momento mientras recuerda el lejano tiempo en que tenía la edad de Elisa.

Laura cocinaba muy bien, se levantaba temprano para poder realizar las tareas de la casa y tener tiempo para preparar una suculenta comida dedicada, principalmente, a su marido que llegaría cansado de trabajar y bien se lo merecía. Calculaba unos minutos antes para retocar su maquillaje, el peinado y que la ropa no tuviera alguna mancha que la desluciera. Un comportamiento que no fue copiado por ninguna de sus hijas, al parecer, a la vista del aspecto que tenía su hija.

Al fin llega el marido de Elisa, saludando alegremente nada más abrir la puerta; Elisa sale a recibirle y se dan un beso en la boca, le indica la mesa y lo que hay para comer, que lo tiene preparado en el microondas y debe calentarlo en unos minutos. Tras la aprobación, por parte de él, se dirige a su suegra y le saluda efusivamente antes de cambiarse su trajeada ropa por una camiseta y un pantalón corto mientras la pareja intercambia sus novedades en el trabajo.

Laura recuerda que recibía a su marido con voz queda, procurando ser relajante, y con un corto beso en la mejilla le dirigía a un sillón y se ofrecía a quitarle los zapatos. Ella no hablaba, solo escuchaba, pues no debía interrumpir la conversación con temas que no eran, indudablemente, mas importantes que los de su marido. Procuraba el bienestar de él, pues sabía que eso repercutiría en el bienestar de ella.

Andrés termina de comer y llena el lavavajillas con la cacharrería utilizada, y lo hace silbando y tarareando canciones. Laura recuerda cómo evitaba los ruidos de la cocina a partir del momento en que su marido entraba en casa y hasta que se levantaba de la siesta; ahora le parecía estar viviendo en el extranjero.

De vez en cuando oía a su hija discutir con Andrés y se horrorizaba, ya no había respeto por quien lleva los pantalones, incluso se reunían en la mesa del salón y hacían cuentas juntos; “esto para la hipoteca, esto para recibos, esto para el colegio…” Elisa intervenía como si todo el dinero fuera suyo, algo que ella nunca se le pasó por la imaginación hacer con su marido. No discutió nunca con él, le animaba en sus aficiones pero no hablaba de las de ella pues sus intereses eran triviales comparados con los de los hombres. Tenía muy claro quién era el amo de la casa.

Ahora Andrés se viste de nuevo y sale a recoger al niño a la salida del colegio; hará la compra y la colocará en la nevera. Al parecer muchos hombres hacen eso ahora por haber permitido a la mujer acceder al trabajo remunerado; lo curioso es que no les importa.

Anoche no pudo dormir. Generalmente tarda unos cinco minutos, pero anoche no lo conseguía, por lo que pudo oír a la pareja en sus juegos sexuales. Al parecer Andrés estaba cansado y se disponía a dormir cuando Elisa comenzó a hacerle cosquillas. Laura se lo recriminó mentalmente; eso no está bien. En esas obligaciones matrimoniales, la iniciativa debe ser de él, y ella acceder siempre gustosamente; pero hacerlo al revés, es de… mala mujer. Encima escucha a Elisa decir “así no, así no”, cuando debe acceder obedientemente, sin quejas, a cualquier práctica sexual aunque sea inusual. ¡Y ese final! Las pocas veces que Laura alcanzó el momento culminante con su marido, un pequeño gemido indicaba el goce logrado, sin embargo Elisa lo alcanza tantas veces como lo hagan y de forma escandalosa, con el peligro de que el niño les oiga.

No solo eso. Cuando Elisa tiene turno partido se levanta más tarde que Andrés, y éste se tiene que preparar el desayuno. Jamás se le ocurriría a ella fallarle a su marido de esa manera; cuando se levantaba, su desayuno estaba preparado.

De todas formas Laura mira siempre a su hija con ternura, y aunque no lo entienda, el verla feliz lo justifica todo.

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