jueves, 17 de septiembre de 2009

El cazador.





Soy cazador, y considero esta actividad como una guerra silenciosa entre cazador y presa que solo puede terminar con un disparo. Tras el disparo hay un vencedor y un vencido; el vencido puede perder la vida o quedar herido en su orgullo; el vencedor conserva la vida o gana una pieza.

He matado ciervos, jabalíes, osos, lobos… y siempre he procurado hacerlo en distancias cortas, acechando silenciosamente, mimetizado, y cuando tengo el arma encarada, con la seguridad de triunfar de nuevo, hago un pequeño ruido para que la victima me mire, y en ese instante en que nos miramos a los ojos, disparo. Quiero que se considere vencido antes de morir; que sepa por qué muere, que tenga sentido su último suspiro.

He aguantado la mirada de todos esos animales, pero la mirada de Paca me desarma desde el día que la conocí. A veces está mirando al infinito por la ventana de la cocina, y se que aún piensa en él. Quizá debiera ponerme celoso pero al notar mi presencia me mira, sonríe, y se disipan mis dudas. Sé que sus besos son solo para mí, y solo yo disfruto de su cuerpo; valioso premio por cuidar de ella y de sus hijas.

Era la mujer de Juan, el alcalde republicano del pueblo. Yo no comulgaba con sus ideas, pero nuestra relación era afectiva y fluida; nos visitábamos, discutíamos a la sombra de un vaso de vino y nos ayudábamos a la hora de llevar a cabo algún mandato municipal nuevo. Y todo ello para ver a Paca de cerca, contar con su mirada y la visión de su cuerpo, su sonrisa, su voz… pero estaba muy lejos de poder ser alcanzada de forma natural, con su aceptación y su amor.

También soy el mayor terrateniente de la comarca, lo que me hace ser respetado y conocido mas allá de sus fronteras, y muchas de las noticias del exterior llegan primero a mí antes que al resto de los habitantes del pueblo, por eso acudí a echar una mano a Juan cuando me llegaron noticias de los acontecimientos bélicos en la zona.

- Juan, debes irte, las tropas republicanas se retiran y pronto entrarán tus enemigos al pueblo.
- Pero… ¿A dónde voy con mi familia? – me respondió – La frontera está lejos…
- Debes irte solo, no puedes arrastrar a Paca y a las niñas. Mira, esa gente me respetará a mí y no las pasará nada, te lo prometo. Ve a esconderte a la cabaña de caza que tengo en el valle, la que está alejada del río y del camino. Te haré llegar comida, y con el tiempo podrás regresar.

Aceptó la idea y se marchó rápidamente; y por fin Paca me regaló un abrazo.

Paca y las niñas vinieron a mi casa y las protegí en todo momento, lo que hizo que el corazón de Paca se ablandara y cayera a mis brazos un año más tarde. Podría haberla dicho que Juan murió, pero temí el maldito luto y que se alejara físicamente, por lo que decidí aceptar que ella pensara en él de vez en cuando, en cómo sería su vida allá donde estuviera, mientras no interfiriera en nuestra relación; relación que fructificó en el nacimiento de dos estupendos varones.

Me está eternamente agradecida, por defenderla, por defender y cuidar a sus niñas, por cuidar de Juan hasta que le dije que tuvo que huir más lejos y no supimos más de él… A veces me acaricia los cabellos y me sonríe, y un inmenso placer recorre mi cuerpo cuando clava su mirada en la mía haciéndome sucumbir a sus deseos.

Es la única mirada que me vence, ni la de los ciervos, ni la de los osos, ni siquiera la de Juan cuando descargué mi escopeta sobre su rostro…

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NOTA: Fotografía denominada "El cazador" de autor español anónimo y fechada hacia 1930. Encontrada en el blog "Colección de Fotografía Antigua" de Alonso Robisco.



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