martes, 21 de abril de 2009

Los caminos

.
Tengo un amigo que, entre otras cosas, es caminante. Podría destacar en otras materias, pero le gusta destacar como caminante. Conocedor y lector de la historia, sabe de donde venimos y hacia donde vamos, y podría escribir su extensa sabiduría; pero sabe que destacaría en las librerías, y prefiere el anonimato. Solo los que a veces le rodeamos podemos disfrutar de sus conclusiones sobre la vida; cualquier aspecto de la vida, pero le he pillado con lo único en lo que no le importa que le pongamos en un punto destacado: caminar, tener contacto directo con la naturaleza no menos de una vez por semana, y en todas y cada una de sus vacaciones.
Le he pillado porque nos ha dedicado a los amigos con una extensa carta que quiero publicar para compartir su extenso abanico de sensaciones; eso sí, en completo anonimato y con su permiso. Lo único tangible sobre su persona que me atrevo a mostrar es esa fotografía de sus andanzas por el Camino de Santiago este invierno.

Leamos:
A mis amigos. A los que me acompañaron en los días de frio, al que le gusta caminar solo y abrazar los arboles, al que no le gusta andar y lo hace para estar con los amigos, a los que les gusta hacerlo y no pueden, al que durante años cerró la marcha, y a mi padre, que me enseñó a hacerlo por delante de los pies.
Trochas trilladas por hondas pisadas, labor de siglos en que sandalias y botas han conjugado ansias de búsqueda de los que han hecho del devenir la esencia de su armonía.
Los caminos van. Y retornan. Se pierden por los espacios celestes y por los meandros de la vida. Los caminos dan la sensación de ir por el mundo sin tropiezos, quienes se dejan llevar por ellos saben que sus trazos penetran en el destino, lo perforan y lo abren ofreciendo metas de recompensas tras cada recorrido.

Ellos se prodigan en la geografía múltiple, por los valles con naturalidad, sin artificios, compiten con los ríos, y por las montañas escarpadas hacen prodigios al confundirse con las nubes. En los tentáculos de la montaña, por sus cimas, se distraen viendo el paisaje a lado y a lado, pero a la vez son descanso grato para el que sabe reconfortarse.
Los caminos nacen de los pies con ansias de conocer y sobrevivir. Con las huellas surgen sus trazos, senderos que se curvan con recovecos que demanda la topografía de lo telúrico y del cielo, hacia sitios de ilusión y sospecha. Por ellos se desperdiga la vida, con alianzas y desuniones que los arrebatos del destino dispersan como producto del azar. Los caminos no llegan nunca; ellos se proponen seguir. Van y vuelven, son vericuetos que lo ignoto teje para el escape y el regocijo, para que se sostenga la vida. Los caminos vienen desde el origen de los tiempos, desde el caos; están hechos de viento y de agua. El magma los modeló y ellos son la memoria de la vida.
Los días curten a los caminantes y a los propios caminos. La callosidad se impone en la superficie y sus entornos aunque se recubra de color cálido. Vida propia tienen los senderos, caminos de globalidad y equidistancia. A todas partes llegan y de todas partes huyen. El despliegue de los sentimientos sobrecoge los caminos y los hace sumisos al dialogo en silencios preñados de palabras calladas, a la meditación con el bosque y la roca, con las aves del pasar migratorio o las de revoloteo tan solo aparente. Por los caminos vamos de seguro a parte alguna, como en recurrencia del tiempo, como en sujeción al azar.
Caminos que se entrelazan con pensamientos, sin asirse del todo. Por sus rutas se escapa la gloria mientras que otros escapan de ruina. El tiempo detiene sus formas y las cuentas sin resumirse en los oídos de concavidades y pantallas que como imposibilidad reproducen el sonido mismo del eco. Los caminos atraviesan las pasiones, toda ambición que recorre poblados, caseríos, ciudades, veredas. Surcan los destinos y convulsionan las manos en los giros del extravío, ordenan la tropelía y enseñan a aunar voluntades.
Son asiduos los caminos en soledad. El silencio los acecha en cada tramo, confundiéndose con la lluvia o con el susurro del río de abajo. Silencio para la meditación del caminante, entre andurriales y sobrecogimiento. En cada tramo un asomo de luz, o el encanto de mirar lejos, o el encajonamiento transitorio del miedo. Los caminos revierten el paisaje hacia dentro y dibujan colores que calman los desasosiegos de la vida.
La vida va ceñida a los caminos, como el agua al manantial que la genera. Manos de señalar distancias, o de reconocer los rastros de otros caminantes perdidos en las distancias del tiempo y la geografía.
Por los caminos se crece y se consume la vida. Pero a la vez se renueva de continuo. Los caminos al existir son la posibilidad misma del Ser. Dan refugio al fugitivo y esparcimiento al iconoclasta o al simple contemplador. Acogen miradas, siempre en soslayo. Del ir y venir, regodean el cansancio y promueven la reanudación de la esperanza en nuevos silencios de hablar cutáneo. Son cartas de expresión libre porque nunca se echarán al correo.
Los caminos son delirios en el suspiro de los dioses, y fortines en las contiendas. En ellos confluyen las flores que los ramajes saludan, con ánimo encendido y roce de gloria. El caminante recoge ese aliento al paso. Viajeros de cualquier naturaleza se sorprenden con la vecindad de lo infinito y lo lejano se aproxima en la constante persistencia de las miradas. Los caminos son presente continuo, prolongación de la dicha y del sufrimiento como prueba de su coexistencia.
Hay caminos para reproducir las ansias en los destinos cruzados, o para los soliloquios del follaje. Caminos seguirá habiendo en tanto ocurra la mirada sobre las montañas, o en las llanuras extendidas bajo el sol torneadas de páramo hasta que agonizan en la noche. Caminos que se prolongan sin medida, más allá de cualquier lugar, y alimentados siempre por las ganas de emprender la jornada.
Los caminos no llegan a la agonía. Ellos son perpetua lucha por la sobrevivencia de ilusiones y de enigmas, y de asonadas que doblan como las campanas en los instantes menos pensados. El camino vuelve a comenzar la historia recortándola en sus entrañas, sin la pausa del viento, ni los artificios de la conciencia. Va por ahí sin perder el tiempo ni congraciar la tentación de lo lejano. Ideas en destello provocan en el viandante las ansias de agonía y los anhelos de conquista entre las sombras, o en la penumbra de unos brazos extendidos con la placidez de los reclamos.
Caminos son los que surten los designios en anuncios de volandas y revertir, en tejidos que la memoria advierte en el deslizar de los peñascos. Marcas diseminadas señalan lo que fue sin volver a ser, y el entrecruzamiento de caminos rompe la monotonía con aperturas a otros rumbos, destinos si acaso para otra ocasión.
La naturaleza recubre de pesadumbres el sendero que de permanecer sostiene el ritmo de la vida, y apresura las modificaciones que no consiguen las palabras en el abismo de los sonrojos. Caminos en los aleteos del sueño que nos conducen a composiciones de las miradas contenidas de tanto vagabundear por los recodos de la imaginación.
Los caminos siguen los pasos de la vida y en ellos se diluyen las malas pasadas dando tránsito a la aventura indeclinable del tiempo. Los caminos son el eco de la nostalgia y la pesadumbre de rostros cansados. Pero también del furor de la aventura en perspectiva.
Trochas trilladas de hondas pisadas, calmas o raudas, de pesares o exultantes, a pares o multitudinarias, siempre son la vida que se deja ser vivida de soledades en compañía. Los caminos son la huida de lo cosmopolita a la fisiocracia que siempre debió ser, al hombre de voluntad que se sobrepone al ulular de la incertidumbre sembrando austeridades en la cadencia de sus pasos.
Devienen al hombre en conciencia de si mismo y le muestran el alma del cosmos enseñándole a ser partícipe de lo Uno: energías que confluyen sin mesías para rescatar al urbanícola del tedio de la civilización obligándole a ser puesto que no toleran estancias con muros hechos de servidumbres. Se abren a lo telúrico y gozan en ocultarse a los pusilánimes de la mecánica muelle del caucho y redes digitalizadas. Saben de suspiros inconfesos aún no nacidos y capaces de volar sin placenta.
Caminar es sobreponerse a lo establecido porque los caminos son escape de herejes y apóstatas; son la grieta del paradigma que evacua las lágrimas del cobarde y por las que ascienden los librepensamientos del Dionisios niño. Fusión del hombre con su propia humanidad de mamífero, aunque culto si sabe cabalgar en los vientos huyendo de las fragancias de alquimia.
Los caminos nos enseñan que no se camina con los pies, que las estrellas no son de frontón de hotel, que el agua mineral no vive en vasijas de vidrio verde, que en la mochila no entra lo vano porque las vanidades lastran, que lo usado es más cómodo que lo nuevo, que el frío también quema y que sin vericuetos la vida es lineal.
Aunque hechos de pisadas, su lecho es inmaculado y anhela las por llegar si son impulsadas por ansias de vida. Siempre nuevas si se descubren a si mismas, al recrear la herencia por su uso firme en pos de silencios que de resultas habrán de devenir en estruendos mudos y maná de existencias.
_
_

3 comentarios:

Manolo Jiménez dijo...

Sin duda tu amigo es alguien al que le cae la sabiduría en cada palabra.

No se camina con los pies, cierto. ¡Qué triste sería lo contrario!

Abrazos

Nuria Gonzalez dijo...

´¿ Qué es la vida ? Un largo caminar. Recogiendo sabiduría por aquí y por allá.
Tu amigo ha hecho un largo recorrido, se nota.
Un abrazo

Rosa Roja y ¿eres real?SI CLARO dijo...

HOLA Y GRACIAS POR PERMITIR QUE TE LEA.

mE DEJAS QUE TE ACOMPAÑE, SOY DE MADIRD MI MADRID Y VIVO EN LAS PALMAS....

Saludo con besito

Todo lo escrito en este blog está protegido bajo licencia.

Creative Commons License
Soy Tito Carlos by Carlos Villanueva Tejero is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
Based on a work at soytitocarlos.blogspot.com.
Permissions beyond the scope of this license may be available at http://soytitocarlos.blogspot.com/.