sábado, 4 de abril de 2009

Desafortunado impulso

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En la sala de atención al cliente reinaba un murmullo constante que adormecía a aquellas personas que no iban acompañadas. En esta oficina hay cuatro mesas con cuatro personas que atienden al público, y, por supuesto, cuatro filas de pacientes ciudadanos esperando turno. Es cuestión de suerte, algunos empleados son más lentos que otros, y algunos clientes ponen a prueba la paciencia de los oficinistas, que suelen permanecer en la oficina más tiempo que ellos.

- No puedo atenderle – dijo el empleado – espere a que uno de mis compañeros…
- ¡Cómo que no puede atenderme! – interrumpió el cliente poniéndose en pié.

La voz de aquel hombre, alto y fornido, resonó estruendosamente en toda la sala y el silencio lo ocupo todo. Todas las miradas se dirigieron hacia él, hacia aquel cuerpo enorme, vestido con chándal y despeinado que notablemente enfadado miraba furioso al oficinista que trataba de atenderle sentado tras su mesa.

Al empleado se le imaginaba muy pequeño, más aún estando sentado y frente a él, de pie, el gigante ciudadano que solicitaba sus servicios. Además de tener poca estatura, era calvo, llevaba gafas con cordón y traje marrón jaspeado con coderas en la chaqueta; no era delgado pero no se le puede catalogar aún como obeso. Su cara se mantenía inexpresiva, mirando fijamente al que le imprecaba, y en una de sus manos un bolígrafo golpeaba repetidamente la mesa.

- Cálmese y se lo explico – intentaba amablemente el empleado.
- ¡¿Explicarme?! – gritaba el hombre, enfadado, - ¡Llevo una hora esperando y ahora dice que no quiere ayudarme!
- Sólo dije que espere a…
- ¡Esto es una mierda! – interrumpió de nuevo señalando amenazador con el índice - ¡Sois una panda de maleantes!

El hombretón se marchó refunfuñando frases ininteligibles que se adivinaban horribles. Desapareció por el pasillo y a los dos minutos se oían por la ventana improperios de muy mal gusto contra la empresa. El empleado descolgó el teléfono y pidió ser substituido.

- ¿Puedes ponerte en mi mesa unos minutos?, gracias.

En la puerta de la oficina el hombre del chándal hacía de piquete animando a gritos a todo aquel que entraba para que cambiasen de agencia, acompañando la información con calificativos desagradables hacia la empresa y sus empleados. En el momento en que su sangre se encontraba a la mayor temperatura soportable, notó unos golpecitos en su hombro y se volvió bruscamente. Allí estaba el empleado que le atendió, con su estatura cuarenta centímetros por debajo de su vista, con piernas a la mitad de su longitud proporcional al cuerpo, apenas apoyando los pies en el suelo, y con dos muletas bajo sus axilas.

Ahí quedó el gigantón, lívido, enfriándosele el sudor rápidamente, los brazos caídos y la mente en blanco, mirando aterrorizado al pequeño oficinista. Éste, aguantó su mirada durante unos largos segundos sin haber cambiado la expresión de su cara, aunque se adivinaba que esta era su venganza.

- Esta mañana se ha estropeado el ascensor – dijo con tranquilidad sin apartar la mirada del cliente – y ha dejado el camión en el sótano. No puedo ayudarle a confirmar la carga. Entre, y póngase en una fila distinta a la de mi mesa. Buenos días.

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12 comentarios:

Blanca Estela dijo...

Sonarà a clichè, pero al leer acà, es como leer lo que lee mi cabeza.

B. Miosi dijo...

Muy bueno, Tito Carlos, me encanta la manera como sabes imprimir tensión a tus relatos. El final... pues, me tomaste desprevenida. ¿El hombretón temblaba de miedo poruqe era un cobarde? o porque el oficinista estaba en muletas. De cualquiera de las dos formas, creo que el cuento tiene un mensaje claro.

Antes de reclamar debemos enterarnos de la verdad.

Un abrazo,
Blanca

Blanca dijo...

No sé por qué, tengo la impresión de que había dejado un comentario a este cuento. Bueno, lo he vuelto a leer y qué te puedo decir, me encanta tu estilo.

Un abrazo,
Blanca

TitoCarlos dijo...

Blanca Estela, trato de relatar lo humano, lo real, con un pequeño toque de fantasía. La realidad está fuera y la conocemos, es normal que 'nos suene'. Un besazo,

Blanca Miosi, me fastidia el comportamiento de esas personas que no tratan por igual a todos los mortales. Este hombre no solo no escucha y prejuzga con excesiva facilidad, sino que en igualdad de condiciones, trataría bien al oficinista por el mero hecho de ser incapacitado. No sé, si el ridículo sufrido le habrá servido de lección, pero si es cierto que la historia nos hace pensar, como veo en los comentarios a esta historia en mi otro blog.
Que sepas que valoro muchísimo tu comentario. Un beso,

Blanca, has comentado en mi otro blog. Un abrazo,

Silvia_D dijo...

Pues, Tito, yo anoche te leí y también creo que dejé aquí mi coment... no sé, ya dudo. No, no dudo, lo recuerdo perfectamente que lo dejé jajajaja.

Bueno que pienso que la falta de respeto que existe para con los demás es enorme. Siempre nos creemos en posesión de la verdad absoluta y somos tan pequeños...

Besos, Tito, pasa buen día

Peter Camenzid dijo...

A veces somos proclives al juicio rápido y la sentencia inmediata...usualmente equivocada. Gracias por la reflexion

TitoCarlos dijo...

Silvia_D, Peter, Gracias por vuestros comentarios. En este blog sólo dejo mis narraciones cortas. En mi otro blog hay, además, otras cosas. Siento haberos liado de esta manera.
Un abrazo,

Diego dijo...

hola me paso
esta
interesante tu blog
adios
pasas

Parsimonia dijo...

Después de escuchar la radio me pasaré.
Necesito leer con calma.
Hasta luego.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

No está nada mal... Un placer conocerte

Marga Fuentes dijo...

Muy bien relatado, te mantiene hasta el final. Y el final...te oprime el corazón. Me gustó muchísimo, felicitaciones y gracias.
Un abrazo y un beso,

Parsimonia dijo...

La gente a veces no comprende que hay cosas que no dependen de una sola persona y el trabajo de cara al público es de los más desagradecidos.
Bien llevado.
Un saludo.

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