sábado, 24 de julio de 2010

Atardecer

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Querida Lola, desde que te has ido las noches son demasiado largas. No hay beso en la mejilla ni calor junto al cuerpo que me tranquilice y me suma en plácido sueño. La oscuridad acompaña mis sombríos pensamientos y hacen aparecer recuerdos nítidos en los que tu siempre estás presente, pero las primeras luces ya no iluminan el relajado rostro que a la vez iluminaba mi espíritu con la primera sonrisa del día al acariciar tu pelo. Ahora acaricio la que fue tu almohada y se me encoje el corazón, me visto sin ganas y desayuno sin apetito, sintiendo el vacío que ocupa toda la casa.

Me miro al espejo y noto mi cambio; más ojeroso, más triste, cabizbajo… me cuesta trabajo peinarme y me he dado cuenta que en tu ausencia no he sonreído una sola vez, y no siento la necesidad siquiera de esforzar un pequeño rictus que compense la amabilidad de las personas que tratan de animarme. Y de nuevo se humedecen mis ojos al ver tu cepillo de dientes, tus peines, tus cremas, horquillas, pinzas… pequeñas cosas que sólo afirman que nunca los volverás a utilizar.

Tu abrigo y tu gorro siguen en el perchero junto a la puerta; los miro con tristeza mientras me abrigo e intento colocarme, sin éxito, la bufanda a la manera en que tus manos lo lograban. Sigo paseando por las mañanas ofreciendo un saludo frío a vecinos y tenderos, cuando hace poco tiempo eran alegres y cariñosos; ya no tienen sentido esas sonrisas y esas preguntas por la familia, la salud o las inclemencias del tiempo. Pido el pan, pago y marcho de regreso en silencio sumido en mi soledad interior.

Lola, querida, sin ti las calles se han vaciado y los días han cambiado de color; no brillan, tienen tonos apagados y tristes como muestra de la falta de un elemento fundamental para la vida: tú. Me creo capaz de sobrevivir a la falta de aire, de luz, de alimentos…, pero no veo la forma de superar tu ausencia.

Alguna tarde me siento en el banco del mirador al que hemos ido tantos días y, como siempre, busco tu mano; y ya no está. No sé si los atardeceres siguen siendo tan hermosos como los de antes; ni siquiera puedo intuirlos tras la cortina de lágrimas.

Entro en la habitación para acostarme y al encender la luz me sobresalto. Debo esperar unos minutos para recuperar la consciencia y asimilar mi nueva situación; me desnudo, me acuesto en la solitaria cama y, todavía, te deseo buenas noches entre sonoros sollozos.

Si hay vida tras esta vida, Lola, el mundo en que te encuentres habrá ganado en hermosura. Llévame contigo pronto; esta vida ya no tiene sentido. Déjame disfrutarte cuanto antes y gocemos de nuevo nuestra eternidad.

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Nota: Fotografía tomada prestada del hermosísimo blog "Aguas abajo".

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