jueves 22 de octubre de 2009

Final de Verano. Principio de Otoño.




Llegó el final de aquel verano y Ana tuvo que irse. La noche anterior estuvo en brazos de Andrés, jadeando y susurrándole palabras de amor al oído mientras se entregaban febrilmente el uno al otro cobijados por la oscuridad de la noche en la ladera del río. Era la primera vez que se mostraban desnudos el uno al otro y las manos y bocas no paraban de registrar cada rincón del cuerpo de la persona amada. Una erupción final acabó entrelazando aún más fuertemente los sudados cuerpos, y tras un largo y sentido beso las lágrimas de ambos se mezclaron en sus mejillas. “Prometo que volveré a por ti”, dijo Ana entrecortadamente.

Andrés miró por la ventana a la mañana siguiente, y no se apartó de ella hasta comprobar que un coche azul cielo se perdía por la carretera en el horizonte. Tenía la certeza de que no volvería a verla, pero mantenía en su mente el recuerdo de la suavidad de su piel, el olor de su pelo, los jadeos en su oído, el sabor de sus lágrimas…; sensaciones que sabía no volvería a tener.

La familia Ruiz, a la que pertenecía Ana, cambiaría de ciudad, y este pueblo estaría demasiado lejos como segunda residencia de verano. Abandonaron el alquiler de la casa, lo que dejaba claro que no volverían por allí. Andrés trataba de asumirlo, pero los recuerdos le abordaban cada vez que pasaba por el río, por la puerta de la casa, por la carretera, por los múltiples rincones en que se escondían para besarse y acariciarse; ella estaba presente en todo lugar con su sonrisa, con su mirada cómplice, con sus amables palabras.

Cada mañana perdía un momento mirando por la ventana. En invierno, aún en la oscuridad, mantenía la mirada hacia el infinito durante unos segundos, pero según pasaban los días y la luz dejaba entrever los campos primero, iluminarlos después, Andrés aguantaba unos minutos con la vista clavada en el horizonte. Mantuvo esa costumbre aún después de la boda, ya que no quiso cambiar de habitación a pesar de las mejoras realizadas en su caserón a tal efecto, pero no fue lo único que quiso mantener.

Han pasado los años; sus veiteañeros hijos le dan los primeros nietos, lo que le hace ser un joven abuelo, pero no siente que el tiempo pase. La familia se ocupa de gestionar sus tierras, y mientras el clima lo permita, cada tarde otoñal pasea hasta la primera curva, a la salida del pueblo, y se sienta a contemplar la larga recta por la que Ana se alejó para siempre. A la llegada del buen tiempo, se sienta en la ladera del río y acaricia la hierba mientras balbucea unas palabras a la vez que una lágrima rebosa por uno de sus párpados.

Una tarde, a principios del otoño, Andrés contempla la carretera desde el sitio habitual junto a uno de sus nietos que se entretiene lanzando piedras al valle. Pasan coches, motoristas y autobuses de vez en cuando, pero esta vez uno de los automóviles se para ante él y se baja una ventanilla trasera. No median palabras entre ellos, solo hay unos segundos en que los ojos recobran brillo, y Andrés se incorpora. Se acerca al coche y pide a su nieto, sin mirarle siquiera, que vaya a casa rápidamente e informe a su padre que el abuelo se ha ido.


domingo 18 de octubre de 2009

Las noches del parque.


Me gustaba charlar con Adriano; procuraba hacerlo todas las noches. No era muy tarde, algo más de media noche, y casi siempre sucedía todo de la misma forma. Regresaba del bar paseando por el parque que hay junto a la carretera de Villalba a Alpedrete; me sentaba en el último banco y me preparaba un cigarrillo de hierba que se sumaría a la embriaguez del vino. Cerraba los ojos y me concentraba en un balanceo suave, apenas imperceptible, y disfrutaba de mi ingravidez y de la saludable brisa serrana por unos segundos.


- Noche perfecta

La primera vez me asustó. ¿Cómo hacía para no presentir nunca su llegada? Abría los ojos y le sonreía. Le ofrecí un cigarro y me dijo que llevaba años sin fumar, que ya no se llevaba nada a la boca.

- Algún día lo dejarás tu también – me dijo.

Adriano parece mayor que yo, no demasiado, pero su corazón está marcado por experiencias y aventuras que le han dado forma a las expresiones de su cara; facciones duras y mirada relajada, como si estuviera resignado con su suerte. Siempre iba vestido igual, con traje de chaqueta oscuro, corbata negra y cabeza despeinada, lo que le hacía aún mayor. Es probable que, como yo, viviera solo, y a su vuelta del trabajo se relajara en algún bar, y coincidíamos a la vuelta a casa en aquel parque.

Hablábamos de temas muy generales pero dejando entrever la existencia en nuestro interior de amargos recuerdos por malas o buenas experiencias. Conocíamos nuestros nombres, pero nada más, y todo funcionaba muy bien. Debíamos entender ambos que nuestra relación estaba en un estado perfecto, viéndonos tan solo unos minutos al día, y sin hacernos más preguntas. En el primer silencio, tras la conversación, de nuevo caía en un sueño suave; duraba un par de minutos, pero cuando abría los ojos, Adriano se había ido.

Reanudaba el camino a casa por las oscuras calles de la zona, veía un rato la televisión o me sumergía en las páginas de un libro, hasta que los párpados caían pesadamente manteniendo mis ojos cerrados durante horas.
Algunas noches yo no pasaba por el parque. El trabajo me tenía demasiado entretenido y prefería cenar en casa. Otras noches mi embriaguez se encontraba unos puntos por encima de lo natural en mí y el sueño en el parque se prolongaba más de lo habitual. Al despertar, no estaba Adriano, y no sabía si se había ausentado o si respetó mi sueño en silencio. En cualquier caso no nos lo reprochábamos; reanudábamos la charla a la noche siguiente como si no hubiera habido interrupción.

- Hay noches – le dije en una ocasión – que conozco a alguna mujer. Me encuentro bien con ella mientras tomamos unos vinos; nos divertimos y prometemos vernos otra vez, pero si nos volvemos a ver procuro evitarla.
- Te entiendo. - me contestó – Yo también estuve enamorado y tuve una relación apasionada. El resto de las posibles relaciones serían forzadas.


Es en esos momentos cuando aparecen más nítidos los recuerdos; cierro los ojos y los saboreo con un poco de amargura, y Adriano se va en silencio. Es posible que le ocurra lo mismo; no tuve tiempo de observarle esta vez.

Recuerdo que hablamos de familia, mujeres, hijos, amistades, comidas, bebidas…, cosas de la vida. A veces la corta conversación era jocosa, otras nos entristecía, y todas me enriquecían; me hacían llegar a casa con la sensación de haber obtenido algo positivo de ese día. Pero nada bueno dura eternamente.

Tuve que trasladarme de localidad. Cambié de trabajo, de horario y el paseo nocturno desapareció. Pero cada noche, en mi butacón, durante el relax de mi cigarrillo, recordaba mis charlas con Adriano en aquel banco del parque junto al cementerio de Villalba.



viernes 2 de octubre de 2009

Un instante



¿Por qué nada se mueve? Yo mismo no puedo moverme; ni siquiera parpadear. Tengo los ojos abiertos y no siento nada, ni siquiera se cual es exactamente la postura de mi cuerpo aunque debo estar tumbado. Veo mi brazo y mi mano cerca de mi cara, y entre los dedos esa mujer tan asustada con el gesto de un grito que no oigo y que… no se mueve, no se mueve a pesar de la posición de sus cabellos separados de la cara por el viento o por su propio movimiento. Pero ¿Qué hago yo aquí?

Debo recordar. Hoy he desayunado en casa; mi pobre madre lo tiene preparado cada mañana y a veces solo puedo consumir la mitad de lo que me ofrece; le digo que tengo prisa, pero en realidad es que no tengo tanto apetito a esas horas. La doy un beso y me despido de ella hasta la noche siguiente; pasaré el fin de semana con Juana en la casa de la sierra.

Ahora veo una mota de polvo, o quizá sea polen, suspendido en el aire y totalmente quieto. Las copas de los árboles están inclinadas apuntando todas en la misma dirección; es decir, hay viento, pero nada se mueve. El aspecto de la mujer es de parálisis absoluta; me mira horrorizada y no cierra la boca en un grito permanente que no percibo.

Nada más salir del portal de mi casa llega Juana en su coche. No me deja conducir; nunca lo hace, pero le insisto cada vez que me acomodo en el asiento de acompañante. Venía nerviosa por la hora a pesar de no haber quedado con nadie, y ni siquiera me da un beso como saludo. Generalmente solo quiere que nos besemos cuando estamos solos o mientras vemos la puesta de sol desde el mirador de la casa. Pensé que hoy tendría que esperar hasta la noche.

Un pájaro está a punto de posarse sobre una rama, y su imagen está congelada justo en ese momento, todavía con las alas sin plegar y con la vista fija en el punto en que va a posarse. ¿Qué está sucediendo? ¿Se ha parado el tiempo? La nubecilla de polen sigue ahí, quieta, el pájaro congelado aún en el aire a unos milímetros de la rama, la mujer horrorizada sigue en su posición sin dejar de mirarme… ¿estará ella pensando como lo hago yo?

Procuro no hablar con Juana para no discutir mientras conduce; a veces suelta el volante, gesticula con sus manos exageradamente y mira demasiado tiempo hacia el acompañante. No puedo decirla nada en esos momentos, pero procuro advertírselo más tarde. Hoy no ha hablado demasiado pero estaba muy nerviosa y despotricaba de todo aquel que se cruzara en su camino, un taxi, un autobús, una abuelita que tarda en cruzar… así hasta salir de la ciudad. Tal y como ha sucedido otras veces.

Si; se ha parado el tiempo. Si el tiempo se para, se para todo lo demás. La velocidad es el espacio recorrido en un tiempo determinado; sin tiempo, no hay movimiento. Por eso no puedo moverme; la quietud absoluta es esto. Y por eso no siento nada; no sé ni en qué postura me encuentro ya que no siento la presión de mi cuerpo sobre ninguna superficie; como un estado de ingravidez. Pero, ¿Por qué se ha detenido el tiempo? ¿Existimos sin esa cuarta dimensión?

Juana iba muy acelerada, demasiado, pero no le decía nada. El ruido de los neumáticos en las curvas debía haberle hecho recapacitar, pero hasta ahora nunca había sucedido nada. Hasta ahora. Subiendo el puerto a esa velocidad no podía haber reaccionado con ese camión tan lento, prácticamente parado a la salida de la curva… Ha sido eso; un accidente… recuerdo salir disparado atravesando el parabrisas; mucho dolor y después nada…

Por el peinado y la camisa a cuadros esta mujer era la conductora del camión; o su acompañante. La pobre no tiene culpa de nada pero está muy asustada; ahí sigue paralizada, como el polen y el pajarillo. ¿Qué me ha sucedido? Supongo que puedo pensar porque la velocidad del pensamiento es superior a la de la luz; o no hay forma de medirla ya que es independiente del espacio y del tiempo y todo lo que estoy pensando lo hago en un instante tan pequeño que no hay unidad temporal para su medida… Un instante; un punto en la línea del tiempo.

Quizá es este el último instante de mi vida y por eso mi mano, los árboles, el pajarillo, el polen, la mujer asustada… están desapareciendo, difuminándose, sumiéndose en una claridad indicativa de la proximidad de la nada…

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Nota: Narración presentada en Autores Reunidos para el tema 'Parar el tiempo'

viernes 25 de septiembre de 2009

Imposible misión




Considérenme si quieren el responsable de esta catástrofe, pero se que no soy el único. El sistema ha hecho lo suyo también: tantas órdenes concretas dirigidas a personas de poco seso solo pueden traer problemas; si no hubiera topado con ellas habría llegado a tiempo.

Es cierto que debiera haber salido de casa mucho antes sabiendo la importancia de esta misión, pero me lo impidieron circunstancias familiares… Si, está bien, la despedida de mi mujer fue un poco larga, pero usted habría hecho lo mismo. De todas formas el tráfico no podía ser peor; otros días a esa hora no recuerdo que hubiera tanto coche en la avenida como hoy.

Si, ya se, debí preverlo con tiempo, pero no pensé ni en el arrebato amoroso de mi esposa ni en el tráfico. Pensé que corriendo un poco sería más que suficiente, pero no lo fue. Y todo por cinco minutos. Ni siquiera cinco minutos de flexibilidad, cuando con un poco de comprensión a pesar de todo lo demás, no habría pasado nada. Pero me topé con el guardia de la entrada de coches, ese que me ve entrar todos los días a distintas horas pero nunca se ha preguntado cual era mi trabajo. “Estamos en cubrimiento de seguridad…”, me decía, y no atendía a razones. “Nadie puede entrar hasta dentro de tres horas.”- “Pero oiga yo…”- “No insista, es la orden que tengo.” Comencé a ver el fracaso de mi misión.

Marcha atrás, casi me estrello, y dejé el coche tirado un poco más allá. Me dirigí a la entrada de personal y me pasó exactamente lo mismo. El ‘mente de pez’ de la puerta actuaba como un robot, y encima con un cuerpo de más de 110 kilos y dos metros de altura que casi estalla la camisa me empujaba de mala manera hacia las escaleras de salida… ¡casi me mata el muy…!

Bueno, yo solo salí una vez del recinto por la verja del callejón, ¿eh?, me lo enseñaron los muchachos, para escaquearnos un poco, tomar unas copas y eso… pero no he abusado de ello. Lo prometo. El caso es que con un poco de contorsionismo logré entrar al recinto. Ahora debía ir al edificio principal, cambiarme de ropa…, en fin, la rutina de otras veces. Todavía había tiempo, pero aún un tropiezo más: en un pasillo en que nunca, nunca, hay un vigilante, aparece uno gordo que en vez de saludarme me pide que le acompañe, que estoy en zona prohibida, y que debo salir. Trato de identificarme pero no me deja hablar, hago ademán de hacerle caso pero echo a correr por otro pasillo. Ahora mis intenciones son otras.

Bajo a trompicones hasta el sótano. Allí estoy seguro de que no me encuentran; se cómo esconderme y cómo salir de allí. Ahora no quiero pasar por ningún departamento, solo debo llegar a la torre, donde al parecer está todo aquel que me conoce, pero a la salida tropiezo con un hombre armado. Esto lo cambia todo; además de peligrar mi misión, también peligra mi vida. Deben haber indicado por radio que un intruso ronda por el edificio y lo bloquean en serio. Así que corro de nuevo al sótano y me escondo para pensar.

Me imaginé dos opciones; ambas pasaban por subir a la terraza. Desde allí intentar hacer señas a la torre, que aunque está a más de cien metros, alguien puede identificarme. La otra opción sería deslizarme como se me ocurriera por la fachada posterior. En esa fachada no hay salida alguna de personal, por lo que era probable que no vigilara nadie. Después de todo son solo siete pisos.

Conozco un vericueto por el que se llaga del sótano a la segunda planta. Esta gente nueva que vigila no lo conoce, ¡seguro!, así que me lanzo por los pasillos, saltos por patios interiores, escalera de pared y una vez en la planta subo a pie, por seguridad, hasta la azotea.

Arranqué el cable de antena para asegurarlo a una de las chimeneas mientras gritaba como un poseso mirando a la torre. Lo hacía sin parar, saltando mientras anudaba el cable. Ya suponía que esta llamada de atención también alertaría a mis perseguidores, pero debía hacerlo, y si llegaban a la azotea, tendría que lanzarme por el cable que caía por la fachada.

Pero no los vi venir. Aparecieron dos energúmenos que comenzaron a golpearme, quería gritarles algo pero me callaban la boca con puños y pies. Me ataron las manos a la espalda y al ponerme en pié un estruendo nos hizo estremecer. A unos mil metros una masa de humo, espesa como una nube, crecía a ras del suelo y se expandía por los lados mientras por su centro un enorme cohete se elevaba con aparente suavidad a los cielos. Nos quedamos quietos y callados observando el espectáculo; yo quería llorar en ese momento, pero lo impedía mi desesperación; estaba abatido.

Uno de los gorilas, anonadado por lo que veían sus ojos, dijo con voz suave: “¡Qué maravilla…!”. “¿Maravilla?”, le repliqué, “¡Soy el piloto!”.


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NOTA: Foto tomada prestada del blog "Antiblog Político" donde se muestra la detención de un manifestante mejicano en 1968.



jueves 17 de septiembre de 2009

El cazador.





Soy cazador, y considero esta actividad como una guerra silenciosa entre cazador y presa que solo puede terminar con un disparo. Tras el disparo hay un vencedor y un vencido; el vencido puede perder la vida o quedar herido en su orgullo; el vencedor conserva la vida o gana una pieza.

He matado ciervos, jabalíes, osos, lobos… y siempre he procurado hacerlo en distancias cortas, acechando silenciosamente, mimetizado, y cuando tengo el arma encarada, con la seguridad de triunfar de nuevo, hago un pequeño ruido para que la victima me mire, y en ese instante en que nos miramos a los ojos, disparo. Quiero que se considere vencido antes de morir; que sepa por qué muere, que tenga sentido su último suspiro.

He aguantado la mirada de todos esos animales, pero la mirada de Paca me desarma desde el día que la conocí. A veces está mirando al infinito por la ventana de la cocina, y se que aún piensa en él. Quizá debiera ponerme celoso pero al notar mi presencia me mira, sonríe, y se disipan mis dudas. Sé que sus besos son solo para mí, y solo yo disfruto de su cuerpo; valioso premio por cuidar de ella y de sus hijas.

Era la mujer de Juan, el alcalde republicano del pueblo. Yo no comulgaba con sus ideas, pero nuestra relación era afectiva y fluida; nos visitábamos, discutíamos a la sombra de un vaso de vino y nos ayudábamos a la hora de llevar a cabo algún mandato municipal nuevo. Y todo ello para ver a Paca de cerca, contar con su mirada y la visión de su cuerpo, su sonrisa, su voz… pero estaba muy lejos de poder ser alcanzada de forma natural, con su aceptación y su amor.

También soy el mayor terrateniente de la comarca, lo que me hace ser respetado y conocido mas allá de sus fronteras, y muchas de las noticias del exterior llegan primero a mí antes que al resto de los habitantes del pueblo, por eso acudí a echar una mano a Juan cuando me llegaron noticias de los acontecimientos bélicos en la zona.

- Juan, debes irte, las tropas republicanas se retiran y pronto entrarán tus enemigos al pueblo.
- Pero… ¿A dónde voy con mi familia? – me respondió – La frontera está lejos…
- Debes irte solo, no puedes arrastrar a Paca y a las niñas. Mira, esa gente me respetará a mí y no las pasará nada, te lo prometo. Ve a esconderte a la cabaña de caza que tengo en el valle, la que está alejada del río y del camino. Te haré llegar comida, y con el tiempo podrás regresar.

Aceptó la idea y se marchó rápidamente; y por fin Paca me regaló un abrazo.

Paca y las niñas vinieron a mi casa y las protegí en todo momento, lo que hizo que el corazón de Paca se ablandara y cayera a mis brazos un año más tarde. Podría haberla dicho que Juan murió, pero temí el maldito luto y que se alejara físicamente, por lo que decidí aceptar que ella pensara en él de vez en cuando, en cómo sería su vida allá donde estuviera, mientras no interfiriera en nuestra relación; relación que fructificó en el nacimiento de dos estupendos varones.

Me está eternamente agradecida, por defenderla, por defender y cuidar a sus niñas, por cuidar de Juan hasta que le dije que tuvo que huir más lejos y no supimos más de él… A veces me acaricia los cabellos y me sonríe, y un inmenso placer recorre mi cuerpo cuando clava su mirada en la mía haciéndome sucumbir a sus deseos.

Es la única mirada que me vence, ni la de los ciervos, ni la de los osos, ni siquiera la de Juan cuando descargué mi escopeta sobre su rostro…

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NOTA: Fotografía denominada "El cazador" de autor español anónimo y fechada hacia 1930. Encontrada en el blog "Colección de Fotografía Antigua" de Alonso Robisco.



miércoles 9 de septiembre de 2009

El espía de Cazorla.




La ciudad de Cazorla se encuentra en la frontera del imperio árabe, y el Islam debe hacer todo lo posible por defenderla, ya que es una plaza crucial para los cristianos si quieren llegar a Granada. Llevan muchos años defendiéndola de los continuos ataques cristianos con su potente muralla y la ayuda militar recibida de los castillos de La Yedra y de Las Cinco Esquinas, pero no sería posible sin la ayuda de la población, quien en nombre de Alá sacrifica sus vidas y las de sus familias por la defensa de la religión verdadera.

Para poder mantener ese espíritu en los fieles, una de las decisiones tomadas por los mandatarios islámicos fue enviar un califa de forma casi permanente que mantuviera a la población prevenida y adiestrada, ejerciendo su poder único para interpretar las leyes del Corán, pero Abdul no parece muy conforme con su comportamiento.

Abdul fue un alumno aventajado en la escuela ismaelita y aunque los discursos del califa son excelentes y muy convincentes, sus cotidianas salidas a zona cristiana para, según él, estudiar y vigilar el terreno, no le convencen. No se rodea de los sabios para asesorarse antes de emitir un juicio, sino que lo hace de rudos esbirros que le siguen en sus salidas y con los que se reúne a puerta cerrada. Así que envió un mensaje al Maestro de los ismaelitas, informando del dudoso comportamiento del califa, tal y como se le ordenó al finalizar sus estudios: ejercer siempre la función de vigilancia de que se siguen los mandatos de Alá al pié de la letra, es decir ser espía del Maestro, y recaudar fondos para su orden.

Eso fue meses atrás y no había respuesta alguna. Se retrasó la entrega de la recaudación y no se atrevía a enviar tal cantidad con mensajero, por muy fiel que fuera, y llevaba días dudando si enviar de nuevo el mensaje. Un día, de regreso a su humilde hogar a última hora de la tarde, llamaron a su puerta. Un hombre de larga barba, de estatura mediana y con vestimentas de viajero franqueó la puerta nada más abrirse.

- Abdul, recibimos tu llamada.

Abdul respiró aliviado, ya que por un momento pensó en algún ladrón que le atacaba en su propia casa aprovechando la primera hora de oscuridad. Cerró la puerta con premura y ofreció comida y agua al recién llegado, quien la aceptó amablemente. No quiso dar su nombre y apenas hablaba; solo dijo que llegaría en breve un compañero de viaje, que como él, lo haría entrada la noche para no ser visto. Rezaron las últimas oraciones y durmieron.

A la mañana siguiente, tras las abluciones, el viajero pidió a Abdul que se comportara de la forma habitual para que nadie sospechara que tenía huéspedes; así que visitó el mercado de frutas, la mezquita y a su amigo el fabricante de calzado. Al regresar a su casa, el enigmático viajero estaba relajado, leyendo el Corán sobre un diván.

- Abdul, -dijo- dame algo de comer mientras hablamos.

Compartió con él los pocos manjares de los que disponía, ya que no pudo comprar más para evitar sospechas, y esperó impaciente a que hablara.

- Al parecer, el Maestro ya había recibido sospechas del califa de Cazorla, pero ninguna certeza. Con tu mensaje le hemos espiado de cerca y le hemos informado. El califa tiene contactos con los infieles, probablemente negociando la rendición de Cazorla. Esta noche vendrá de Alamut un mensajero y le pedirá audiencia en nombre del visir Persa.

Abdul quedó contento por haber sido atendidas sus pesquisas por el mismísimo Maestro, y sonrió. En sus oraciones agradeció a Alá su bienaventuranza y siguió ofreciéndose a Él en la lucha por el mantenimiento de la verdad. Y al oscurecer, llegó el segundo viajero, tan polvoriento como el anterior y con un notable equipaje a la espalda.

Era joven, no parecía guerrero de la orden ismaelita del Maestro y apenas hablaba. Saludó a la manera islámica y abrazó sonriente a Abdul. Sus ojos estaban invadidos por la emoción y se le notaba bastante nervioso, pero muy decidido a cumplir su misión con entusiasmo. Comieron, bebieron y rezaron las oraciones.

- Abdul, - dijo el primer visitante, - antes del amanecer mi compañero saldrá de tu casa e irá a la entrada de la ciudad para hacer creer que llega de viaje. Pedirá audiencia al califa y le entregará el mensaje. A partir de mañana cambiarán las cosas; ya lo verás.

Cuando Abdul despertó, el mensajero estaba vestido de gala; ahora sí parecía el mensajero de un gran personaje, con su hermoso turbante y su espada, su faja roja y mocasines dorados. Esta vez se mostraba tranquilo y ya había rezado sus oraciones; tomó unas frutas y bebió agua, y se fundieron los tres en un fuerte abrazo antes de que partiera.

La mañana transcurrió tranquila. Abdul visitó de nuevo a su amigo el fabricante de calzado, quien le informó de la visita de un elegante extranjero al califa, que le recibiría durante la comida, ya que salía de la ciudad con sus esbirros a visitar los campamentos exteriores.

- Era un elegante mensajero, – dijo el amigo – no debía hacerlo esperar.
- Quizá el mensaje no era importante.- Contestó Abdul, quitando importancia.

Al regresar, el primer mensajero aún estaba en su casa, esta vez, impaciente. Abdul le informó que aún el califa no había recibido al mensajero, y que al parecer esperaría a la hora de la comida. Probablemente comerían juntos, como solía hacer el califa con los visitantes.

- Abdul, debo irme en cuanto mi compañero cumpla su misión, pues debo ser yo quien informe al Maestro de su cumplimiento. – Dijo con nerviosismo. – Tenme preparada la recaudación para la orden, y me iré cuando sepamos el resultado de la misión.

Y así lo hizo. Le entregó una pesada bolsa de cuero repleta de monedas y se dispusieron a comer, cuando un griterío los sobresaltó.

- ¡Misión cumplida! – dijo el viajero. Abrazó fuertemente a Abdul, recogió su pequeño equipaje y se dispuso a salir de la casa. – Nunca cuentes lo que de verdad ha ocurrido.

Y desapareció entre la aturdida multitud que corría por las calles.

Hasta su casa llegó el fabricante de calzado quien, jadeante, informó a Abdul de lo ocurrido en el palacio del califa. Cuando el mensajero logró la audiencia y se encontraba ante el califa, al ir a abrazarlo cortésmente, éste sacó su espada e hizo rodar la cabeza del califa a los pies de sus esbirros, quienes acabaron con el mensajero inmediatamente.

Abdul nunca quiso pertenecer al ejército de la orden ismaelita. No se sentía capaz de soportar la disciplina, el aislamiento y la castidad exigidas, y nunca creyó las leyendas de los guerreros suicidas del Maestro, el Viejo de la Montaña, instruidos en el inexpugnable castillo de Alamut.

Ahora comenzó a creer.



miércoles 2 de septiembre de 2009

Premio de Autores Reunidos: El dibujante mágico





Ya os he contado que colaboro en el blog de Autores Reunidos. El administrador del blog propone un genero y un tema, y los colaboradores publicamos una narración basada en esa propuesta; puntuamos cada una de ellas y se otroga un premio a las más votadas.

Esta vez el tema era un cuento de género infantil. Nunca lo había intentado, y de hecho, como en otras ocasiones, una vez iniciada la idea no sabía como terminarla. En este caso acabé borrándola, pero estoy en el grupo de los más votados

Muchas gracias a todos los que me votaron, y a mis lectores les animo a visitar el blog deAutores Reunidos para deleitarse con narraciones de muy buena calidad.

Y ahora, os presento el relato de mi colección que ha sido galardonado: El dibujante mágico.



- ¡Niños! –gritó la maestra- ¡Atiéndanme!

Los niños se callaron obedientemente y observaron desde sus pupitres a la joven maestra.

- Vamos a intentar dibujar cada uno de nosotros un globo; como los que vemos en las ferias. El globo más bonito lo pondremos en la pared como parte de un mural que iremos haciendo día a día. ¿Lo habéis entendido?
-¡Siiiiiiii!- contestaron los niños

Juanito dibujó un globo con mucho detalle, se veía el nudo para que no se escapara el gas (porque era de gas, como en la feria) y una cuerdecita para sujetarlo y que no se escapara. Ocupaba todo el papel y decidió que tenía que ser rojo. Cuando terminó de colorearlo sujetó el papel con las dos manos y contempló su dibujo. Ante su asombro, el globo salió flotando del papel y se escapó por la ventana.

Al parecer nadie lo había visto; solo él fue testigo de tan asombroso caso y quedó atónito mirando el globo hasta que desapareció tras unos árboles. En ese momento la maestra le dio unos golpecitos en el hombro.

-Juanito, ¿Dónde está tu globo?- preguntó.
-Voló por la ventana- respondió. El aula se llenó de muchas risas.

La maestra le enganchó de una oreja y casi en volandas lo llevó al rincón.

-Está muy feo que desobedezcas, –dijo- pero está peor que me faltes al respeto. Estate mirando a la pared hasta que termine la clase.

Juanito regresó a casa pensando en el globo y muy arrepentido de contar a la maestra cosas increíbles si uno no las ve. Decidió no contárselo a sus padres y, ya en su habitación, cogió un papel en blanco y se puso a pensar en qué dibujaría ahora. Se tocó la oreja sin querer y recordó el doloroso tirón de la maestra, que por cierto, vivía en la casa de enfrente. Entonces decidió vengarse.

Dibujó un clavo, también con mucho detalle, dejando claro que la punta estaba muy afilada. Cuando terminó sacudió el papel y de allí salió un clavo tintineando mientras rebotaba por el suelo; lo recogió y salió a la calle, buscó el coche de la maestra y colocó el clavo bajo la rueda de forma que se clavara al arrancar.

A la mañana siguiente, como la maestra tardaba en llegar, hubo mucho jaleo en clase, y nadie reparó que Juanito llenaba un folio de puntitos negros, muchos puntitos negros y que sacudió el papel en la silla de la maestra, regresando a su pupitre con el papel en blanco.

Al llegar, la maestra se disculpó por la tardanza y se sentó en la silla muy apurada.

- ¿Os acordáis que vamos a hacer un mural?- dijo.
- ¡Siiiii! – respondieron los niños.
- Vamos a poner el globo que ha dibujado Laura, por ser el más bonito de todos.- dijo la maestra, y se levantó para colocar un globo rosita en un lugar estratégico de la pared. Su falda blanca apareció con una gran mancha negra en la parte de atrás, lo que provocó un ‘¡Halaaaa!’ generalizado en los niños. La propia Laurita informó a la maestra del estado de su falda, y salió del aula ante el regocijo de unos cuantos alumnos.

Unos momentos después entró la directora y los mandó callar. Vio el estado de la silla y se la llevó de nuevo para limpiarla, pero regresó en seguida.

- Mientras vuestra maestra va a casa a cambiarse de ropa, vamos a realizar el siguiente dibujo del mural: un pájaro. Por supuesto, volando. El mejor dibujo se pondrá junto al globo. ¡Vamos!

Juanito pensó que esta vez se notaría mucho su magia, por lo que se esmeró en hacer una bonita paloma. La directora paseaba entre las mesas vigilando lo que dibujaban los niños, por lo que procuró ser limpio y cuidadoso. La paloma quedó perfecta, y para que no escapara, levantó la encimera del pupitre y guardó rápidamente el dibujo en la cajonera, con tan mala suerte que la directora vio su movimiento.

-Juanito, ¿Qué escondes en la cajonera?
- Nada, señora directora. He guardado el dibujo.
- No puedes guardarlo; debes entregármelo.- Y se acercó al pupitre- Abre la cajonera, quiero ver lo que escondes.

Como Juanito no se atreviera, la directora se acercó y la abrió ella. De allí salió revoloteando una blanca paloma ante el susto de todos los presentes, y entre gritos de socorro y sollozos, tras varias vueltas sobre sus cabezas, la paloma salió por la ventana y desapareció en la distancia.

Esta vez Juanito llegó a casa con las dos orejas escocidas y muy coloradas. La directora pensó que llevó la paloma para asustar a toda la clase y tras el tirón de orejas le colocó en el rincón de rodillas. Ahora solo pensaba en como vengarse de la directora, dibujaría un enjambre de abejas y metería el dibujo por debajo de la puerta de su despacho justo después de terminarlo, o culebras venenosas o incluso un perro rabioso….

Pero se observó la mano y vio cómo desaparecía, dejó de sentir las piernas y antes de que pudiera protestar desapareció por completo. Después de todo no era más que un dibujo, un personaje de ficción que fue creado con un don que no sabía utilizar haciendo el bien y harto de los resultados su creador decidió borrarlo.

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miércoles 26 de agosto de 2009

El brujo infinito




El anciano y famoso gran mago Don Anselmo Yarza de Ross yacía en su lecho paladeando los últimos instantes de su vida.

Hacía unas horas que dijo sus últimas voluntades a su fiel abogado y pidió a Manuel, su hijastro y alumno, que se mantuviera junto a él para darle sus últimas instrucciones. Agarró su mano y contempló su figura con perceptible felicidad, satisfecho por el trabajo realizado en la persona de ese joven.

Recordó aquel soleado domingo, hace veinte años, cuando visitó a la familia Mencía y lo descubrió escondido en el jardín de su mansión. El pequeño le preguntó cómo hizo para descubrirlo estando tan quieto y callado. ‘Soy mago, respondió, pero no he utilizado mi magia. Escuché tu respiración.’ Bastaron unos minutos para que aprendiera, de una breve lección, cómo no ser descubierto.

Don Anselmo observó, ese mismo día desde el balcón de la mansión, a la institutriz agobiada por no encontrar al niño que estaba prácticamente a sus pies, junto a un arbusto. Aprendió rápido; con poca práctica en pocos años lograría la invisibilidad. Maravillado por esa facilidad en el aprendizaje, decidió tenerle como alumno privilegiado al que pasar su sabiduría, no solo del ilusionismo y la magia, sino también de la brujería, que era en realidad lo que le hacía sentirse dueño del universo.

Los padres de Manuel, Don Javier y Doña Amelia, no aceptaron la oferta de Don Anselmo para que el niño viviera prácticamente en su mansión. Manuel y sus padres eran la familia Mencía al completo, y no querían desmembrarla ni con la promesa de un futuro prometedor para el menor, ya que con sus propias riquezas, dicho futuro estaba asegurado. Pero esto no es un obstáculo para un brujo.

Bastó una mirada a la institutriz para que ésta se rindiera enamorada a sus pies, y se reunieran varias veces a la semana para saciar su sed de amor y de noticias de los Mencía. De esta manera obtuvo la información necesaria para poder urdir un plan limpio y sin sospechas. Es demasiado fácil cuando las personas a tratar son escrupulosas con el tiempo; la hora exacta para comer, para el té o para ir al trabajo.

Don Anselmo pasea por una concurrida calle llevando a la institutriz de su brazo; se miran amorosamente al pasar ante una cafetería en la que todos los días a esa hora Doña Concepción, intima amiga de Doña Amelia, toma su té con pastas. Doña Amelia y Doña Concepción no se cuentan sus chismes por teléfono para que el personal del servicio no se entere y hagan correr rumores por vías que no controlan; quedan por la mañana para pasear y dialogar amigablemente. Cuando Doña Concepción observó la escena, se comunicó con su amiga para concretar la cita al día siguiente. Cada vez que esto sucede, Doña Amelia pide a su marido que la acerque en coche al punto de reunión, por lo que a las nueve de la mañana, y ni un minuto más tarde, se abrirá la verja y saldrá el coche con el matrimonio en su interior.

La mansión de los Mencía se encuentra alejada del centro de la ciudad pero en una calle comercial, con edificios de viviendas de tres alturas y poco bulliciosa. Ante la verja hay un semáforo que estará verde cuando el del cruce de peatones anterior esté rojo para vehículos, lo que facilita al chofer de los Mencía calcular la velocidad con la que salir para no tener que parar en la puerta, hecho que disgusta tanto a Don Javier. Dos manzanas más y llegamos a la única sucursal bancaria del barrio, a la que todos los días a esa hora llega el furgón del dinero. Todo es fácil si funciona como un reloj.

Un poco más atrás del paso peatonal se encontraba Don Anselmo, sentado en un banco con una rata entre sus enguantadas manos y a la que daba instrucciones con su boca cercana a la oreja del animal. La dejó, por fin, en el suelo y ésta corrió pegada al borde de la acera hasta la base del semáforo y se introdujo no sin complicaciones en el interior del poste por un pequeño hueco que dejaba una tapa mal cerrada. Unos chispazos y unos hilillos de humo salieron por aquella tapa y el semáforo se quedó fijo con su luz verde; Don Anselmo se levantó y cruzó la calle sin mirar.
El furgón del dinero tuvo que frenar para no atropellarle y pidió disculpas mientras terminaba de cruzar. El conductor arrancó y aceleró para recuperar el corto tiempo perdido. Eran las nueve de la mañana, y el coche de Don Javier, como siempre, salió a la calle sin que su conductor mirase hacia el lado en que fue fuertemente embestido por el furgón del dinero. Si la distancia no es excesiva, con gasolina y calor, no hay dificultad en que un brujo provoque la chispa que origine el incendio en un coche accidentado. Pero oficialmente, según la prensa, una rata electrocutada al morder unos cables fue la causa de que ambos semáforos estuvieran en verde, provocando tan fatal accidente.

Lo demás vino solo. Gracias a los buenos informes de la institutriz en los que recalcaba la gran amistad con la familia, y unas cortas miradas a algún funcionario, Don Anselmo consiguió la adopción de Manuel Mencía, llamándose a partir de entonces Manuel Yarza Mencía, para mantener su nuevo apellido junto al original. De nuevo bastó una mirada para que el desamor anidara en el corazón de la institutriz, y volviera a desaparecer de su vida.

Don Anselmo se preocupó de la salud y del físico de Manuel como primer objetivo; el deporte y la alimentación fueron muy importantes en los primeros años de instrucción. Para poder empezar siendo ilusionista tenía que tener una extremada habilidad en manos y dedos, saber desviar la atención hacia la parte más alejada del truco, ser atractivo, seductor, culto… Más tarde, le dijo, comenzarían con la magia, concentrarse en una llama para apagarla, en una vela para encenderla… pero para ello se necesita un gran control de sí mismo para utilizarla con naturalidad, y terminarían con el gran complemento que es la brujería, cuyos conocimientos estaban en sus arcanos libros que debiera estudiar para conocer los secretos de los conjuros más importantes.

Han pasado veinte años y Manuel Yarza es conocido en los círculos más selectos y nadie duda que alcanzará la fama de su padrastro; quien sabe si la superará. Para ello ha llamado a su abogado en su lecho de muerte. Todo cuanto posee está inventariado, sus terrenos, sus palacios, sus libros… todo pasará a las manos de Manuel, incluso recuperará las posesiones de su padre pasando a ser de los más ricos de la ciudad, pero aún le queda algo por hacer, y por eso lo mandó llamar a su lado.

Muchas veces pensó que con su muerte debiera irse toda su sabiduría; otras pensó que su muerte le daría descanso eterno y nada malo habría en que alguien continuara su tarea, pero otras creía que no debiera morir nunca quien poseyera tanta sabiduría.

Mantenía las manos de Manuel apretadas contra su pecho y por su boca comenzaron a salir ininteligibles palabras con voz cavernosa que aturdieron por un momento a Manuel, que acercó su oído a la boca de su padrastro y maestro para intentar entenderle.

- Manuel – dijo – has aprendido los principios de la magia y te he contado lo que se puede conseguir con la brujería. Hablar con los muertos que nos ayudan a solucionar los peores avatares que nos proporciona esta vida; atraer fuertes vientos, tormentas, provocar crisis en familias o gobiernos, crear enfermedades, curar males de amor o provocar mal de ojo… te he contado todo lo que se puede conseguir menos una cosa…

- Dime, padre, ¿qué me falta por saber? – dijo Manuel acercándose aún más.

Don Anselmo aprieta aún más las manos de Manuel sobre su pecho y tras un último conjuro confiesa con casi imperceptible voz:

- La transposición de las almas…

Ambos se retuercen en fuertes convulsiones. Manuel no consigue zafarse de las manos de su padrastro y sus ojos se ponen en blanco, hasta que el cuerpo de Don Anselmo lanza su último suspiro y Manuel cae sobre él. Unos minutos después Manuel se incorpora empapado en sudor y respirando con dificultad observa el cuerpo yerto de Don Anselmo, al que cierra boca y ojos y coloca sus brazos a los costados. Ya más tranquilo observa sus manos y toca su propio cuerpo como comprobando que todo está en su sitio; se acerca al armario y se mira al espejo; sonríe; está conforme con su nuevo cuerpo y desea dar comienzo a su nueva vida.


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miércoles 19 de agosto de 2009

La mujer del libro




Me pareció un lugar casi vacío. Al entrar y ver su silueta de espaldas sobre la banqueta alta ya no vi más que su lacio y negro cabello caer suavemente sobre su espalda. Su figura se adivinaba bajo un ceñido vestido largo, color violeta, que dejaba desnudos sus brazos sobre la barra del bar.

Estaba tan absorto que no advertí que obstruía la entrada hasta que un hombre me dio un toque en la espalda. Me acerqué a la barra y me situé en un tramo de ésta perpendicular a la de la mujer y muy cerca de ella, donde podía observarla mejor.

Leía un libro con suma atención mientras sorbía un humeante café que dejó en su plato para extraer un cigarrillo de una cajetilla que tenía sobre el mostrador y que sin apartar la mirada del libro se llevó lentamente a los labios. Tomó su pequeño bolso y lo colocó sobre las piernas para hurgar en su interior y extendí mi brazo con un mechero encendido en mis manos.

Me miró con sus hermosos ojos verdes y el resto del mundo quedó congelado. Acercó el cigarrillo a la llama, ciñó los labios para absorber mejor, lo aparto de su boca, me dio las gracias con una sonrisa que casi paralizó mi corazón y regresó a su lectura.

Aquella escena aún la tengo clavada en mi mente como si se tratara de una película. El café y el cigarrillo mezclaban sus humeantes aromas en derredor suyo mientras que aquellos inquietos ojos corrían con entusiasmo por la página del libro. De vez en cuando se pellizcaba con dos dedos los apenas pintados labios en un gesto de concentración que reafirmaba su belleza natural, o se llevaba una mano a la espalda, para arrascarse o mitigar un pequeño dolor, y en esa postura sus redondos senos crecían hasta el tamaño ideal, según mi entender, perfilándose bajo el vestido sus pequeños pezones.

El camarero trajo mi bebida y puso un vaso de agua junto a su café. Apenas tomó unos sorbos; los suficientes para que sus sensuales labios brillaran unos instantes y la puntita de su lengua se dejase ver sobre su comisura para evitar la caída de una pequeña gota con ayuda del dedo corazón de su mano. En ese maravilloso momento, en que el libro quedaba abierto sobre el mostrador sin presión alguna, se elevó por una de sus pastas dejando ver el título del libro. ¡Oh, mi admirado Gabo!

Cuando se llevó a los labios otro cigarrillo también me ofrecí a encenderlo y aproveché para iniciar conversación a costa del libro que estaba leyendo. Me miraba con interés mientras le contaba anécdotas de Gabo y de su libro, y debía esforzarme para aguantar su mirada y su sonrisa sin abalanzarme sobre ella, hasta que tras la más bella carcajada que jamás haya oido y tras un corto silencio en que nuestras miradas quedaron clavadas, llegó el beso que me dejó derretido y esclavo de su voluntad.

Después de aquello…. ¡qué os voy a contar! Ya en privado tardamos veinte minutos en desnudarnos; lo hicimos despacio, mientras nuestras manos inspeccionaban nuestros cuerpos y nuestras bocas hurgaban una dentro de la otra, entrelazando lenguas, o besuqueando cuello, mordiendo lóbulos de las orejas… y una vez desnudos nos dejamos caer sobre la cama. Yo quería que toda mi piel cubriera su cuerpo y a la vez que todo mi ser estuviera dentro de ella, y aquella batalla terminó en dos explosiones simultáneas sobre un amasijo de cuerpos y sábanas.

No regresé a aquél lugar. No se qué haría si ella no estuviera o, no se si peor, estuviera hablando con otra persona. Prefiero guardar el recuerdo de aquella ocasión tal y como la sentí; acercamiento, preámbulo y final. ¡Si señor! ¡Como una gran profesional!



miércoles 12 de agosto de 2009

La invasión




- ¡Maldita sea la madre del que diseñó esta invasión!

Nadie pudo oírle. El compañero más cercano a Raúl se encontraba a unos cinco metros y el ruido de las explosiones dificultaba la comunicación hablada. Casi constantemente estaba agazapado, encogido, tapándose los oídos, y esta vez le cayó muy cerca.

Tenían que subir una escarpada cuesta para dinamitar un puesto de ametralladoras muy bien parapetado. Tras el puesto, el enemigo lanzaba granadas sin parar hacia su ángulo muerto impidiendo siquiera pensar cómo avanzar. El valle era muy estrecho, y al otro lado del puesto había una pared natural con altura suficiente como para que no se pudiese recibir ayuda aérea; en definitiva, el puesto tenía una posición inmejorable y controlaba la entrada al valle a la perfección. Al final del valle comenzaba una extensa llanura en la que se estaban desarrollando las primeras batallas entre bombardeos aéreos y armamento pesado. El ejército accedió por el norte con sus tanques y demás material, y previendo un ataque defensivo masivo, alguien decidió que el grueso de infantería, con todo el material de abastecimiento (gasolina, munición, alimentos…) accediera ‘fácilmente’ por los valles del este, ya que parecía imposible un puesto de este tipo en tan escarpada entrada.

La avanzadilla consistía en siete hombres, de los que tan solo uno de ellos portaba lanzagranadas, y fue el primero en caer, rodar cuesta abajo unos metros y quedar en el punto más visible del puesto. El hombre estaba muerto, y no se podía recuperar su arma. Inmediatamente después, sin tiempo para pensar, una granada destroza la radio y la pierna de su portador, que yacía desmayado y sin posibilidad de recibir ayuda. El convoy se encontraba tres kilómetros atrás, parado, esperando una señal para avanzar.

Raúl se preguntaba qué hacia él allí. Desde pequeño huía de las peleas de la forma más cobarde y rastrera posible, lo que a veces daba como resultado una paliza mayor y la vergüenza de mostrar sus lágrimas en público. A los doce años decidió retirar la huida de su estrategia, lo que le daba algo de dignidad, pero su actitud pacífica le señaló como blanco de chanzas y burlas que no pararon hasta su entrada en el ejército; pero se acabaron las palizas.

Se acabaron las palizas entre otras cosas porque Raúl miraba fijamente a los ojos de su futuro agresor y hacía ver que de ese punto no se podía pasar; que a partir de ahí podría responder de forma, quizá, descontrolada. Ahora no se arrepentía de su actitud. La taquilla del cuartel estaba abollada por los golpes que ‘sin querer’ le daba el portador del lanzagranadas. No se perdonaría en estos momentos el haberse enfrentado a él violentamente.

El soldado que llevaba la radio nunca le había gastado una broma, pero recordaba sus sonoras risotadas cuando encontraba su cuchilla de afeitar embadurnada de crema de dientes bajo la cama. Ahora distinguía su respiración y le gustaría ayudarle si pudiera acercarse, pero probablemente moriría.

Dirigió la mirada a Pedro, el peor de todos, el cabecilla de los bromistas de peor gusto, su inspirador. Pedro le hizo un gesto preguntando ‘¿qué hacemos?’ y respondió encogiéndose de hombros y señalando al puesto como diciendo: ‘Habrá que subir’. Los otros tres soldados hicieron un movimiento para reunirse; craso error. Una nueva granada cayó entre los tres haciendo una carnicería y empujando a Pedro a la posición de Raúl que tuvo que esforzarse para no caer con él monte abajo.

Raúl le sujetó fuertemente mientras corrieron por su cabeza las imágenes de sus empujones, zancadillas, bromas en el comedor que le costaron el alimento del día… pero no le guardaba ningún rencor. Le acomodó a su lado y le dijo al oído: ‘Estamos solos’

Entonces Pedro le dio su arma, se hizo un ovillo tras una pequeña roca y comenzó a llorar gritando: ‘¡Vamos a morir y no quiero!, ¡No quiero!’. Raúl quiso entonces callarle la boca para que no mostrase su posición al enemigo, darle un culatazo en la nuca o matarle allí mismo. Empezaba a calentársele la sangre y cuando se levantó para golpear a Pedro les llovió una ráfaga de ametralladora. Sintió el dolor en un brazo pero la rabia subió de golpe y dejó de pensar. Se puso de pie y comenzó a avanzar cuesta arriba mientras disparaba desaforadamente con las dos armas y vio caer un hombre por un lado mientras veía rebotar sus balas en la ventana del puesto. Se deshizo de una de las armas y, sin dejar de avanzar ni de disparar, cogió una granada de su chaleco, arranco la anilla y la lanzó por encima del puesto con la intención de que cayera en la entrada, y antes de que estallara ya había lanzado la segunda por el ventanuco en que asomaba la ametralladora.

Toda la munición acumulada estalló ruidosamente haciéndole tambalear, pero logró alcanzar la entrada del puesto y descargó lo que quedaba de su arma hacia el interior. El viento dispersó rápidamente el humo, y Raúl pudo ver la masacre; no sabía cuántas personas podía haber allí debido a la desmembración de los cuerpos mezclados con sangre y fuego. Sintió nauseas y apartó la mirada, dirigiéndose colina abajo.

Pedro seguía acurrucado, temblando y sollozando, pero no paró ante él; bajó al camino e hizo señas para que le viera el vigía del convoy. Cuando escuchó el ruido de camiones y vio la polvareda, se sentó sobre una roca a esperar. Tenía heridas en los dos brazos, en una pierna y una brecha le tenía ensangrentada media cara. Un soldado se acercó corriendo a tiempo para recogerle desmayado en sus brazos.

Dos semanas más tarde, en el campamento de campaña y con tres mil hombres formados ante él, Raúl se dirigía ayudado de muletas hacia un mando que le iba a condecorar. Mientras éste colgaba la medalla en su pecho, le dijo:

- Soldado, tienes derecho a pedir cualquier cosa que te podamos dar.
- Llévenme a casa – respondió.


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