martes, 30 de junio de 2009

Graffiti y Premio


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Autores Reunidos es un blog literario en el que colaboro con algunas narraciones. Sus creadores plantean un género y un tema y los colaboradores debemos ceñirnos a ello con una narración que se publica y se vota entre todos.

En este caso el género fue Fantasía y el tema "Yo, el protagonista" y se trataba de contar una narración en la que el personaje se introduce en otra historia de fantasía, como en 'La historia interminable' o 'La rosa púrpura de El Cairo'. Mi narración no está contada en primera persona, pero fue admitida y premiada junto a otras dos narraciones.

El hecho de premiar una narración por votación de otros narradores da cierto prestigio al premio y me enorgullece enormemente. Os invito a leerlas y a participar a todos aquellos que les guste este reto.

Esta es la historia, llamada "Graffiti":

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Carlo y Poli se sentaron en el bordillo de la acera. Contemplaban el grafiti del muro que los separaba del ferrocarril y del resto del mundo; nunca habían salido del barrio. Esa larga calle junto a otras dos paralelas y unos cuantos callejones que las unían era todo cuanto conocían; allí se habían desarrollado las aventuras que la imaginación de sus diez años eran capaces de crear.

Jugaban a la vida que creían que llevaban sus padres y hermanos, quienes a menudo desaparecían por una temporada en sus destartalados coches y aparecían a veces con dinero y un pequeño regalo para las madres. No había suficiente, y las madres desaparecían a diario subiéndose a un autobús que aparecía y desaparecía al final de la calle. Algunas de las chicas jóvenes desaparecían por la noche en los mejores coches, con las mejores ropas, repeinadas y con falda corta, y aparecían a media mañana despeinadas, con la pintura de la cara distribuida en manchurrones y con aspecto general cansado. Aparecer y desaparecer; esa era la cadencia y variación que marcaba los ritmos de sus vidas.

A veces el hermano de Carlo traía comics de aventuras y los devoraban con avidez en ese mismo lugar. Esa era la única noticia que asimilaban de que otros mundos existían, totalmente distintos a este, con grandes edificios en vez de chabolas, coches flamantes y ruido; mucho ruido. A los pocos días se llevaban esas historias con las promesas de traer otras; ‘las tengo que cambiar’, decía el hermano de Carlo, y regresaban a la rutina de la soledad, esperando su regreso; pero esta vez no regresó.

- Mi hermano no ha vuelto esta vez – dijo Carlo – y mi madre está llorando. Primero muere mi tío, y ahora esto. Algo ha pasado, pero no me lo quieren decir.

Seguían mirando el grafiti, tristes, con impotencia por no tener edad de participar en las rutinas de los mayores, con sus imprevistos y sus peligros.

- He oído en casa que lo han detenido, - comentó Poli - pero que no era para tanto; que peor ha sido lo de mi hermana.
- ¿Qué le paso?
- La violaron ayer.

Se quedaron callados de nuevo. Ninguno de los dos sabía qué podían hacer, cómo consolar a los padres y hermanos que lloraban con dolor a escondidas de los más pequeños; ellos.

- Mi madre dice que en este mundo no hay más que problemas, – afirmó Carlo – y que nadie hace nada por resolverlos.
- Carlo, - preguntó Poli - ¿Existirá un mundo sin problemas?
- No lo creo – respondió con decisión – pero sí debe existir uno en el que alguien intenta resolverlos.
- ¿Dónde crees que está ese mundo?

Carlo se puso en pie y recogió una piedra del suelo; tras unos segundos de silencio la lanzó con fuerza al grafiti.

- Detrás de ese dibujo. – respondió. - ¿Vienes?
- ¡Vamos!

Siguiendo la calle y la carretera del autobús, sería fácil ser encontrados. Había que arriesgarse. Sabían que los mayores escondían cosas en uno de los callejones levantando unas tapas del suelo, y que por ahí iba el agua de la lluvia y la que tiraban por el retrete; ese agua iría a algún sitio, como vieron en los comics, y por allí tendrían que ir. Calcularon la distancia y el camino a seguir para atravesar el grafiti por el subsuelo, luego buscarían una salida hacia arriba; la primera que encontraran. No les importó tener que andar con el agua fecal por las rodillas; lo preferían a las ratas que paseaban por el lateral del túnel. La luz del día que entraba por rejillas superiores los guiaba, pero intuían que sería imposible subir hasta ellas para salir. No importaba, buscarían otra más accesible. Por fin llegaron a una salida vertical que tenía una escala metálica y comenzaron a subir, pero llegaron a una gran sala con unos escalones estrechos en una pared que daban a una puerta. Había que seguir subiendo, y tras la puerta, más extraño todavía, una escalera de caracol les invitaba a continuar subiendo. Tardaron unos veinte minutos en llegar a una habitación sin más adornos que el agujero por el que llegaban, un ventanuco alto por el que entraba luz y mucho ruido y una puerta metálica. Se preguntaban si llegarían a algún sitio en algún momento. Abrieron la puerta y salieron a la terraza de un edificio muy alto.

Habían cambiado los colores; en esta parte del mundo los colores eran diferentes, no brillaban y el ruido que subía de las calles era ensordecedor, debía de haber miles de flamantes coches y autobuses ahí abajo. Carlo y Poli no se atrevían a decir palabra, estaban maravillados, contemplando por las ventanas de otro edificio a personas moviéndose en su interior. Y de pronto, oyeron voces provenientes de otra puerta parecida a la que atravesaron para llegar allí. Tenían que continuar.

Carlo abrió tímidamente la puerta y se quedaron paralizados por lo que tenían ante sus ojos. Allí estaban hablando amigablemente Supermán, Batman, y Spiderman. Batman advirtió su presencia y cogió unas ropas de encima de un banco de madera.

- ¡Vaya, habéis llegado! – dijo -¡Poneos esto y a trabajar!




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martes, 16 de junio de 2009

Emery de Villars-le-Duc, Caballero Templario


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Detuvieron a Emery cuando trataba de huir por las caballerizas del palacio templario; unos metros más y lo habría conseguido. Se había deshecho del manto y del hábito del Temple, se rasuró la barba y trataba de salvar la vida acuciado por su cobardía, pero no lo logró. La guardia del rey Felipe IV de Francia lo descubrió y acertaron en suponer que se trataba de un monje-soldado en huida.

Emery había sido caballero de la orden del Temple durante casi veinte años tras los ocho de rigor como hermano sirviente, pero ahora se encuentra en una celda real, atemorizado tras las torturas recibidas por parte de los caballeros del rey Guillermo de Marcillac y Hugo de Celles que le hicieron confesar que los actos imputados a la orden eran ciertos. Sus rodillas sangran tras recorrer la celda en posición de oración durante horas suplicando a Dios perdón por haber cedido ante el terror a la muerte.

Al oír gritos se empina para ver por el enrejado ventanuco de la celda como llevan en carretas a cincuenta y cuatro hermanos camino de la hoguera. Altivos van algunos soportando los insultos de la soldadesca, otros oran tranquilos con la cabeza agachada, y todos sabiendo que en breve se encontrarían con el Señor. Emery comprende que ninguno de ellos ha confesado pese a las torturas y comienzan a correr torrentes de lágrimas por sus mejillas. No quiere volver a negar a Dios, pero no quiere morir de forma tan dolorosa.

En ese momento entran dos soldados que le elevan y le arrastran fuera de la celda y tras varios pasillos le dejan caer ante un altar, y junto a él dos comisarios le explican en qué va a consistir el interrogatorio en presencia de varios notarios. Emery apenas escucha, saben que le preguntarán sobre la gran mentira que ha confesado y buscarán en sus respuestas la forma de culpar a otros hermanos; se encuentra débil tras tres días de ayuno y comienza a marearse. Alza la vista a los comisarios mientras llora y después se golpea fuertemente el pecho con los puños, mira el altar y alza los brazos gritando que todos los cargos imputados a la orden son falsos y que se abra la tierra y caiga al infierno si lo que dice es falso. Que él no tiene la paciencia ni la dignidad de sus hermanos, y a cambio de seguir vivo confesará cualquier error imputado a la orden y si hacía falta diría que él mató a Nuestro Señor, pero que no revelaran lo dicho a los hombres del rey, temiendo llegar a tener el mismo suplicio que sus hermanos templarios.

Los comisarios se conmovieron y sobreseyeron el caso, por el momento, ante el peligro de que otros testigos escucharan lo que Emery contaba bajo la presión de semejante terror.


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NOTA: Bajo el reinado de Felipe IV se suspendió la orden del Temple tras un proceso que se cerró el 3 de Abril de 1312. Apenas un mes antes llevan a declarar al caballero Emery de Villars-le-Duc y lo acaecido en la declaración queda escrito por los notarios, y yo aquí lo recreo. No se sabe cual fue el destino final de Emery.

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miércoles, 10 de junio de 2009

Volar


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Alfonsito lo que quería era volar.

Provenía de una familia no muy pudiente y su imaginación le llevaba a jugar con aviones de papel o con dos palos atados con hilo de coser que le cogía a su madre. Las batallas aéreas eran espantosas y tan ruidosas que su hermana le regañaba porque no se podía concentrar en sus estudios; entonces su avioneta recorría en silencio toda la casa, sobrevolando por todo el salón y aterrizando sobre la mesa. A veces realizaba cabriolas peligrosas pasando bajo las sillas o rozando la librería hasta que el piloto, exhausto, tenía que acudir a la llamada de la cena.

En su habitación, a solas y antes de acostarse, abría las manos y cerraba los ojos, realizando el último viaje del día, en el que como Supermán, volaba sobre ciudades y campos, persiguiendo locomotoras que arrastraban largas filas de vagones o de costado por estrechos desfiladeros, o remozándose de suaves nubes.

La economía casera parece que mejoró de golpe y un día su padre trajo regalos para todos. A él le regaló un avión comercial de pasajeros de plomo tan grande como la palma de su mano, y su alegría fue tal que todos descubrieron cual era su autentica afición desbordada.

Acabó coleccionando miniaturas de aviones de todo tipo y, cuando fue mayor, los libros sobre aviación fueron llenando su librería. Veía repetidas veces películas sobre el tema, tantas veces que no logró nunca tener compañía en esas actividades. Realizaba continuas visitas a museos, bibliotecas y aeropuertos con la cámara de fotos en la mano: esa era su vida. Pero cuando tuvo edad para ello no eligió estudios relativos a su gran afición.

Años antes de tener esa edad ya lo había decidido, cuando no pudo salir al balcón de casa de un amigo que vivía en un octavo piso. Sólo pensarlo le temblaban las piernas de forma muy notable y el ver a su amigo en la barandilla del balcón empinándose para mirar hacia abajo le producían copiosos sudores y temblor en la voz. Supo que no podría volar nunca fuera de su fantasía infantil.

Logró un buen trabajo que le permitía aumentar su colección y viajar, siempre en tren, autocar o automóvil, a algunas partes del mundo donde se exhibían vuelos acrobáticos, o famosos museos que no conseguían saciar su curiosidad sobre el vuelo. Eso era lo único que le mantenía vivo, pues a pesar de los intentos por entrar en alguna academia de vuelo, aunque fuera deportivo, de paracaidismo, ala delta, etc., nunca logró atravesar la puerta.

Así pasaron los años, en la soledad de su gran apartamento y manteniendo la costumbre de, todas las noches, levantar los brazos y cerrar los ojos. Ya había sobrevolado muchas ciudades, muchos montes, había dirigido bandadas de ánades, se había posado sobre escarpadas cumbres, conocía los aviones por la forma que recortaba en el cielo por muy altos que fueran, sus motores, sus planes de vuelo. Conocía el primer vuelo de cada uno de uno de los aviones, los problemas en su fabricación, el día de su finiquito y quiénes asisten a las fiestas de botadura y despedida… Hasta que un día decidió experimentar por sí mismo.

Tenía sesenta y tres años el día que Alfonsito apareció incrustado boca abajo sobre un coche aparcado a los pies de Torre de Madrid.

No lo consiguió.

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viernes, 5 de junio de 2009

Tengo miedo

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Debo tranquilizarme.

Estoy encogido bajo el lavabo, inmóvil y respirando muy suavemente, tratando de ser un cuerpo imperceptible, con la luz apagada a raíz de un ruido que proviene del salón. Como no reconozco el ruido, voy a repasar mentalmente mis movimientos durante las dos últimas horas.

Cuando entré, la casa estaba a oscuras y el cerrojo estaba echado, pues di varias vueltas a la llave para abrir la puerta, volví a echarlo al cerrar, y las ventanas estaban cerradas con la persiana bajada, como siempre. Lo que sea que esté en el salón estaba dentro de casa cuando llegué, pero lo que me aterra es que entonces estaba ya dentro cuando salí esta tarde, y lo encerré. Pero hace un rato no noté nada fuera de lo normal; recogí la prensa esparcida en el sofá tal y como la dejé y la puse en el cesto de reciclar papel. El vaso de agua lo llevé a la cocina, lo enjuagué y lo puse a escurrir; yo creo que bien colocado, no se puede haber volcado y además el ruido fue en el salón.

¡Un momento! Algo se ha arrastrado y sí, parece la cocina…

Es mejor pensar que ha habido un pequeño movimiento y algo ha caído, aunque no sonaba a golpe… bueno quizá si era algo blando y mal colocado pudiera hacer ese ruido, pero no lo reconozco. No sonaba al típico libro que cae en una librería; más bien parecía un tropiezo… ¿De quién? No debo tener miedo; seguro que es una tontería, pero me resulta difícil pensar.

He dejado preparado encima de la mesa de la cocina las cosas de mi desayuno, como todos los días, y he limpiado antes la mesa. Sobre ella no hay otra cosa, estoy seguro. Alguna vez dejo el paño de cocina sobre el respaldo de una silla. ¿Dónde lo dejé esta vez? Maldita sea, no recuerdo. Si cae del respaldo el sonido es muy tenue; puede que sea el segundo ruido que lo amplifico con este silencio y mi terror.

Ahora no oigo nada. Fue un error poner una alfombra tan grande en el salón y la de paso en el pasillo; no oiré sus movimientos cuando pase sobre ellas. Porque es alguien ¿no?

¡Otra vez! Como tres golpecitos en el suelo, al principio del pasillo…

¿Qué hay en esa zona, pequeño, que haya podido caer, rebotar, con tan tenue sonido? Sea lo que sea se está acercando y mi respiración empieza a poder delatarme. La luz de la luna entra por la ventana del cuarto de baño muy atenuada por el visillo; si no me muevo no me verá. Yo, sin embargo, veo la puerta entreabierta; ni siquiera me atreví a cerrarla. Estoy demasiado asustado.

Me he puesto el pijama y he colocado la ropa en el armario; no he dejado nada encima de la cama. Sobre la mesilla está el despertador, la lámpara y un libro. Entré en el cuarto de baño, me lavé los dientes, oriné y apagué la luz. Al llegar a la puerta de mi habitación oí el ruido, dejé la habitación a oscuras y, descalzo para no meter ruido, regresé y me escondí aquí. Me asusté demasiado, y ni siquiera me salió un grito.

¡Noto algo! ¡Se acerca! Parece que está detrás de la puerta; si nota algo va a entrar y si lo veo con esta poquita de luz que hay me voy a desmayar de miedo. Se abre…la puerta…¡Jó!... va a entrar… se me salen los ojos de las órbitas, contengo la respiración…entra… ¡Lupo! Maldito cachorro… Me olvidé de ti. ¿Cómo saliste de la caja?
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NOTA: La foto se tomó de Educared Argentina
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