miércoles, 29 de julio de 2009

Julia, o el odio intenso.

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Tanto los miembros de mi familia como mis amistades parecen sorprendidos cada vez que me ven mostrar mi aspecto de la persona más feliz del mundo. Es cierto que tras una temporada de bajón emocional (que me costó enfermedades varias, tras terminar mi relación con Julia), cayó sobre mí un estado de euforia exagerada que llamó la atención, pero todo tiene una explicación que ahora, y solo ahora que la euforia ha desaparecido, puedo dar.

Decidí abandonar todo contacto con Julia por puro aburrimiento; sus creencias sobre todo lo paranormal, sus conclusiones sobre hechos inexplicables, sus reuniones con personajillos afines a esas ideas… todo se me hizo insoportable, y a pesar de que yo estaba encantado admirando sus hermosos ojos y disfrutando de su fantástico cuerpo, al no aportarme nada más decidí despedirme de ella definitivamente una noche a la puerta de su casa, y no entrar en ella como era costumbre.

No la eché nada en cara, tan solo traté de explicarle cómo eran mis sentimientos hacia ella, en los que no había suficiente amor, y la poca afinidad que existía entre sus prioridades y las mías. Era mejor dejarlo. Sus hermosos ojos se llenaron de ira y sus manos apretaron fuertemente el cuello de mi camisa, acercando su cara a la mía. Sus temblorosos labios parecían que iban a abrirse para dejar escapar los más horribles exabruptos contra mi persona, pero sólo dejaban escapar unos hilillos de espumosa saliva por sus comisuras. Tuve que esforzarme para aguantar su mirada mientras lograba zafarme de sus garras; la aparte de mí y me despedí de ella. No hubo lágrimas ni gritos, pero nunca olvidaré esa manifestación de odio repentino.

Aquella mirada y aquellos labios hicieron que olvidara todo sentimiento positivo hacia Julia. A pesar de mi aturdimiento por aquella escena no tuve reparo en buscar un amigo y beber hasta altas horas de la noche para ayudar a retirar definitivamente a Julia de mi cabeza; pero no fue fácil.

Llegué a casa canturreando y casi feliz, pero al mirarme en el espejo descubrí mi camisa desgarrada; tal era la fuerza con que Julia se aferró a ella y tal fue la que tuve que ejercer para que me soltara. Reviví de nuevo la escena y sacudí fuertemente mi cabeza como si así se lograse que determinados pensamientos se desvanezcan. Me quité rápidamente la camisa y me dejé caer en la cama, esperando que la embriaguez me llevara rápidamente a un profundo sueño.

Al día siguiente, acompañado de un fuerte dolor de cabeza, visité a mi madre y la di la noticia. A mi madre le caía bien Julia, por su simpatía y su dulzura, y no servía que la dijese que no era así fuera de sus visitas, que Julia cuidaba mucho las formas ante jefes y clientes, y que en la intimidad la transformación era importante. Al resto de mi familia le era indiferente, y yo lo agradecía, pero mis amigos no entendían como podía haber dejado de esa manera a semejante bombón. Evidentemente nadie conocía a Julia como yo.

Bajó la intensidad del dolor de cabeza, pero dos días después no había desaparecido y este hecho me mantenía cabizbajo, aturdido y sin poder concentrarme en el trabajo. Los amigos y compañeros me daban palmadas en la espalda dándome a entender que el motivo era Julia y que ya se me pasaría, pero tenía muy claro cuál era mi sentimiento hacia Julia, ni amor, ni odio. No quería pensar en ella, pero el entorno me obligaba.

Las pastillas más fuertes no me hacían nada, y para complicar más mi estado, comencé a tener una sensación desagradable en mi estómago, como si una presión externa hiciera contraer sus paredes. Y no quería ir al médico; achacaba este síntoma a la cantidad de fármacos que había consumido esos días, y decidí esperar a que sus efectos desaparecieran. Mi familia también achacaba mi estado a una depresión por la ruptura con Julia, cosa que me desesperaba. No paraba de repetir que no la quería, que no la nombraran, pero eso hacía que se afianzara más esa creencia.

Cabizbajo por el dolor de cabeza y encogido por la desagradable sensación en el estómago, hacía enormes esfuerzos por mantenerme en posición digna, pero mi estado se agravó cuando un tirón muscular repentino en la espalda, bajo el hombro derecho, como si hubiera recibido un disparo, me dejó caído en el sofá en una postura imposible de explicar. Se me saltaban las lágrimas y apenas tuve fuerza mental para colocarme en una postura más racional.

Pensé que era el resultado de andar en posturas forzadas y analicé el camino a seguir: me tumbé en el suelo de espaldas, aunque esta posición no aliviaba mi dolor, pero deduje que ese nuevo dolor se quitaría solo y que aún había que esperar a que desapareciera el mal del estómago; el dolor de cabeza era lo único que consideraba extraño, pero si lograba aislarlo, me resultaría más fácil razonar y buscar solución. Comencé a sudar, no parecía fiebre, pero un calor extremo comenzó a agobiarme. Tenía cerca el teléfono, así que llamé a la oficina; no pensaba aparecer por allí hasta que estuviera totalmente aliviado. Todos mis compañeros y amigos se ofrecieron a ayudar y les rechazaba, y más de uno me recomendaba que llamara a Julia, como si supieran a ciencia cierta el origen y solución de mis males. Cuando mi madre me llamó y me dijo que Julia tenía que estar conmigo, cuidándome, y que no entendía mi empeño en apartarla de mi vida, la colgué bruscamente y me puse a llorar.

Con gran esfuerzo logré llegar al baño para hacer mis necesidades, y observé el puño de la camisa que me rompió Julia con su inexplicable furia y que asomaba entre otras ropas en el cesto de la ropa por lavar. Julia seguía merodeando en mi vida pese a mis esfuerzos, y añadí su nombre a mi lista de males pendientes de solución, pero en ese momento una lucecita en el fondo de mi cabeza iluminó mi inteligencia, y era tal el estado en que me encontraba que decidí hacer lo que fuera con tal de sentir una pizca de alivio entre tanto dolor. No sin dificultad logré vestirme, adoptar una posición casi erguida y salir de casa. El aire fresco apenas me aliviaba, así que no me detuve; me dirigí a casa de Julia.

El camino fue penoso; aunque eran los primeros momentos de la noche, mi estado era tan indigno que no quería correr el riesgo de ser reconocido, y tampoco tenía ánimo para dar explicaciones que ni siquiera yo me iba a creer. Así que recorrí un largo camino por callejones alejados y solares y jardines con poco público que me ayudaban a ampararme en la oscuridad. Hasta que llegué frente al portal de Julia y me acomodé tras un seto desde el que podía espiar un buen rato.

La luz de la habitación de Julia estaba encendida. Desconocía la actividad de Julia a esas horas desde que la dejé, pero suponía que saldría ella sola a dar esos grandes paseos que dábamos juntos hasta unas semanas atrás. A veces caían gotas de sudor sobre mis ojos y me los secaba con la manga de la camisa, pero no quité la vista de su ventana hasta que se apagó aquella luz, momento en que me fijé atentamente en el portal. Efectivamente, Julia salía a pasear; un largo paseo a juzgar por su indumentaria y la botella de agua que colgaba de su brazo en una bolsa de malla. A pesar de todo esperé cinco minutos y salí de mi escondite.

Tanteé el bolsillo de mi pantalón; ahí estaba la colección de llaves entre las que se encontraban las de su casa. Julia podría haber cambiado la cerradura de su casa, pero seguramente no cambió de costumbre y no cerraría la puerta con cerrojo, por lo que también llevaba una vieja tarjeta de crédito con la que podría forzarla. Pero hubo suerte y no hizo falta tanto esfuerzo; la llave abrió sin problemas.

Me sobresalté cuando distinguí una débil luz proveniente del comedor, pero su temblor me hizo pensar en una pequeña llama y no le di más importancia; al contrario, esa pequeña luz me ayudaría una vez que mis ojos se acoplaran a la tenue iluminación. Me asomé al comedor y enseguida encontré lo que temía encontrar. Sobre un pequeño aparador un circulo de diez velas rodeaban un pequeño muñeco de trapo, hecho manualmente, que tenía cosido el trozo de camisa que Julia me arrancó en su extraño ataque de ira, sobre la cabeza se apoyaba un grueso libro y sobre el estómago un pesado cenicero de mesa; por un costado sobresalía la punta de un largo alfiler clavado por la espalda.

Me acerqué agachado para no hacer sombras que se vieran por la ventana, aparté muy despacio algunas velas, tomé el libro y el cenicero, dejándolos suavemente en el suelo y saqué la figura de aquel círculo infernal alejándome hacia el casi oscuro pasillo. Noté como los calores febriles desaparecían y sonreí aliviado observando el grotesco muñeco; extraje la larga aguja que tenía clavada y me sorprendí respirando sin dificultad; los dolores comenzaron a remitir y el estómago ya estaba ausente de malas sensaciones.

La lucidez comenzó a invadir de nuevo mi cerebro; debía marcharme, pero quería vengarme. En la habitación vi sobre la cama una de las camisetas que Julia utilizaba para moverse cómodamente vestida por la casa; era una camiseta vieja, que los años y los múltiples lavados la dejaron sin color pero con la suavidad y textura que la hacían cómoda. Llevaba tanto tiempo poniéndosela, que no podría encontrar otra prenda que fuera más suya; así que con las tijeras de la cocina recorté un trozo tan grande como el muñeco y dejé el resto junto a las velas del comedor. Tomé una hoja de papel en blanco y escribí una nota que dejé en el círculo de velas:

“Julia, me llevo tu vudú-juguete y un trozo de tu ropa habitual. Ha funcionado conmigo, así que funcionará contigo si me lo propongo. No quiero hacerte daño, a pesar de todo, por lo que solo lo utilizaré si sospecho que alguna de mis infelicidades es por tu causa. Te emplazo a procurar que logre ser un hombre feliz.”

A partir de ese momento el bienestar invadió mi cuerpo. Regresé rápidamente a casa y guardé el muñeco envuelto en trapos viejos en el fondo de una caja de herramientas que siempre llevaba en el coche, y comencé a olvidarme de él, de Julia y de todos los males de esas semanas. Recuperé la alegría, la salud, y la euforia era tal, que llamó la atención de mi familia y amigos; hasta el día del accidente en la carretera camino a casa de mi madre.

Lo de menos es la causa del accidente, solo contaré que tras varias vueltas de campana el coche quedó destrozado y volcado a unos treinta metros de la calzada, pero logré salir por mi propio pie, aunque demasiado aturdido, y caí desmayado en el arcén justo antes de incendiarse el automóvil.

Me desperté viendo la lánguida cara de mi madre que me apretaba una mano entre las suyas. Aunque mi mente aún no estaba totalmente despejada pude entender el torbellino de noticias en boca de familia y amigos presentes en ese momento: Solo tenía una rotura leve en una mano, el coche quedó carbonizado y no se pudo salvar nada de él, y Julia cayó desde la ventana de su apartamento justo antes de incendiarse.

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miércoles, 22 de julio de 2009

Barcelona 1492



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El 7 de Diciembre de 1492 el Rey Fernando se encuentra, como cada viernes, en la sala de su Palacio Mayor de Barcelona escuchando las súplicas y lamentaciones de los pobres miserables a los que deja entrar en Palacio. Se deja ver piadoso con ellos, pues lleva años escuchando rumores sobre su forma de reinar junto a su esposa Isabel, en que su mano dura apenas es suavizada por la reina.

Lleva a rajatabla el ayuno matutino de los viernes, por lo que en ese día de la semana paraliza toda actividad física e intelectual si no está en campaña, y decide dedicarlo a esta actividad, a la vista piadosa y descansada, ya que lo hace sentado en el trono de la sala. Muestra su piedad con suma paciencia con la intención de ganarse al pueblo y acallar a los críticos que le acusan de traidor por no cumplir sus promesas en las rendiciones de ciudades sitiadas, gracias a las cuales consigue la unidad peninsular.

Lleva cerca de veinte años discutiendo con la familia de la esposa, con aquellos que creen que la reina debió haber sido Juana, la Beltraneja, y que les hubiera agradado más la unión de Castilla con Portugal a través de su casamiento con Alfonso V, el Africano. Aquella pretensión fue la causa de la guerra civil, pero allí aprendió a dominar la política y la guerra, ganándola en Toro y consiguiendo la corregencia en Castilla. Desde entonces, su disimulada afinidad con el pueblo es el arma más potente contra aquellos que no le quieren. Ahora, tras la conquista de Granada en Enero, rumorean que no cumplirá la promesa hecha por Isabel de garantizar el derecho a la libertad religiosa tras la capitulación del reino de Granada, ya que expulsó a los judíos en Julio de ese año. Efectivamente, no piensa cumplirlo, y solo espera el apoyo popular suficiente para decretar la uniformidad religiosa y llevar a los moriscos a la conversión forzosa.

Ese día repartió justicia pacientemente hasta el mediodía, momento en que decidió retirarse para comer y, como siempre, se despide con promesas a sus súbditos. El pueblo le recibe a la salida del palacio, y bajando las escaleras de la Real Capilla de Santa Águeda que da a la Plaza del Rey se acerca al monarca un hombre a grandes pasos, y al estar a su altura saca de bajo su capa una espada corta y ancha, sumamente afilada, y da un espadazo al Rey en el cuello. Quizá por los nervios del asesino el golpe no fue certero y al intentar asestar un segundo golpe varios de los miembros del pueblo que allí se encontraban lo redujeron, y lo habrían matado si no fuera por el “No le matéis” que logró gritar el Rey.


Le llevaron a los aposentos donde paraba el Rey Don Juan, su padre, y acudieron todos los físicos y cirujanos de la ciudad, llegando cuando el Rey sufrió un desmayo, temiéndose lo peor, pero analizada la herida y viendo que no era mortal, al no tocar la vena vital, decidieron coser la herida con siete puntos y recomendaron a su majestad descanso por bastantes días.

Durante esas horas, el pueblo se agolpaba en las puertas de palacio gritando “¡Viva el Rey!” y deseosos de noticias sobre la salud de su amado regente. Allí pudo verse la llegada de Isabel, su Reina, pálida y llorosa por lo triste del acontecimiento y aún sin saber el resultado final. Dicen las crónicas que ni en Roma, a la muerte del Papa, hubo tanto lloro, tumulto ni tristeza.

El atentado fue realizado por un tal Joan Canyamars, que al parecer viajó a Barcelona para realizar el crimen y en la posada en que dormía dicen que hablaba con buen entendimiento y que no parecía loco. No obstante, en sus interrogatorios, declaraba que Dios y el Espíritu Santo se lo mandaron hacer para luego autoproclamarse Rey, y lo repetía incluso mientras le atormentaban. Mas tarde se supo que ya había hecho locuras en su región de origen, ante lo cual el Rey dijo al saberlo que “por amor de Nuestro Señor Dios y de Su Gloriosa Madre Santa María, abogada de los pecadores, le perdonaba” y mandó que lo vistieran.

Pero en el consejo Real se acordó, sin que se enterara el Rey, que aunque fuera un loco, debía morir cruelmente para que “sirviera de ejemplo y constituyese memoria eterna”, según sentenció, en nombre del Rey, el señor Alonso de Caballería, Vicecanciller del Rey.

Colocaron a Joan Canyamars atado desnudo a un palo, a modo de crucifixión, sobre un carro de madera, lo pasearon por la Plaza del Rey, donde le cortaron un puño y medio brazo, después lo llevaron por las calles por donde corre la procesión del Corpus y en una de ellas le sacaron un ojo, en otra calle el otro ojo y el otro puño, en otra el otro brazo y así sucesivamente sin que el criminal rechistara; ni una palabra, ni un grito, ni un lamente, y con gran barullo de niños y jóvenes caminaban alrededor del carro.

Después lo sacaron de la ciudad, apedrearon al cadáver y lo prendieron fuego.
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NOTA: Narración basada en una carta que Pere Miquel Carbonell, archivero real de Barcelona, envió a su compadre Bartomeu de Veri en que narra el atentado que sufrió Fernando el Católico en Barcelona el 7 de Diciembre de 1492. La epístola termina así:

Y puede decirse que en estos días han ocurrido tres milagros seguidos: El uno, que no se nos muriese el Rey; el otro, que no muriera el loco en ese momento, pues de morir ambos enseguida, la gran desventura nuestra hubiese sido no saber nunca la verdad de este caso; y el otro milagro,cómo la ciudad estaba toda conmovida y en armas a punto de alborotarse. Gracias sean dadas a Dios y a su Madre que nos han ayudado, que de nada tenemos culpa; Dios nos ha restaurado a nuestro Rey, cuya bondad y santidad no creo tenga par en este mundo, y plazca a la Santa Trinidad que le quiera perdonar. Amén.

De Barcelona a 8 de Diciembre de 1492


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jueves, 16 de julio de 2009

Una esposa como Dios manda

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Sentada en su cómodo sillón la abuela Laura no para de hacer ganchillo. Sus pequeñas gafas se apoyan en el borde de su nariz y de vez en cuando alza la vista sobre ellas para ver trajinar por la casa a su hija Elisa, la menor de sus ya crecidos siete retoños, que recoge la mesa en que acaban de comer un pollo asado que ha traído ya cocinado.

Elisa trabaja en turno partido durante todo este mes, así que llega a casa y come con su madre, dejando la mesa preparada para Andrés, que llega apenas quince minutos antes de que ella regrese al trabajo. Nada más llegar del trabajo, Elisa se cambia de ropa y deambula cómodamente con un vestido corto de algodón y unas alpargatas que muestran el pié desnudo. Laura la mira y detiene sus dedos un momento mientras recuerda el lejano tiempo en que tenía la edad de Elisa.

Laura cocinaba muy bien, se levantaba temprano para poder realizar las tareas de la casa y tener tiempo para preparar una suculenta comida dedicada, principalmente, a su marido que llegaría cansado de trabajar y bien se lo merecía. Calculaba unos minutos antes para retocar su maquillaje, el peinado y que la ropa no tuviera alguna mancha que la desluciera. Un comportamiento que no fue copiado por ninguna de sus hijas, al parecer, a la vista del aspecto que tenía su hija.

Al fin llega el marido de Elisa, saludando alegremente nada más abrir la puerta; Elisa sale a recibirle y se dan un beso en la boca, le indica la mesa y lo que hay para comer, que lo tiene preparado en el microondas y debe calentarlo en unos minutos. Tras la aprobación, por parte de él, se dirige a su suegra y le saluda efusivamente antes de cambiarse su trajeada ropa por una camiseta y un pantalón corto mientras la pareja intercambia sus novedades en el trabajo.

Laura recuerda que recibía a su marido con voz queda, procurando ser relajante, y con un corto beso en la mejilla le dirigía a un sillón y se ofrecía a quitarle los zapatos. Ella no hablaba, solo escuchaba, pues no debía interrumpir la conversación con temas que no eran, indudablemente, mas importantes que los de su marido. Procuraba el bienestar de él, pues sabía que eso repercutiría en el bienestar de ella.

Andrés termina de comer y llena el lavavajillas con la cacharrería utilizada, y lo hace silbando y tarareando canciones. Laura recuerda cómo evitaba los ruidos de la cocina a partir del momento en que su marido entraba en casa y hasta que se levantaba de la siesta; ahora le parecía estar viviendo en el extranjero.

De vez en cuando oía a su hija discutir con Andrés y se horrorizaba, ya no había respeto por quien lleva los pantalones, incluso se reunían en la mesa del salón y hacían cuentas juntos; “esto para la hipoteca, esto para recibos, esto para el colegio…” Elisa intervenía como si todo el dinero fuera suyo, algo que ella nunca se le pasó por la imaginación hacer con su marido. No discutió nunca con él, le animaba en sus aficiones pero no hablaba de las de ella pues sus intereses eran triviales comparados con los de los hombres. Tenía muy claro quién era el amo de la casa.

Ahora Andrés se viste de nuevo y sale a recoger al niño a la salida del colegio; hará la compra y la colocará en la nevera. Al parecer muchos hombres hacen eso ahora por haber permitido a la mujer acceder al trabajo remunerado; lo curioso es que no les importa.

Anoche no pudo dormir. Generalmente tarda unos cinco minutos, pero anoche no lo conseguía, por lo que pudo oír a la pareja en sus juegos sexuales. Al parecer Andrés estaba cansado y se disponía a dormir cuando Elisa comenzó a hacerle cosquillas. Laura se lo recriminó mentalmente; eso no está bien. En esas obligaciones matrimoniales, la iniciativa debe ser de él, y ella acceder siempre gustosamente; pero hacerlo al revés, es de… mala mujer. Encima escucha a Elisa decir “así no, así no”, cuando debe acceder obedientemente, sin quejas, a cualquier práctica sexual aunque sea inusual. ¡Y ese final! Las pocas veces que Laura alcanzó el momento culminante con su marido, un pequeño gemido indicaba el goce logrado, sin embargo Elisa lo alcanza tantas veces como lo hagan y de forma escandalosa, con el peligro de que el niño les oiga.

No solo eso. Cuando Elisa tiene turno partido se levanta más tarde que Andrés, y éste se tiene que preparar el desayuno. Jamás se le ocurriría a ella fallarle a su marido de esa manera; cuando se levantaba, su desayuno estaba preparado.

De todas formas Laura mira siempre a su hija con ternura, y aunque no lo entienda, el verla feliz lo justifica todo.

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miércoles, 8 de julio de 2009

Historia Celestial

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En la página rdeditores.com se convocó el Premio de Relatos Hiperbreves al que se me antojó participar con el primer relato hiperbreve que mi magín ha inventado en un momento de plena lucidez, pues esta es otra de esas cosas que no me han vuelto a ocurrir. Obviamente, no ha sido ni siquiera mencionado. Muy alta calidad la presentada.

El brevísimo relato, incluido título, es el que sigue:
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Cese de ángel

Al recibir la orden ni siquiera le miró a los ojos.

- Anuncié la salvación y se perdieron. – Dijo - No volveré a hacerlo.

Y entregó sus alas.

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Cuando una inspiración como ésta se produce en la mente de Pedro Almodovar, la recrea como escena principal de una película y comienza a escribir lo que debe suceder antes y después de dicha escena. Pues bien, yo he hecho lo mismo, y el resultado es éste:

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Cuenta la mitología católica que en un principio, Dios creó el mundo, las estrellas, los planetas y una parcelita llamada Tierra que llenó de animales variados. Como notó que faltaba algo creó a la primera pareja humana, animales con inteligencia y alma, a la que dijo: ‘Creced y multiplicaos’, y en su reino celestial creó las almas que ocuparían esos cuerpos procedentes de esa multiplicación que se esparcirían por su parcela terrenal.

Las almas, en un mundo ingrávido, tienen el equivalente de las alas en los seres grávidos creados por su Señor, y con ellas se desplazan a placer por el volumen celestial dedicando un tiempo inexistente en juegos y persecuciones que no aportan nada a su infinita inmaterialidad.

Parte de estas almas, tuvieron el privilegio de poseer grandes alas que les conferían una gran velocidad en sus desplazamientos, y los llamó ‘ángeles’. Era su ejército particular, con el que mantenía el orden entre aquellas grandes masas de almas creadas para otro fin. Pero, al parecer, no contó con que debía de controlar a los controladores, y entre ellos surgieron las primeras rencillas de lucha por el poder que se convirtieron en germen de uno de los genes heredados en la raza humana. Logró poner orden, pero tuvo que crear el espacio destinado a los castigos y envió allí a los ángeles insurgentes y a las almas que cometieron el error de seguir sus consignas. Los ángeles buenos recuperaron el control, y las almas buenas regresaron a sus inocentes juegos.

Todas estas almas, tienden a ordenarse en una fila disciplinada hacia la gran puerta de lo que podemos llamar ‘El despacho de Dios’, al que entran de uno en uno, de forma aleatoria, y tras la comprobación personal de la pulcra limpieza del alma, Dios le despoja de sus pequeñas alas y se precipita a un inexistente vacio.

Las almas van cayendo de una en una, y regresan, tiempo terrenal después, de brazos de un Ángel, y es observado detenidamente por su creador, quien estudia lo realizado por dicha alma en ese tiempo, y le otorga el premio celestial o el castigo infernal. Pero el resultado final no era del todo satisfactorio, así que modificó el proyecto inicial. Decidió ir en persona.

Llamó a un ángel con categoría y le pidió que anunciara su llegada con suficiente antelación; Él, salvaría al mundo. Cuando lo creyó necesario, se despojó de sus poderes celestiales y cayó al vacío. Cuando le correspondió, regresó algo confuso, pero creyendo haber realizado una buena labor.

Un corto tiempo después de su viaje, fueron llegando las almas de aquellos que ayudaron en su modificado proyecto terrenal, por lo que les dio responsabilidades en el orden celeste. Uno de ellos, por ejemplo, se ocupó de la recepción de almas, y era el único que poseía las llaves del paraíso, lo que le daba gran trabajo, ya que la parcela terrenal estaba totalmente invadida de seres con alma de la que siempre alguien se ocupa de despojar.

Con tanto tiempo libre, Dios se sentó en sitio estratégico y cómodo desde donde podía observar lo que sucedía en su territorio. Y cada vez estaba más descontento de lo que veía. Dios daba almas a sus criaturas y ellos se entremezclaban; interpretaban sus enseñanzas a conveniencia de cada zona, surgían líderes que no lo eran, y encima estaban estropeando su finca con guerras, fuegos, humos y matanzas del resto de criaturas. Cuando no pudo más, decidió bajar para realizar un segundo reajuste y llamó al mismo ángel anunciador de la vez anterior.

Al recibir la orden ni siquiera le miró a los ojos.

- Anuncié la salvación y se perdieron. – Dijo - No volveré a hacerlo.

Y entregó sus alas.

En ese momento, se convirtió en un alma grávida, con alas recién cortadas, y se precipitó al vacío. Como ángel experto sabía lo que podía ocurrir; no era tan ignorante como el resto de las almas en esa situación y sabía que debía tomar las riendas de una criatura por un tiempo imprevisible, pero había una salvedad. Las almas se presentaban ante Dios y según sus características se le encomendaba una misión a cada una de ellas. ¿Cuál era su misión? En ese momento era un alma descontrolada cayendo al vacío con dirección incierta, pero no sentía miedo; sentía autentico placer por esa incertidumbre. No tenía misión concreta, por lo que se le antojaba poder hacer lo que quisiera, sin remordimientos por desobediencia, sin reprimirse… procuraría gozar de su poder ante el resto de almas comprimidas en cuerpos de categoría ínfima.

La velocidad fue menguando y ajustándose la dirección de caída hasta que notó un frenazo seco, indoloro, y comenzó a tener sensaciones, algo que no se tenía en la parcela celestial. Inseguridad, miedo, dolor, oscuridad y de repente la luz, el sonido. Notó pertenecer a un cuerpo diminuto y encogido, la luz le cegaba y sentía frío, fue cubierto con un material cálido e intentó abrir los ojos.

Una figura sudorosa y risueña le miraba fijamente, y con voz temblorosa dijo:

-¡Qué lindo! ¡Le llamaremos Adolf!

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