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Desde hace unos días, cuando llego al restaurante para comer, la parejita está terminando el postre y están sirviéndoles el café. Siempre están en la misma mesa, y yo procuro ponerme, también, en la misma posición estratégica. Ellos están en una pequeña mesa cuadrada, uno frente al otro; yo, dos mesas mas allá y entre ambos, para poder verles la cara. A veces, el oficio de voyer tiene que ir acompañado de un ejercicio de estrategia muy bien pensada, si no quieres caer en situaciones ridículas.
Para mí es todo un espectáculo, romántico, elevado al máximo grado; ellos se miran casi constantemente y parece que se atraviesan con su lánguida mirada, como si vigilaran sus gestos, como si escudriñaran el uno el interior del otro, y les gustase lo que ven, ya que su boca dibuja permanentemente la figura de una incipiente sonrisa. La cucharilla lleva lentamente la porción de flan a la boca y yo mismo la saboreo con un inevitable mordisquito del labio inferior… y aumento el ritmo de mi respiración.
Absorto en esta imagen el camarero me sorprende trayendo el agua y los cubiertos e intercambiamos un pequeño gesto de complicidad, confirmando nuestro común gusto por la belleza de la escena. Porque es la escena, no son ellos; ellos no son ni siquiera bien parecidos, más bien son feúchos, pero su amor mutuo los embellece.
Y siguen con su eterna mirada clavada el uno sobre el otro.
No puedo evitar ponerme en la piel del varón; lo hago sin querer. En mi interior le estoy diciendo lo que creo que debe hacer en cada momento, pero no me hace caso; y la mayoría de las veces me sorprendo dándole la razón, que lo ha hecho muy bien, que se nota en lo notablemente feliz que se encuentra su compañera de mesa.
Desde mi posición no oigo lo que hablan, pero ahora el ha pronunciado unas palabras que provocan en ella algo más que una sonrisa, una pequeña y corta carcajada, y se lleva una mano a la boca para no compartir con nadie más esa risita de felicidad. Y una vez pasada la hilaridad del momento ella estira el brazo y con la mano acaricia muy suavemente la mejilla de su amado. Yo mismo siento como el suave roce de hojas frescas de principio de primavera y giro la cabeza a la vez que él acercando mi boca a la palma de su mano posando un húmedo y sentido beso en ella, y la chica sonríe, y siento cosquilleos, escalofríos, piel de gallina por todo mi cuerpo cuando un dedo de su mano recorre lentamente la comisura de sus labios. Después pasa sus dedos entre sus cabellos con lentitud, y debe notar la brisa del mar trayendo el aroma del amor de su vida y ponérsele el corazón a cabalgar frenéticamente y, a continuación, él da un profundo suspiro, como respirándolo profundamente, cuando sus manos se unen de nuevo sobre la mesa.
Y no han dejado de mirarse tiernamente.
El tiene que estar derretido de amor; yo lo estaría, lo de revolotear mariposas en el estómago es una ínfima explicación de ese sentimiento; habría que multiplicarlo por mil y aún así no estaríamos cerca. En esos pocos minutos tienen que haberse trasladado al paraíso, como si Cupido los hubiese abducido y colocado en otro punto del universo donde nadie pulula a su alrededor, ni camareros, ni gente comiendo en las mesas cercanas... Nadie; son los únicos habitantes del universo.
A pesar de la discreción del camarero, el mínimo ruido al dejar la nota en la mesa los devuelve al mundo real y eso provoca un intercambio de sonrisas entre ambos. Dejan unos billetes sobre la nota y se levantan; el mete la mano en un bolsillo de la chaqueta y ella en el bolso. Ambos sacan su bastón blanco plegable y lo estiran, ella se agarra al brazo de él y salen del restaurante oscilando levemente los bastones de lado a lado.
‘¡Y dicen que el amor es ciego!’, pensé.
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Nota: La pintura es de Santiago Cárdenas; "Algo de comer" (1967). Óleo sobre madera y tela.
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Desde hace unos días, cuando llego al restaurante para comer, la parejita está terminando el postre y están sirviéndoles el café. Siempre están en la misma mesa, y yo procuro ponerme, también, en la misma posición estratégica. Ellos están en una pequeña mesa cuadrada, uno frente al otro; yo, dos mesas mas allá y entre ambos, para poder verles la cara. A veces, el oficio de voyer tiene que ir acompañado de un ejercicio de estrategia muy bien pensada, si no quieres caer en situaciones ridículas.
Para mí es todo un espectáculo, romántico, elevado al máximo grado; ellos se miran casi constantemente y parece que se atraviesan con su lánguida mirada, como si vigilaran sus gestos, como si escudriñaran el uno el interior del otro, y les gustase lo que ven, ya que su boca dibuja permanentemente la figura de una incipiente sonrisa. La cucharilla lleva lentamente la porción de flan a la boca y yo mismo la saboreo con un inevitable mordisquito del labio inferior… y aumento el ritmo de mi respiración.
Absorto en esta imagen el camarero me sorprende trayendo el agua y los cubiertos e intercambiamos un pequeño gesto de complicidad, confirmando nuestro común gusto por la belleza de la escena. Porque es la escena, no son ellos; ellos no son ni siquiera bien parecidos, más bien son feúchos, pero su amor mutuo los embellece.
Y siguen con su eterna mirada clavada el uno sobre el otro.
No puedo evitar ponerme en la piel del varón; lo hago sin querer. En mi interior le estoy diciendo lo que creo que debe hacer en cada momento, pero no me hace caso; y la mayoría de las veces me sorprendo dándole la razón, que lo ha hecho muy bien, que se nota en lo notablemente feliz que se encuentra su compañera de mesa.
Desde mi posición no oigo lo que hablan, pero ahora el ha pronunciado unas palabras que provocan en ella algo más que una sonrisa, una pequeña y corta carcajada, y se lleva una mano a la boca para no compartir con nadie más esa risita de felicidad. Y una vez pasada la hilaridad del momento ella estira el brazo y con la mano acaricia muy suavemente la mejilla de su amado. Yo mismo siento como el suave roce de hojas frescas de principio de primavera y giro la cabeza a la vez que él acercando mi boca a la palma de su mano posando un húmedo y sentido beso en ella, y la chica sonríe, y siento cosquilleos, escalofríos, piel de gallina por todo mi cuerpo cuando un dedo de su mano recorre lentamente la comisura de sus labios. Después pasa sus dedos entre sus cabellos con lentitud, y debe notar la brisa del mar trayendo el aroma del amor de su vida y ponérsele el corazón a cabalgar frenéticamente y, a continuación, él da un profundo suspiro, como respirándolo profundamente, cuando sus manos se unen de nuevo sobre la mesa.
Y no han dejado de mirarse tiernamente.
El tiene que estar derretido de amor; yo lo estaría, lo de revolotear mariposas en el estómago es una ínfima explicación de ese sentimiento; habría que multiplicarlo por mil y aún así no estaríamos cerca. En esos pocos minutos tienen que haberse trasladado al paraíso, como si Cupido los hubiese abducido y colocado en otro punto del universo donde nadie pulula a su alrededor, ni camareros, ni gente comiendo en las mesas cercanas... Nadie; son los únicos habitantes del universo.
A pesar de la discreción del camarero, el mínimo ruido al dejar la nota en la mesa los devuelve al mundo real y eso provoca un intercambio de sonrisas entre ambos. Dejan unos billetes sobre la nota y se levantan; el mete la mano en un bolsillo de la chaqueta y ella en el bolso. Ambos sacan su bastón blanco plegable y lo estiran, ella se agarra al brazo de él y salen del restaurante oscilando levemente los bastones de lado a lado.
‘¡Y dicen que el amor es ciego!’, pensé.
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Nota: La pintura es de Santiago Cárdenas; "Algo de comer" (1967). Óleo sobre madera y tela.
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